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Para mis padres

Para Rosa Para Inma, testigos directos

“Un hombre cuenta tantas veces sus historias que termina convirtiéndose en parte de ellas. Ellas le sobrevivirán, y ése es el camino que le convertirá en inmortal”

“Hay un momento en el que un hombre necesita pelear y un momento en el que necesita aceptar que su destino es perder, el barco ha zarpado y solo un loco continuaría el viaje”

Este blog nació con el objeto de salvar vidas. Nació con el objeto de salvar una vida…

En mayo de 2005 lo creé bajo otro nombre, en otro lugar. Desde entonces, mi vida ha sido un continuo tobogán de emociones difícilmente controlables. Nunca imaginé que el mundo de mentira podría ofrecer tanto calor. Que unos desconocidos podrían ser tan cercanos a otros. El pasado tres de mayo el objetivo de este lugar recibió la puntilla final, esperada e inesperada al tiempo, que significa el adiós definitivo antártico que tanto se ha diluido gracias a la esperanza, esa palabra maldita que oculta tanta fuerza.

Volveré a postear, claro que sí, en otro lugar, pero ahora hay otras cuestiones que reclaman toda mi atención. Tengo mucho dolor que asimilar. Dolor que se hizo tan insoportable entre febrero y marzo que pensé no lo podría superar. Y hay una persona, mágica y especial, a quien pretendo robar todo su tiempo y regalarle la mayor parte del mío, que nada vale. A ella le debo tanto y, sobre todas las cosas, la quiero tanto.

Los últimos tres meses han parecido tres años, así de intensos han sido. Y sigo con la sensación de que no los he aprovechado como debía. Tengo la certeza de ello. El pez grande se ha ido ya y lo ha hecho como él habría querido: guardando parte de su mejor repertorio para el final. Le quiero, les quiero, y ya no están. Este lugar nació en su honor. Y sin él, y sin ella, no hay razón para continuarlo. Pero ha cumplido con su objetivo: el de salvar una vida. Ha salvado la mía…

“Y esta es la historia de mi vida”

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Me he dado cuenta de que una película que derrocha tanto amor (disfuncional, puede, pero amor) no se hizo para ser recordada por momentos así…

Sí, el mudo voluntario y daltónico es adolescente y lo odia todo por sistema. Así debe ser a su edad. Pero cuando su tío con tendencias suicidas le diga…

Dwayne: A veces me gustaría dormir hasta cumplir los dieciocho años y evitar todo el sufrimiento del instituto.

Frank: ¿Sabes quién es Marcel Proust?

Dwayne: Uno de esos tíos que tú enseñas…

Frank: Sí, un escritor francés. Un perdedor total. Nunca tuvo un trabajo. Sus romances fueron un asco. Gay. Tardó veinte años en escribir una novela que casi nadie lee. Pero, posiblemente sea el mejor escritor desde Shakespeare. Al llegar al final de su vida, miró atrás y decidió que todos aquellos años de sufrimiento fueron los mejores de su vida. ¿Las épocas en las que fue feliz? una pérdida total de tiempo. No le enseñaron nada. Si te duermes hasta los dieciocho años… piensa en todo el sufrimiento que te perderás.

… entonces comprenderá que necesita reconciliarse consigo mismo para, al menos, no transmitir su infelicidad a los demás.

Pasan muchas otras cosas, es un viaje agitado el suyo. El abuelo cocainomano y adicto al porno se sigue muriendo y el padre, obsesionado con el éxito pese a nadar en la bancarrota, sigue dando charlas sobre un tema que no domina. La niña sigue bailando fatal, y tal vez por eso a mí me parezca que lo hace mejor que las demás. La furgoneta se sigue estropeando, el claxon pitando a destiempo y siguen echando mano de un viejo gag de Woody Allen aparecido en “Bananas” (el de las revistas porno, sí). Me gusta. De hecho, me sigue gustando tanto como la primera vez que la vi. Tal vez más.

Myself: Si unes en una misma frase el nombre de un actor español y la palabra Oscar, ¿qué obtienes?

Acompañante 1: ¿Un taquillazo?

Myself: Sí, eso también. Aunque pensaba en la cantidad de gente que verá por primera vez en su vida una película de los Coen.

