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Para mis padres

Para Rosa Para Inma, testigos directos

“Un hombre cuenta tantas veces sus historias que termina convirtiéndose en parte de ellas. Ellas le sobrevivirán, y ése es el camino que le convertirá en inmortal”

“Hay un momento en el que un hombre necesita pelear y un momento en el que necesita aceptar que su destino es perder, el barco ha zarpado y solo un loco continuaría el viaje”

Este blog nació con el objeto de salvar vidas. Nació con el objeto de salvar una vida…

En mayo de 2005 lo creé bajo otro nombre, en otro lugar. Desde entonces, mi vida ha sido un continuo tobogán de emociones difícilmente controlables. Nunca imaginé que el mundo de mentira podría ofrecer tanto calor. Que unos desconocidos podrían ser tan cercanos a otros. El pasado tres de mayo el objetivo de este lugar recibió la puntilla final, esperada e inesperada al tiempo, que significa el adiós definitivo antártico que tanto se ha diluido gracias a la esperanza, esa palabra maldita que oculta tanta fuerza.

Volveré a postear, claro que sí, en otro lugar, pero ahora hay otras cuestiones que reclaman toda mi atención. Tengo mucho dolor que asimilar. Dolor que se hizo tan insoportable entre febrero y marzo que pensé no lo podría superar. Y hay una persona, mágica y especial, a quien pretendo robar todo su tiempo y regalarle la mayor parte del mío, que nada vale. A ella le debo tanto y, sobre todas las cosas, la quiero tanto.

Los últimos tres meses han parecido tres años, así de intensos han sido. Y sigo con la sensación de que no los he aprovechado como debía. Tengo la certeza de ello. El pez grande se ha ido ya y lo ha hecho como él habría querido: guardando parte de su mejor repertorio para el final. Le quiero, les quiero, y ya no están. Este lugar nació en su honor. Y sin él, y sin ella, no hay razón para continuarlo. Pero ha cumplido con su objetivo: el de salvar una vida. Ha salvado la mía…

“Y esta es la historia de mi vida”

Y dijo Bob Hope…

“Fíjense esta noche en los rostros de los perdedores cuando aplauden a los ganadores. Contemplarán la mejor actuación de su vida”

Pues de este modo, a saltos, me contó mi DVD cómo fue la noche de los Goya…

Comienza la ceremonia: Mucha niña mona pero ninguna sola, claro. El escotazo de Najwa Nimri es de enmarcar, pienso. “El Orfanato” arrasa: ya lleva tres premios. Manuela Velasco se lleva su Goya, quién lo iba a pensar cuando presentaba programas musicales en Canal +. Se la ve locuaz, seguro que más que Alfredo Landa. El padre del landismo parece haberse olvidado de quién es y se pasa diez minutos balbuceando incoherencias en el estrado. Me entero después, que la retransmisión televisiva va con más de una hora de retardo. Afortunada decisión esa del corte, por cierto. La Pataky presenta un premio mayor pese a no ser nadie en el panorama del cine patrio. Esta buena y se acuesta con una estrella de Hollywood ¿quién da más?. Corbacho suma y sigue, no tiene gracia pero él cree que sí. José Manuel Cervino es escueto en su agradecimiento. Ya podía tomar nota de ello Alberto San Juan, muy merecido ganador del premio al mejor actor por su esforzada interpretación en la irregular “Bajo las Estrellas”. Juan Antonio Bayona imita el tropezón de Garci al recoger su premio. Antes, Corbacho ya ha “visitado” al director en su casa madrileña. Meterse con Garci tan es fácil que no tiene mérito. El niño de “El Orfanato” pierde pero gana. Se marcha a casa con su Goya en miniatura y me acuerdo del minioscar que le dieron a Shirley Temple. Premio para la Verdú. Ya era hora, pensarán ella, sus fans y los que añoran otros tiempos, cuando paseaba por la pantalla su cuerpo desnudo película sí, película también. Más premios para “El Orfanato”, sin embargo, el de mejor director se lo ha quedado Jaime Rosales por “La Soledad”. Elías Querejeta comienza a mosquearse: su hija lo merecía. Amor de padre. Y llega la traca final: el Goya a la mejor película española del año. No gana “El Orfanato”, ni “Las Trece Rosas”, ni “Siete Meses de Billar Francés”… gana “La Soledad”, y recuerdo que hace dos semanas, cuando alguien me preguntó qué película española me gustaba más de las nominadas, contesté que “La Soledad”, fundamentalmente porque, además de ser soberbia, es la única de las cuatro nominadas que he visto. El tipo que comenta la ceremonia pone el broche final: comienza una segunda carrera comercial para “La Soledad”. Si él lo dice, al fin y al cabo para eso se crearon los premios: para hacer caja. Comenta que solo 40.000 personas vieron la película en su día. 40.001, si me cuentan, si cuentan los que la hemos visto en DVD.