¿Crisis? ¿Qué crisis? Basta con colocar la silueta del eunuco dorado junto a un nombre familiar para todo vuelva a funcionar. Hacía años que no me encontraba semejante cola a las doce y media de la madrugada. Cuando ruge la marabunta lo mejor es pedir una butaca lateral. Me tocó pared, como el día en que vi “300”. No puedo ni debo quejarme.

La película bien. Mejor que bien. Una especie de vuelta de tuerca a “Fargo” en el que el azar y los principios sobreviven a la razón. El dinero es el objetivo único de los protagonistas de la nueva película de los hermanos Coen. Unos lo desean, otros quieren recuperarlo y el que lo tiene desearía estar en cualquier otro pellejo. El dinero funciona como maquinaria ejecutora del azar. Todos los que lo tocan o se acercan demasiado acaban cayendo como fichas de domino. Todos menos uno, el viejo policía interpretado por Tommy Lee Jones, quien se limita a observar las insensateces que otros cometen en nombre del dios dorado.

La nueva historia de los Coen cuenta cómo cambió la vida de Llewelyn (Josh Brolin) el día que se topó accidentalmente con los restos de una reyerta entre traficantes de droga. Un maletín con dos millones de dólares y su conciencia le meterán en un lío del que ya no sabrá salir cuando un gélido asesino en serie llamado Anton (Javier Bardem) sea contratado para encontrar el dinero y ajustar cuentas. Docenas de vidas se perderán por el camino mientras el maletín descansa en un conducto de aire acondicionado o bajo las tablas de una casa prefabricada, vidas que no valen más que lo que marca una moneda al hacer girar la matemática del azar.

Los Coen rememoran su estancia en Fargo cambiando la nieve por el polvo del desierto y a la sheriff de pueblo por el desencanto de un policía que comanda novatos que ignoran que hay que empuñar una pistola al registrar una casa sospechosa. El escepticismo del casi jubilado funciona como guía narrativa: su modo de contar historias, su mirada apagada, su manera de encajar los golpes que le deparan sus últimos días de uniforme. Los hermanos adoptan su mirada para analizar sin alzar la voz las estupideces cometidas por los demás. Dotan al relato de compasión que no de piedad. Nadie escapa de su cinismo. Ni siquiera los inocentes como Carla Jean (Kelly Macdonald), esposa de Llewelyn, cordero conducido al cadalso por el egoísmo de su esposo o Carson (Woody Harrelson), un pieza más a ser derribada. Construyen un relato en torno al miedo a lo desconocido, a lo que esperar tras una esquina, al otro… El miedo y el cinismo impregnan la narrativa de unos Coen a los que el tiempo ha convertido en descreídos para los que la ética de Anton resulta más valiosa que un itinerante maletín repleto de dinero.

No olvido la inteligencia de los hermanos: ese inesperado fundido justo antes de que a Llewelyn le ocurra “algo”, la aplicación de la lógica para desarrollar una escena, el modo en que obvian lo evidente para que sea el espectador el que ajuste las piezas. Es imposible olvidar nada de lo que regala esta maravilla de celuloide en el que la maquinaria funciona a la perfección. Tal vez sea demasiado perfecta.

Cuando acabó la proyección y la marabunta salió en estampida, salí al pasillo justo al aparecer los últimos créditos en pantalla. Para entonces restaban tres personas en la sala. Ya habían cesado los silbidos que reclamaban un final más masticado y digerido. Encaré la puerta de salida, y en ese momento, como dice el viejo policía Tom Bell, desperté gracias al aire con pedacitos de hielo. Qué buenos son los Coen especialmente cuando inducen pesadillas que no sueños.

La escena más celebrada de “Desayuno con Diamantes” es aquella en la que Holly desayuna bollitos daneses frente al escaparate de Tiffany’s. Verla caminar cansinamente por las solitarias avenidas de Nueva York sigue siendo fascinante, lo será siempre. Lo que pocos saben es que aquella bolsa de bollos estuvo a punto de ser reemplazada por un helado. La Hepburn odiaba los bollitos daneses e insistió en la posibilidad fría. Edwards se negó en rotundo.

El parecido de la película con la novela de Truman Capote es mera coincidencia. Él imaginó a una mujer curvilínea que sobrevive aceptando “regalos” de acompañantes ocasionales. Paul es gay, ella bisexual. Hay muchas más diferencias, entre ellas que Capote escribió el personaje pensando en Marilyn Monroe. Sin embargo, cuando la Paramount se hizo con los derechos de la novela tenía en mente que Holly Golighly sólo podía ser Audrey Hepburn. Ella rechazó el papel en repetidas ocasiones. Ni siquiera se mostró interesada cuando John Frankenheimer (el director original) fue sustituido por Blake Edwards. Sólo cuando éste le preguntó cuál era su visión del personaje aceptó, a regañadientes, interpretarlo.

La primera escena muestra un taxi llegado a edificio donde vive Holly. Ella trata de deshacerse de un pelmazo que reclama los derechos que le otorgan los 50 dólares invertidos en una “visita al tocador”. Paul baja del taxi. La puerta de vehículo está abollada. Edwards insistió en que fuese así. Sutilmente estaba dibujando a un personaje en ruinas.

La Hepburn dijo haberse inspirado en Kay Kendall para componer el papel de Holly. Si se observan detalladamente sus mohines y gestos será fácil darse cuenta de que así fue. Dijo que era la persona más libre que conocía: “Kay poseía esa locura que hiciera lo que hiciera, resultaba imposible enfadarse con ella”.

Holly es caprichosa. Se sirve leche en copas de cocktail y no tiene escrúpulos en denunciar a sus amigos durante la enloquecida fiesta celebrada en su casa. Es en dicha fiesta cuando Edwards explota su lado más conocido. La naturalidad con que sucede todo está milimetrada. Nada es casual, aunque lo parezca.

Cuando Paul y Holly hacen el amor por primera vez es la única ocasión en la que él se despeina. Le vemos bajo la lluvia, está impecable. Incluso en la cama, tras una noche “de trabajo” con su benefactora, aparece perfectamente peinado. Edwards insinúa una noche de amor entre los dos protagonistas y lo escenifica con cabellos disparados en todas direcciones.

George Axelrod, el guionista, tranquilizó a la actriz. La profesión de su personaje sería tratada con delicadeza. Y así fue, en ningún momento entendemos que Holly sea una fulana. Su carácter despreocupado y su obsesión por no querer a nadie, le otorgan un aura de ser especial, lo que supuso un problema para la introvertida Audrey. El carácter de Holly era completamente opuesto al suyo, se cansó de repetir.
El tercer momento “oculto” sucede durante en encuentro entre Paul y Doc. El segundo lleva consigo una caja de chuches. Paul extrae de ella un anillo de latón que ofrece al marido de Holly. El anillo será fundamental en el desarrollo y culminación de la historia.

Edwards pidió a Henry Mancini que escribiera un tema inspirándose en Audrey. Así nació “Moon River”, la canción cuyo eco resuena durante todo el metraje. Se han hecho mil versiones del tema, la han cantado los más reputados interpretes de cada época, pero la versión favorita de Mancini sigue siendo la que canta Audrey Hepburn en la película. Ella insistió en interpretarla por sí misma. Para ello, memorizó los acordes de guitarra y los acompañó con su voz. El resultado fue mágico. Quizás sea la mejor escena de la película, aquella en la que Holly levanta la vista y ve a Paul a través de una escalera de incendios. Sonríe…

“Hola, ¿Qué haces?”

“Escribo”

“Bien…”

Edwards insistió en coordinar las fotografías oficiales de la película. La Hepburn no cedería en su decisión de ir vestida con el famoso traje diseñado por el modisto francés Hubert de Givenchy. Edwards estuvo de acuerdo al darse cuenta de que, por muy adusta que fuera la fotografía, la Hepburn siempre aparecía poseída por el encanto de Holly, sonriente y segura de sí misma. El “animal salvaje”, al que ella se refiere con frecuencia, aparece con otras vestimentas más prosaicas. Vistiendo un traje como ése no podían existir los días rojos.

A punto de terminar el rodaje, la Hepburn estaba exhausta: Holly la estaba devorando. Mel Ferrer, esposo de la actriz, lo atribuyó a que ésta acababa de ser madre poco antes de iniciarse el rodaje. Nunca imaginó que sus cambios de carácter estuvieran relacionados con el personaje.