Pero lo mejor de la noche fue la reacción de Elías Querejeta tras ser proclamada “La Soledad” como la mejor película del año. Inolvidable su expresión Joey Tribbiani style: “¿pero quién se ha tirado un pedo?”. El veterano productor, sorprendido, ni aplaudió. Fue el colofón adecuado para un día olvidable.

Ramón Trecet, especial comentarista de los partidos NBA de cuando era crío, contó una vez cómo Chris Mullin se convirtió en alcohólico. Él era un chico de Nueva York que nunca había vivido de modo estable lejos de la gran manzana. Su traslado a Oakland, tras ser elegido por los Golden State Warriors, fue traumático. Solo, sin amigos, ni mayor soporte que el teléfono, comenzó a beber cervezas porque al llegar a casa, según sus palabras, la nevera siempre estaba cerca

Dijo que nunca bebería alcohol y acabó en rehabilitación. El mundo del cine y la literatura está lleno de personajes que se desdijeron al cabo de un tiempo. Éstos son algunos de ellos…

“Espero no acabar como uno de esos tipos que ruedan una película al año” – Woody Allen (recogido en el libro biográfico escrito por Graham McCann). Desde hace tiempo filma una película por año.

“Como comprenderá, el Cervantes es un premio suficientemente cubierto de mierda como para que me preocupe por él” – Camilo José Cela (diversas -muchas- fuentes). Al cabo de unos años recogió el premio entusiasmado.

“Me casaré solo una vez. No puedo equivocarme, voy a envejecer junto a esa mujer” – Brad Pitt (recogido en El País de la Tentaciones). Se casó y se divorció de Jennifer Aniston. Ahora convive con Anjelina Jolie.

“Los Oscar son obscenos, sucios y no mejores que una bella disputa. Le pido a Dios que no gane nunca un Oscar. Me deprimiría enormemente si lo ganara” – Dustin Hoffman. (frase recogida en el libro Todos los Oscar). Lo ganó (por “Rainman”) y fue a recogerlo encantado. De hecho, su discurso es recordado por lo baboso de su contenido.

“Jamás rodaré una película repleta de efectos especiales” – Mickey Rourke. (entrevista publicada en la revista Fotogramas en 1986). Terminó siendo uno de los protagonistas de “Sin City” dirigida por Robert Rodríguez, película en la que todo es virtual.

Y sin pertenecer al submundo del showbiz…

“La tercera temporada (de “Perdidos”) cumple con el requisito de toda etapa de transición” – Myself. (tontería escrita hace un par de semanas). Después de ver los penúltimos capítulos emitidos hoy, no he dicho nada.

Barry N. Malzberg abría así un cuento breve titulado “Götterdämmerung”

“Se trata, esencialmente, de la necesidad de preservar un cierto sentido de lo mágico, lo misterioso. Lo explícito es un enemigo de la razón, no su aliado.”

Por regla general, las frases lapidarias suelen hacerme dudar del que las pronuncia, pero ésta me arrebató por completo. Lo explícito siempre es enemigo de la razón, cosa que confirmó hace algunas semanas el escritor Montero Glez.