Una de las últimas escenas trascurre en el apartamento de Holly. Ella, no sin problemas, ha encontrado a Paul, a quien no ve hace meses, ya que quiere despedirse de él. El apartamento está decorado con cabezas de animales y posters de Brasil. Al tiempo, escucha un disco en portugués para familiarizarse con su nuevo idioma. El indicativo de que está trenzando una nueva vida se aparece en la labor de Holly: está tejiendo.

Tras recibir el telegrama que le comunica la muerte de su hermano, Holly llora desconsolada y lo rompe todo. El director quería una imagen real del dolor. La escena, muy dolorosa, recuerda aquella de “Fanny y Alexander” en la que una mujer llora la muerte de su marido, observada por su hijo a través de la rendija de una puerta. La turbadora escena fue filmada por Edwards en rigurosa penumbra propiciada por el estallido de las lamparas. Paul comprende que será la última vez que verá a Holly al decirle al millonario brasileño antes de enfilar la puerta de salida…

“Usted tiene un rancho ¿no es así?”

“Sí”

“A ella le gustará”

Su reencuentro final es inesperado. Holly abandona al gato en un callejón y él corre tras el felino. Ya que no podrá tenerla a ella cuidará del gato sin nombre que una vez le perteneció. La lluvia se intensifica en los segundos de duda de Holly, justo antes de que decida ir tras ellos. El final feliz fue una imposición del estudio que desagrado a Capote. A Edwards le gustó, sin embargo. Transmitía esperanza en un mundo que comenzaba a perderla. De hecho, filmó tres planos diferentes, alejándose paulatinamente de los amantes, para mostrar lo solos que se encuentran en un mundo hostil. Todos caminan presurosos, todos llevan paraguas… menos ellos. No les importa empaparse, el tiempo se ha detenido. Hoy, veinte años después del día en que la vi por primera vez, sigue pausado. Hace dos décadas fue en un vídeo Beta y hoy en un DVD. Cambia el formato pero no cambia la historia.

A veces (muchas) la 2 coloca fútbol porque aumenta el share de audiencia. Es sólo una arista del maltrato que está sufriendo “Lost”. Una damnificada más de una audiencia lobotomizada que suplica por grandes hermanos y gasta su tiempo con “Los Hombres de Paco”.

La tercera temporada es un puro disparate coherente. Todo encaja (algunas cosas con calzador, es verdad), todo tiene un precedente. Sin embargo, se nota el transcurso del tiempo; basta con mirar una foto de la primera temporada para darse cuenta de que salvo el tipo coreano (que debe haber pactado con Lucifer) el resto registra cambios físicos moderados o radicales en una serie en la que apenas transcurren semanas. Per example: Hugo está más gordo (si eso es posible); Sawyer más estilizado; Sun, Jack, Kate y Claire registran distintos tipos de cambios importantes. El más llamativo es el de Charlie, viejo rockero yonkie, que se ha puesto mechas porque le ha dado la gana. Pero para los que somos adictos a la serie eso nos da igual. Incluso los guiones disparatados que siempre culminan en un tachán final, nos importan poco: siempre queremos una dosis mayor.

La tercera temporada de seis (ya han anunciado el final de la serie) cumple con el requisito de toda etapa de transición: aporta lo justo dejando que el tiempo transcurra. Todo para preparar la que será una entrega que seguro decepcionará a los que la esperan con el cuchillo en las manos y extasiará al fan enfebrecido. La aguja fluctúa descontrolada: algunos episodios se los podían haber ahorrado, sin embargo, en otros, la avalancha de información (inútil casi siempre) sobrepasa los límites recomendables.

Michael y su hijo volverán, por supuesto, y los muertos continuarán apareciéndose a los náufragos. Parece que ya hay sexo en la isla y nuevos personajes para amenizar la espera. Mi favorito es Desmond: atormentado guardián de la estación, que volvió al final de la segunda temporada con un cielo que volver rosa y muchas historias que recordar. Las mejores: una temporada en un monasterio y una novia abandonada porque no se sentía digno de ella.