En una tertulia literaria, Montero Glez afirmó que todo polvo viene precedido por docenas de pajas. Y tiene razón, así lo debió pensar la poetisa y compañera de charla que afirmó vigorosamente con la cabeza la aseveración de Glez. Después siguió hablando de por qué fracasó el magnicidio del rey Alfonso XIII a manos de un anarquista llamado Mateo Morral: según él, porque el anarquista tenía miedo, por esa razón arrojó la bomba en lugar de adosarse junto a ella tras carromato que transportaba al recién casado monarca. Lleva tres años preparando un libro sobre el tema, habla con conocimiento de causa. La poetisa convencida le dijo entonces: “Un hombre como tú, tres años alejado de las calles. Sin frecuentar bares, ni prostitutas”… A lo que un asombrado Glez respondío: “Pero si estoy casado” El hecho de que la mayor parte del negocio del lupanar esté compuesto por tipos casados de entre cuarenta y sesenta años (Glez pasa de los cuarenta aunque no los aparente) seguro que no influyó en su respuesta. Que el señor moderador (Sánchez Dragó y su ego al lado) se lo estuviera pasando teta con todo aquello, tampoco.

Lo explicito no debería funcionar pero funciona. Hace unas semanas, mientras veía la relegada “Me llamo Ed” en la Sexta, cubrieron una de sus interminables pausas publicitarias con un comercial dedicado a… Jes-Extender. Vean y no se pierdan lo que dice la rubia del coche en el segundo veinte del vídeo…

Por supuesto, el tipo gordo con pinta de camionero que dice estar ahora bien armado, es un actor pagado para la ocasión. El tierno abuelete y su madura amante también lo son. Incluso la rubia del coche que parece babear al pronunciar la frase: yo no sé los demás qué dirán, pero a mí me gustan grandes, es una actriz sin suerte que se acoge a lo que le sale (y hablo de trabajo). Pero, joder, podrían haber sido más sutiles, y no me refiero a abejitas polinizando las flores.

Tal vez el producto requiera de lo explicito para venderse. Tal vez Barry N. Malzberg veía la televisión cuando se le ocurrió la frase mágica. Seguro que fue después de escuchar desconcertantes frases como: ¿ellas se operan los labios y el pecho, por qué tú no?

Lo guardo todo, gran error que últimamente intento subsanar. De poco me sirve, pues una vez limpio el mismo espacio aparece al día siguiente completamente lleno de nuevo. Creo que cambiar las cosas de sitio no va a ser la solución.

Hoy, mientras trataba de poner orden en un armario indomable, me he encontrado con esta joyita…

Nada menos que “El libro del mormón”, algo así como la biblia pero con más cachondeo.

Durante mi infancia me libré de los testigos de Jehová gracias a que tenía un amiguete del colegio cuyos padres profesaban esa ¿fe?. Lo cierto es que cuando llegaban a mi puerta se la saltaban como si estuviera marcada. Agradecido le estaré siempre, ahora que es él quien va de puerta en puerta. Pues bien, un día los testigos pasaron el testigo (nunca mejor dicho) a los mormones. No consiguieron nada con mis hermanas, ni conmigo… pero engancharon a mi hermano mayor. No es que mi hermano se interesara por la religión mormona (menos ahora, que sabe que se quedan con el 10% de tu sueldo), de hecho nunca se interesó (como el resto de mi familia) por religión alguna. La cuestión es que, al igual que a mí, le cuesta decir la palabra no.

Se escondía, pero le encontraban, eran unos tipos listos. El día de la tercera cita, se presentaron tres tipos altos como pinos dispuestos a convertir a mi hermano y se encontraron con mis hermanas mayores, tan descreídas ellas, que les pusieron en fuga gracias a las mil preguntas sin sentido que se inventaron. Fue divertido ver sus caras ante preguntas como: si su religión nace en el siglo XIX ¿por qué las tablas de la ley están recogidas en escritura jeroglífica? Pregunta idiota que merecía una respuesta idiota que no llegó. Antes de irse y no volver, dejaron su libro (anotado, por cierto) y éste fue a parar a la basura. Yo lo rescaté y me reí de lo lindo gracias al ángel Moroni y compañía. De veras que los libros “sagrados” son de lo más divertido.