Ojalá dure. No importan los desbarres como el colocar padres perdidos en cadalsos, la cura de cánceres incurables o que los heridos (ahora) se recuperen en cuestión de horas. No importa que sigamos sin saber qué es la cosa sin forma, que se hayan inventado un Jacob que guarda los secretos de la isla o que Locke se crea predestinado a grandes cosas. Ni siquiera importa que haya quien rellena sus primitivas con los números fetiche de la serie, ni que ahora sepamos que la iniciativa Dharma fue un desastre. Lo importante es el contenido no el mcguffin de su desenlace. Lo importante es que el disparate dure, aunque tenga fecha de caducidad.

Es el remordimiento el dolor sin fin. No hay consuelo para aquellos que guardan algún secreto inconfesable. La brillante novela de Ian McEwan insiste en ello. Lo bifurca, lo parte, lo divide, pero sigue allí. Su novela es tan compleja que muchos la consideraban inadaptable. Y así fue hasta que el guionista Christopher Hampton (“Las Amistades Peligrosas”) consiguió moldear la prosa del escritor en un guión brillante que Joe Wright (director de “Orgullo y Prejuicio”) interpretó en imágenes.

El estancado inicio, tan lento, tiene su razón de ser (todo lo tiene en la cinta de Wright). Las tardes en la casa campestre de una familia bien británica transcurren tediosamente. Nada parece alterar la vida de sus afortunados moradores. Ello estimula la imaginación de Briony (Saoirse Ronan), niña que interpreta el tedio como amenazante sombra. Los acercamientos entre su hermana Cecilia (Keira Knightley) y Robbie (James McAvoy) son convertidos por su visión en viles. Wright divide la película entonces, dándole mayor complejidad a la alambicada narración de McEwan. Por un lado está Briony y su malévola interpretación. Por otro los amantes mudos, que viven su naciente pasión de modo cuasi cómico. Todo para ellos es divertido. Todo para la niña (secretamente enamorada de Robbie) es sórdido.

El detonante del drama llegará en forma de nota erróneamente enviada. La palabra coño, que se desliza juguetónamente por los labios de Robbie, se tornará en diabólica a ojos de una cría. Lo de menos es la crítica social que Wright desliza sutilmente (“cuando estalle la guerra cada soldado llevara una de éstas -chocolatinas- en su petate”), la obsesión treintiañera por la adolescencia del aprendiz de jerifalte o la tendencia por acusar al que no puede defenderse.

Después Wright echará mano de continuos flashbacks para desarrollar la historia. Robbie encuentra una inútil redención gracias a la guerra; Cecilia, enamorada de él, le seguirá a su manera, como enfermera. Su fugaz encuentro en los días previos a su marcha a Francia es emotivo en su contención. Ella posa su mano sobre la de él… él la aparta (todo lo contrario que ocurrió en su primer encuentro sexual, montado de manera apasionada, en la que las manos buscan y encuentran). Robbie no se considera digno de ella tras pasar por la cárcel. Briony (Romola Garai), por su parte, ya convertida en mujer, revivirá su cruz a cada instante. Tratará de enmendar su error ya sea sirviendo como enfermera o imaginando el perdón de su hermana mediante cartas nunca enviadas.

“Expiación” (el subtítulo es innecesario) guarda momentos memorables que nacieron con la intención de perdurar. Perfecto ejemplo sería la caótica escena de la playa de Dunkerque, en la que los caballos son ejecutados mientras soldados medio locos hacen gimnasia en aparatos abandonados y otros funden sus voces con la música original de la película, creando un efecto emotivo sobrecogedor. Mientras, la noria cargada de soldados continua girando como en un día de feria.

Wright lo hace por segunda vez, firma su segunda gran película. Dos de dos. Su extrema juventud le ha dotado del descaro necesario para enfrentarse a materiales graves. Mucho mejor si además cuenta con aliados a la causa. La última e impresionante escena demuestra su ausencia de pudor. Quiebra la narración lineal, una vez más, para dar un salto hacia delante en el que una brillante Vanessa Redgrave retoma el papel de Briony ya anciana. Sus palabras son dolorosas, tanto como su pecado. Exhibe públicamente su pena sin buscar alivio, pues esa posibilidad se evaporó hace mucho tiempo. Sólo busca expiar su falta. Y los ojos de Briony siempre brillantes y nerviosos.

No es nada fácil conseguir que el dolor empape los huesos del espectador. “Expiación” lo consigue. Haya estúpidos premios de por medio o no.

Los tipos de la Inquisición (“Días de Cine”) se pusieron a rebuscar la madrugada del pasado jueves. Querían encontrar la película del año. Repasaron las pelis americanas por un lado y las europeas por otro. Las españolas tuvieron su propio apartado ya cerca de la mitad. Al final, llegaron a la conclusión de que “Zodiac” es su película del año (para mí no pasa de ser una buena película fallida).

Pero si olvidamos el despotismo de Antonio Gasset recomendando las pelis de sus amiguetes, hubo un momento en el que, repasando la lista europea, tocaron techo. Porque para mí, la mejor película del año ha sido “La Vida de los Otros”. Cinta alemana dirigida por Florian Henckel-Donnersmarck.

Es para ella y para su desaparecido protagonista (Ulrich Muhë) por lo que está dedicado este último posteo del año.

Que el 2008 sea un buen año para todos los que alguna vez han pasado por este lugar. Feliz año nuevo. Pásenlo bien y que sus noches sean mágicas.

Hace tres años y algún mes que la vi. Después volví a verla y ya no se separa de mí. Se titula “Eternal Sunshine of Spotless Mind”, pero en España decidieron llamarla de otro modo. De un modo horrible. Podría darle mil explicaciones que no servirían para explicar por qué decidí quedarme bajo la lluvia, en lugar de volver a casa, la noche en que la vi. Podría decir de ella que es una muestra excepcional de cine independiente. Mentira, por supuesto, porque el cine independiente subvencionado por una mayor no existe como tal. Es brumosa y luminosa como pocas lo fueron antes. Explica los vaivenes de una pareja como ninguna otra lo hizo antes. El amor autentico según Andy Kaufman: los que están predestinados terminarán juntos. Aunque sea una quimera que no se da en la realidad, a todos nos justa soñar, y el cine es el vehículo ideal para ello.

Han pasado tres años y unos meses en los que le he dedicado más posteos que a ninguna otra. Alguno de ellos delirante, otros borrados. Éste es el quinto o el sexto. Perdí la cuenta hace tiempo. Como he perdido la entrada original del 12 de octubre en que la vi. ¡¡Dios!! Pero si las guardo todas…

Perdida está, me temo, pero guardo su recuerdo, el de aquella noche. El frío prematuro, la chupa de cuero, la lluvia y la chica rubia que se me cruzó, extrañada, por tercera vez. El campo falso de fútbol sigue allí. La plataforma del Ciné Cité, también. Doblada y subtitulada. En formato panorámico o comprimida. Da igual, siempre es la misma película. Un pedazo de mi memoria convertido en celuloide.

Ésto va por cortesía de David…

Tim Burton debió morir de gusto cuándo pudo trabajar con Vincent Price. Era su idolo de la infancia y trabajar con él debió ser una fantasía convertida en realidad. Además, pudo hacer carne muchos de sus sueños infantiles. Entre ellos la historia del chico con tijeras en las manos. Su escena final es memorable. Y como lo es, bien está recordarla ahora que la Navidad (uno de los iconos burtonianos) es menos navideña que nunca.

Abuela: No volvió a verle nunca. No después de aquella noche

Nieta: ¿Y cómo lo sabes?

Abuela: Porque yo estuve allí

Nieta: Podías haber subido arriba. Todavía puedes ir 

Abuela: No, cielo. Ahora soy una anciana. Prefiero que me recuerde tal como era.

Nieta: ¿Cómo sabes que está vivo?

Abuela: No lo sé. No estoy segura. Creo que está vivo. Verás, antes de que él llegara no nevaba nunca. Y después, sí. Si no estuviese allí arriba ahora no creo que nevase. A veces todavía puedes verme bailando bajo la nieve

A rebufo de Mycroft y su lista de LP’s imprescindibles editados en España, colgaré las que son a mi juicio cinco referencias que no deben faltar a jucio tercermundista de un simple aficionado a las letras cantadas en castellano.