Hoy encontré el dichoso libro envuelto entre otro de templarios de Walter Scott y “El corazón y otros frutos amargos” de Ignacio Aldecoa. Al menos ha tenido una buena compañía todo este tiempo.

El azar… Raymond Carver escribió aquello de que un día te toca la lotería y tu primo muere al caerle una teja en la cabeza. El azar es caprichoso y suele errar sus disparos. Como ocurrió en lo que sigue…

Fernándo Trueba tiene la buena costumbre de decir lo que piensa, al menos acerca de su profesión: el cine. En una ocasión vapuleó a uno de esos clásicos intocables que todos alaban públicamente pero nadie ve en la privacidad: “El Acorazado Potemkin”. “¿Si puedo ver una película de Lubistch o de Wilder porqué voy a ver la película de Eisestein?”, más o menos es lo que vino a decir. Más o menos es lo que piensa todo el mundo, pero pocos se atreven a clamar en voz alta.

Otra de las frases de Trueba que conservo en la memoria fue la que sigue:

“Nunca rodaré una película con psicópata asesino en serie como protagonista por la sencilla razón de que no quiero que una de mis películas sirva de excusa a cualquier loco con tendencias homicidas”

Él cae bien. Sus películas no tanto. La mayoría, especialmente cuando se puso trascendental, aburren. Caso de “Belle Époque”, un tostón digno del Oscar que le dieron. Pero su mayor aportación a la industria puede que haya sido el de repescar a Santiago Segura durante el rodaje de “Two Much”. Las cosas no iban bien en Florida. El ánimo del equipo (menos el de Antonio what do you say Banderas, que estaba por todo lo alto) estaba por los suelos. Entonces Fernándo tuvo una idea: le dijo a su hermano, David (tela éste también), que escribiera un pequeño papel para Segura. Pensaron que él proporcionaría el buen rollo que la cinta necesitaba. No sé si se equivocaron, lo seguro es que la película es vomitiva.

Sin embargo, la inspiración de Santi Segura es otra, nada de Truebas. Aparte del porno, de las pelis de Tony Leblanc, el gore y el humor grueso, resulta que Santi admira a Luis García Berlanga. Y la maquinara del azar se pone en marcha de nuevo.

Hay muchos tabúes es este país. Uno de los más sólidos es la División Azul, aquel esperpento militar conque Franco trató de pagar favores a los nazis. Para la mayoría la División Azul estuvo compuesta por fanáticos reaccionarios deseosos de acabar con la Unión Soviética. Falso. Hubo falangistas, muchos, pero no fueron pocos los republicanos que se alistaron para evitar la cárcel. Hubo también desheredados que pretendían ayudar a sus familias o dejar de ser una carga para ellas (caso del actor Luis Ciges) y hubo quien se alistó para sacar de la cárcel a parientes de pasado republicano, caso de Luis García Berlanga.