No tienen orden establecido, simplemente están…

ALASKA Y DINARAMAMIL CAMPANAS

La elegancia de Carlos Berlanga unida a la contundencia de Olvido Gara. Lo mejor llegó en su época como Dinarama. Pop suave con actitud y la genialidad de Berlanga de fondo…

Dónde está nuestro error sin solución

fuiste tú el culpable o lo fui yo

ni tú ni nadie puede cambiarme

FAMILY – DAME ESTRELLAS O LIMONES

Sorprendente aportación al pop electrónico español de la mano de un dúo donostiarra que creo influencia a su alrededor. Su primer y único disco, Un soplo al corazón, reúne lo mejor del pop español y el inglés en un confluencia repleta del malditismo que seguiría para siempre al dueto vasco. Sus letras son frescas, su música intuitiva; Son grandes en el pequeño espectro que les dio cobijo. De hecho, son grandes en cualquier espectro. Pocos supieron cantar al amor de un modo tan inocente e introspectivo al tiempo. Un must total que le debo a Mycroft.

(No tienen fotos, mucho menos vídeos… Recurro a Niza, quien les homenajeó, y a ellos mismos para darles cuerpo)…

Quisiera estar junto a ti

quisiera ser un planeta

girando a tu alrededor

tú borrarías mis huellas

porque tu eres la estrella de mi corazón

surcando el cielo de nuestro amor

me gusta mirar tu cara graciosa cuando bebes limón

O ésta…

FAMILY – LA NOCHE INVENTADA

Dibújame una noche

llena de cohetes naranjas

yo te daré las estrellas

y tú las pintarás de plata

píntalo todo de plata… si nos vas a dejar

LOS SECRETOS – NO ME IMAGINO

Blandos o no, Los Secretos fusionaron gran parte de su universo con el mundo que les tocó vivir. Crearon y deshicieron a su antojo dentro del yermo panorama hispano que siguió a la movida. Su estilo apocalíptico puede ser tildado de grandilocuente por aquellos que buscan los tres pies al gato, pero Enrique Urquijo era honesto. Su frecuente oda a la caída fue una premonición de la suya propia. Estaba cantado, nunca mejor dicho…

No, no te hace gracia que me agarre tanto a ti

que necesite tu cariño para ser feliz

y que no encuentre otra razón para vivir

No, a mí tampoco me divierte estar así

pero qué quieres, me he perdido y ahora no sé salir

en ti he encontrado la esperanza que perdí

ooh, sí… no me imagino como podré estar sin ti

HÉROES DEL SILENCIO – AGOSTO

Fueron muy importantes aunque hace tiempo que dejaron de serlo. Su “Entre Dos Tierras” es un mito aún vivo, pero mejor que sea una de sus primeras canciones quien les represente. Pop-rock endulzado que se endurecería con el tiempo.

Una vez en la vida debo encontrar dentro de mí

una noche de Agosto

mi alma perdida que arrojé al mar

LOS PLANETAS – UN BUEN DÍA

Los granadinos son grandes. Muy grandes. Algún día se les dará el tratamiento que merecen… Cuándo se retiren, si se hace antes se volverán más locos de lo que ya están. Tienen el don de explicar en pocas palabras lo que otros necesitan tratados para revelar. Cantaron al desamor como pocos lo hicieron antes. Sus letras desprenden el olor del desaliento tumorado por la esperanza. Les sobra mala hostia, eso sí. Un poco más y necesitarían un guía que les ayudara a salir del laberinto en el que ellos solos han decidido vivir. Y es que a veces es necesario que te dé el aire…

He estado con Erik hasta las seis

y nos hemos metido cuatro millones de rayas

no he vuelto a pensar en ti hasta que he llegado a casa

y ya no he podido dormir como siempre me pasa

O ésta…

LOS PLANETAS – SANTOS QUE YO TE PINTÉ

Yo no soy ningún ángel

yo no soy ningún santo

pero lo que estás haciendo

es me está matando

puedes buscar por tierra

puedes buscar por aire

pero como yo te he querido

no va a quererte nadie

no va a quererte nadie

santos que yo te pinté

demonios se tienen que volver

santos que yo te pinté

demonios se tienen que volver