Contaba Luis Ciges, en un documental, que una muchacha rusa, de apenas quince o dieciséis años, trató de pagarle los víveres que llevó a su familia en carne. Ciges, siempre honesto, dijo que hacía demasiado frío para pensar en el sexo. Berlanga, por su parte, recordó a un compañero de guardia. Una noche, justo en el momento del cambio de turno, bajó de su puesto para que lo ocupase su compañero. Un minuto después, su relevo estaba muerto. Un francotirador ruso le abatió. Y a veces pienso en qué habría ocurrido si el relevo hubiese llegado un minuto más tarde. No habría habido “Una Pareja Feliz”, ni “Bienvenido Mister Marshall”, ni su equipo habría pasado un día en una comisaría francesa por promocionar la película con billetes evidentemente falsos, ni habríamos disfrutado de “El Verdugo”, posiblemente la mejor película española de siempre, ni habría nacido Carlos Berlanga, entonces no habría existido Dinarama, ni los Pegamoides y Alaska se habría visto obligada a cantar en la BBC (bodas, bautizos y comuniones) y “Todos a la cárcel” no se habría rodado y entonces el efecto Segura se habría limitado a la televisión y nos habríamos ahorrado Torrentes y las jodidas camisetas de promoción a todas horas y en cualquier lugar. Y a lo mejor, el padre de Laura Palmer no se vería obligado a trabajar con el tipo gordo (innecesario contrapunto cómico que suele introducir ese tío enrollado y de talento discutible llamado Kevin Smith) de “Reaper” que recuerda a Santi Segura y la serie no me parecería una mierda para adolescentes emitida en prime time porque La Sexta necesita un “C.S.I”, otro “Anatomía de Grey” o su propio “House” (por citar series no españolas, las locales no merecen ser calificadas como series) que le dé la audiencia que ahora no le proporciona “Prison Break”. Puede…

Ya lo sugiere Paul Auster cada vez que coge una pluma: el azar es caprichoso.

Forrest Gump… Pocas cosas conectan al inocente protagonista de la película dirigida por Robert Zemeckis con el que inventó Winston Groom en su divertida novela, salvo su tendencia a que le ocurrieran cosas. Pero ambos compartían su afición por correr. Como yo. Me encanta correr. Lo hago desde que llegué a Cucumberland cuando era un crío. Llegué incluso a participar en equipos y competiciones oficiales, pero mi tendencia a joderme el ligamento del tobillo me dejó fuera de órbita. La última vez que me lo rompí, un médico mastuerzo me dijo que la próxima vez me quedaría cojo. Así lo dijo, con sutileza. Fue hace dos años. Al cabo de mes y medio volví al mismo lugar en el que ocurrió para dar aquella curva correctamente. El tobillo siguió doliendo un mes más.

Nunca he estado demasiado tiempo sin correr. No podría estarlo. Por eso, ahora que he estado obligado a estar algo más de un mes parado, lo hice cuatro veces engañando a todo mi entorno, amiguetes del alma incluidos. Les dije que veía bien, que no habría ningún problema si iba más allá de las nueve de la noche, mi hora habitual, porque de noche veía mejor. Pero los hubo: me salí del camino muchas veces a pesar de voltear la cabeza hacía la derecha. Así ocurrió en las cuatro ocasiones. Afortunadamente no había demasiada gente a la que atropellar.

Hace dos semanas volví a retomar el asunto, de un modo continuado esta vez. Visión correcta y cuatro kilómetros para tomar contacto. Hoy he subido a cinco. Parece que todo va bien. Malas noticias para el médico sádico.

Por supuesto, me encanta el atletismo. El malditismo atrae poderosamente, aunque después todos prefieran estar con los ganadores. Tal vez por ello, cuando era un crío, me sentía más cerca de Steve Ovett que de Sebastian Coe. El segundo es Sir, miembro de la FIFA y del Comité Olímpico Británico. Viste trajes caros, peinados de 500 euros y gasta actitud de ganador. Ovett está completamente calvo y parece mi abuelo. Su pose queda lejos de la del díscolo que parecía estar en guerra con el mundo. Hoy es un hombre de mediana edad cargado de arrugas y con la frente demasiado despejada. Su aspecto es el opuesto al de Coe. De hecho, parecían un padre y un hijo el día de su reencuentro. Quién diría que ellos fueron los reyes del mediofondo en los 80.

En la Olimpiada de Moscú, Ovett ganó a Coe en su prueba, los 800 metros lisos. Corrió para ponerse a punto y terminó ganando. Coe se tomó la revancha unos días después al ganar en la prueba de Ovett, los 1.500 metros lisos. Ovett sólo pudo ser tercero. Veinte días más tarde, en Coblenza, Ovett batía el record del mundo de los 1.500. La misma situación ocurriría de nuevo en los mundiales de Helsinki, en 1983. No consiguió pasar del cuarto puesto en la final. Nueva decepción compensada el mes siguiente, cuando volvió a batir el record mundial de la prueba en Rieti, sin nada en juego. Él era así, odiaba la competencia pero amaba la competición. Una paradoja para adornar una vida contradictoria como la suya.

Una vez, sus paisanos le prepararon un homenaje para agasajar al héroe. No asistió después de garantizar que estaría allí. En otra ocasión, retó a la federación de su país vistiendo una camiseta de la Unión Soviética durante un tiempo. Verle batir marcas con una hoz y un martillo en el pecho era demasiado para la mayoría. Traidor fue la palabra más suave que escuchó.

Eric Lidell, mítico atleta cuya vida inspiró la película “Carros de Fuego”, decía que corría para honrar a Dios. Era un pastor protestante al fin y al cabo. Harold Abrahams, su rival, lo hacía por odio hacia los que le insultaban por ser judío. Ovett no lo hacía por ninguna de esas razones. Él corría por una mujer. A poco de acabar los 800 metros en Moscú, la sudada camiseta se le transparentó. Se pudo ver entonces el nombre con el que se refería a su novia Rachel en la intimidad. Aquella involuntaria revelación le alejó de sus padres (por entonces, vívía con ellos) al ser considerado por éstos como un desprecio. Poco más tarde se casaría con Rachel. Ella era su bálsamo.

Se le definió como un tipo difícil y lo era. Las relaciones sociales no se crearon para él. Su leyenda se escribió en las pistas de tartán, lo demás nunca le importó demasiado.

Y mi retorno continua. Ayer corrí la milla en menos de nueve minutos. Es un buen comienzo. Le recordé al llegar a casa, antes de ducharme. ¿Dónde estará Ovett?… Google me dio la respuesta: perdido en Australia.

Supongo que cuando el poeta José Hierro escribió aquello de “después de todo, todo ha sido nada” se refería a la frustración que a todos invade en alguna ocasión. En ocasiones dura toda una vida. Y si no que le pregunten a los señores con alzacuellos…

No soy anticlerical, de veras que no, aunque en ocasiones lo parezca. Si te atrae la historia se debe conocer la de la Iglesia. De hecho, cuando era adolescente leí la Bíblia, cosa que no han hecho muchos católicos. Claro que también leí los evangelios apocrifos, y eso seguro que los ortodoxos no lo aprueban de buen grado. Sinceramente, me trae sin cuidado que el Papa oficie la misa en latín de espaldas a sus feligreses. No me pienso rasgar las vestiduras porque se haya pasado el concilio Vaticano II por el forro de allí mismo. Más, cuando las misas en latín se han seguido celebrando durante todo este tiempo sin problemas. Y si no, que le pregunten a Mel (Gibson).

Puedes ser de izquierdas o de derechas, lo que no se debe ser es extremista ni bobo. Y es que resulta que el consistorio de Cucumberland decidió hace algunos meses cubrir todo el centro con placas que ilustren al visitante sobre la ciudad (o dormitorio) en el que viven o visitan. Están conectadas por un emblema amarillo que nadie sigue, pero supongo que es la intención lo que cuenta. Es más, salvo algún jubilado, dudo mucho que alguien haya hecho la interminable ruta de las setenta y pico placas.

Pues bien, algún concejal sociata (para desgracia pepera siempre gobiernan ellos) pensó que sería una buena idea colocar una que hiciera referencia al “Cantar de los Cantares” frente a la antigua iglesia. Anatema, por supuesto, que aquí el que tiene derecho a joder el viejo edificio del siglo XVII (y es que la pobre lleva ya unas cuantas y dolorosas reformas) son sus moradores habituales. Por otra parte, los versos escritos por el Rey Salomón no son considerados “adecuados” por ciertos sectores conservadores. Ellos se lo pierden, pues ese libro “picantón” (como algunos lo definen) es con seguridad el mejor libro bíblico.

La polémica no daba mucho más de sí (vamos que a la gente le traía sin cuidado) y quedo enterrada al poco tiempo. Mientras, la placa continua aguantando la lluvia, el frío y la hipocresía.

Sólo lamento que no utilizasen mi fragmento favorito:

“Como lirio entre espino, así es mi amada entre las mujeres”

El vídeo, además de muy corto, no tiene desperdicio…

Ocurrió hace pocos días. La señorita, universitaria que quiere ser empresaria, y sus amigos no tenían ni idea de quién era William Golding, hasta que ella cayó en la cuenta de que era… actor. Pues se equivoca, el misántropo inglés (o su libro más considerado) es el soporte que ha anclado al Señor Makino en mi vida.

Va siendo hora de que hable del Sr. Makino. Le conocí hace siete años, cuando comenzó una lucha que afortunadamente todavía continúa. Y nada mejor para ello que recuperar un viejo posteo publicado originalmente en mi viejo blog…

SIN NOTICIAS DE MR. MAKINO

Como cada tarde, el señor Makino, apostado en una ventana, observaba el surrealista parque interior del hospital: bancos de madera nuevos de color cobrizo, caminos de ladrillo blanco delicadamente trazados, plantas ornamentales y nadie para disfrutarlo. De hecho, no había forma de entrar, ni una mísera puerta de acceso.

Le conocí tumbado en una cama de hospital. Un ataque de apendicitis quebró su particular tour hispano meticulosamente trazado. El Granada-Barcelona acabó en un tablao flamenco de Madrid, y sus gastados huesos en el quirófano de un país extraño.

Al verle, desvalido y solo, tuve la idea de imprimir todos los periódicos japoneses online que pude encontrar. Fue un desastre, cómo no. Mi vieja impresora unía los caracteres hasta hacerlos casi ilegibles. Me costó docenas de folios conseguir algo decente que entregué a mi madre para que se lo diese a la mañana siguiente. Al parecer, su expresión se iluminó al barruntar algo familiar. Ojalá hubiese estado allí para verlo. Pero estuve aquella tarde, y todas las tardes que vinieron después, y él, con su inglés aprendido en alguna sucursal de Open English de Yokohama, me contó que estaba jubilado y que trabajó durante más de 40 años como ingeniero de sistemas de ventilación. Las dificultades del idioma no impidieron que nos hiciera reír a todos con su escenificación del inoportuno ataque de apendicitis. No contó nada sobre su vida privada, tampoco pregunté.

Desde el segundo día una empleada de la embajada japonesa le acompañó cada mañana (me pregunto si la embajada española haría lo mismo por mí). Nunca la llegué a conocer, aunque me agradeció el gesto a través de mis padres. Ella fue quien se encargó de comprar 3 cajas de bombones Lind para distribuirlas entre el personal que le atendió. Una de esas cajas fue para mí. En la parte superior, pegado con celo, un papel con su nombre y dirección. Agradecí el regalo, aunque lo que realmente me emocionó fue ver al señor Makino haciendo la maleta mientras guardaba cuidadosamente en ella los folios que le había impreso durante cada día uno de los cinco días que estuvo allí.

Nueve meses más tarde le escribí. Esperé hasta navidad buscando una ocasión que justificara mi carta. Probablemente sea sintoísta o budista, pero que más da, lo único que quería era saber que estaba bien. Quería contarle que el jardín inanimado se mantenía virgen.

Recibí respuesta dos semanas después. Dentro del sobre, una falsa postal que ni es falsa ni es postal. Una espectacular foto del monte Fuji recortada y pegada cuidadosamente sobre un trozo de cartón. Detrás, escrito a mano ,“Mnt. Fuji (3.740 m)” Desde entonces apenas se separa de mí, es inevitable pues lo utilizo como marca páginas y tengo la costumbre de llevar siempre un libro encima, especialmente en invierno. Desde entonces cuando el monte Fuji asoma su cabeza nevada en la mesa de algún café, nunca falta alguien que dice “todavía tienes eso, tíralo ya, solo es un trozo de cartón”… y tienen razón, solo es un trozo de cartón.

El viernes quise escribirle, pero después de pasar toda la tarde meditándolo, la carta acabó en la basura, como tanta otras que alguna vez pensaste eran una buena idea. No respondió a mis últimas dos cartas, lo que dada su generosa educación y rígido sentido del honor, me da que pensar en que le ha ocurrido algo. Lo que no sería extraño, pues superaba los 70 años aunque aparentase bastantes menos.

Un amigo de mi hermano visitó Japón no hace mucho tiempo. Fue a conocer a sus suegros antes de casarse con una chica japonesa. Estuve tentado de pedirle que le entregase una carta en mano, junto con un pequeño regalo que nunca llegué a enviarle atendiendo los consejos que me dieron sobre los constantes robos que sufren las cartas demasiado abultadas. Al final no lo hice. Pensé que sería abusar de la confianza de alguien a quien apenas conozco.

Sea como sea, lo único que quería es que supiera que aquella falsa postal suya, sigue visitando con frecuencia el lugar en donde nos conocimos. Sigue marcando libros a medio leer e impregnándose del humo de las cafeterías de Suburbia.

Y ése fue el destino del papel garabateado por el Sr. Makino: el libro del actor William Golding. Casi mejor me ahorro comentarios sobre la señorita que quiere ser empresaria.

Por cierto, les presento a la nueva integrante de la familia…

Disculpen los brillos, la cámara (y el fotógrafo) es pésima.

Hace algunos años, alguien muy querido me acusó de egoísta precisamente cuándo yo pensaba lo contrario. Me dijo algo así como “Quién eres tú para tomar decisiones que afectan a los demás”. Hace mucho tiempo que no sé de ella, pero es una de las diez o quince personas que siempre estarán en mi memoria. En su honor he bautizado a la guitarra con su nombre. Siete letras que no pienso citar. Toda guitarra debe tener un nombre y éste significar algo. A ver si con ella aprendo a tocar decentemente de una vez.

Bien, estoy casi recuperado de mi diplopia. Eso creo, al menos. La pasada semana me sometí a una última prueba (más dura de lo esperado) y ya solo me resta esperar un diagnóstico que, si no es algo grave (y si así fuera ya me habrían llamado) aún tardará en llegar como un mes.

Ruego disculpen los desbarres de los últimos días. No me encontraba muy bien, pero como mi capacidad visual esta casi al 100% creo que ha llegado el momento de extender mi penosa presencia a otros lugares. Tal es el caso del joven portal Cinempatía. Su creador, Carles, mantenía la propuesta lanzada en agosto del pasado año y he aceptado. Será un placer colaborar en la medida de mis posibilidades con ellos. Sólo espero no hundir el barco recién botado.

Ésta será mi firma…

La verdad es que odio hacerme fotos pero me gusta hacerlas, con o sin modelos de por medio. No soy muy fotogénico. Por ello, he recurrido a una foto del pasado verano a la que he añadido mi nick. Espero que no se espante la sita Ice (sé que pasa por aquí en modo mute) que tantas ganas tenía de verme sin censurar :p

Hace mucho tiempo que el Sr. Yume me deja emborronar su página con mis textos nunca lo suficientemente pulidos. Su arte gráfico actúa como analgésico para hacer más llevadera su digestión. Si pasan por su page (pulsen sobre su nombre o, si lo prefieren, usen el enlace de la derecha) podrán comprobar que su paciencia y su talento son infinitos. Por allí utilizo el logo de un faro para firmar mis historias. Él me dio ha elegir entre varios antes de validar mi presencia. Es justo que muestre las otras candidatas…

Faros en calma, en blanco y negro y escaleras de caracol. Todos me gustan pero había que elegir uno.

Mi agradecimiento para ambos. Ojalá la experiencia dure.