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Duda, el Sr. Yume, de que el meme 7 blogs del día que lanza en sus Tierras de Cinefágia, tenga continuidad. Y no debería hacerlo. Nada me cuesta revelar el secreto a voces de mis preferencias blogueras. Aquellos lugares que dignifican todo esto y por lo tanto no merecen el calificativo Burrosfero…






Todos ellos, desde hace tiempo, forman parte de mi rutina diaria, pero no son lo únicos. Sin ser estrictamente blogs, también trato de pasar por aquí a diario…


Mientras, espero que otros resuciten o, en el caso del Sr. Horror, normalicen sus emisiones…




Trato de no ser el pelmazo que comenta a diario. A veces lo consigo, a veces no. En otras ocasiones, simplemente no tienes nada que decir o no te apetece hacerlo. Pero tengan por seguro que, vaivenes al margen, no es el colegeo quien determina mis pasos virtuales, sino un interés sincero por conocer opiniones de personas que me resultan interesantes.

Otra buena lista sería la de aquellos lugares visitados en absoluto silencio. Lugares que atraen, pero que prefieres visitar de puntillas. Tal sería el caso de Penélope…

Pero esa es otra historia y merece un posteo aparte que tal vez vea la luz en unos días.

Un bonito meme cortesía del Sr. Yume vía Higronáuta, quien curiosamente formaría parte de esa lista alternativa. Bonito meme, sí, que por mi parte muere aquí. Si alguien desea darle continuidad, es muy libre de hacerlo.

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Como ocurriera en “Extraños en un Tren”, Emilio me ofreció un pacto que no pude rechazar. Ayer publiqué mi parte, hoy es su turno. El homenajeado es el mismo, Billy Wilder, la película no. Para sí, Emilio se reservó una obra maestra, “En Bandeja de Plata”, a la que ha dedicado una sentida reseña.

Desvío la atención hacia su page, allí se encuentra su escrito. Si están interesados, pulsen en la foto del trío protagonista de aquella maravilla dirigida por el director de origen austriaco.

Bien, a petición de Emilio, procedo a publicar mi versión del asunto Wilder. Me tocó interpretar una de sus películas menos valoradas, “Irma la Dulce”. Espero no haberla hundido completamente tras este largo y farragoso texto que le dedico…

Decía el crítico Juan Carlos Rentero, que para Billy Wilder los momentos de intensa felicidad (siempre pasajeros y deudores del azar) nos permiten abrigar la sospecha de que la vida es hermosa, aunque muchas veces nos resulte decepcionante. Todo venía a cuento de la escena final de “El Apartamento”, cuando Fran (Shirley MacLaine) corre por las calles de Nueva York en busca de Dexter (Jack Lemmon) una vez ha caido en la cuenta de lo mucho que le necesita. Wilder premia con un final feliz a sus personajes, a sabiendas de que el futuro que les aguarda es incierto. Un punto seguido que en cierto modo tuvo continuidad al reunirse de nuevo el triunvirato en “Irma la Dulce”.

Tomando como base un éxitoso musical de Broadway al que le fueron eliminadas las canciones, Wilder enriquece la fórmula que tan brillante resultado le dio en “El Apartamento” al sumar una especie de Pepito Grillo al quebradizo duo protagonista. Será el barman Moustache (Lou Jacobi) quien introduzca y finiquite la historia con su presencia. Será el guía que conduzca la historia de amor entre un policía honrado, pero tonto, y una prostituta en busca del clavo ardiendo al que aferrarse… La presentación de la historia es ejemplar. Wilder nos adentra en la rue Saint Denis, el barrio de la putas parisinas, lo hace evitando la sordidez propia del ambiente sin olvidar el cinismo que le caracteriza. Por allí pasea sus curvas Irma, en la esquina de la calle Casanova, y allí se encontrará con el nuevo gendarme del barrio, Nestor. La honradez de éste, ante el panorama que descubre, le llevará a denunciar la situación, lo que desembocará en una redada que tendrá como inesperado desenlace el despido de Nestor, al ser el comisario de policía de París, uno de los puteros cazados in franganti. Una vez fuera del cuerpo, Nestor volverá al barrio que le trajo la desgracia para no salir de allí jamás al verse involucrado en una pelea con el chulo de Irma, pelea que le tendrá como inesperado ganador y cuyo premio consistirá en ser proclamado nuevo chulo de la prostituta. La situación le desagrada profundamente, lo que le obliga a evitarle clientes a Irma en lugar de proporcionárselos. Se travestirá entonces en un imposible lord inglés aficionado al bridge para justificar la situación, lo que le llevará trabajar a destajo descargando camiones y en el mercado para conseguir el dinero preciso que les permita sobrevivir. Desesperadamente enamorado de Irma, Nestor terminará por odiar al personaje que el mismo creó, eliminándole primero, siendo condenado después por matar a un fantasma, para alcanzar la libertad que finalmente le permita casarse con una embarazada Irma. Un cuento romántico y progresivamente edulcorado al que Wilder aporta pequeñas píldoras de cinismo que puedan aligererar lo estómagante de su argumento.

Sería así el análisis de un primer vistazo a la película de Wilder. Una de las pocas del director de origen austriaco que viéndose con gusto, no soportan un segundo visionado. Pero hay mucho más. Siempre hay más. Sin negar su edulcorada fachada y su tendencia al sentimentalismo, la descripción de personajes de Wilder revela en la cinta una vida interior extraordinaria que habitualmente suele pasarse por alto. Nestor, el honrado y bobo, es el arquetípico héroe wilderniano, víctima de sí mismo y de un mundo que no entiende, que no guarda ningún lugar para él. Wilder se apiada de él concediéndole el apoyo de Moustache, baqueteado barman, que además de oficiar de conciencia se ocupará de introducir a Nestor en el mundo real. Moustache le previene sobre los efectos del amor y la crueldad, lo que para el Wilder cínico viene a ser lo mismo: “El amor es ilegal, pero el odio no”, le dice, para continuar advirtiéndole de que si no endurece su candorosa alma lo que le espera ahí fuera terminará por devorarle: “Ser honesto en un mundo deshonesto es como pelar una gallina contra el viento; te llenas la boca de plumas”. Enseñanzas que Nestor tratará en asumir. Inmerso en un mundo hostil y extraño, Nestor intenta comprender por qué Irma necesita un chulo: “Todo el mundo necesita a alguien” le contestará ella. De nuevo aparece el fantasma de la soledad que propulsa la trama de “El Apartamento”, y como Fran, Irma está convencida de que son los pequeños detalles los que determinan la naturaleza de su anhelo. Fran repara en Dexter porque es el único de los cientos de empleados del edificio que la saluda cada mañana. El único que se quita el sombrero ante su presencia. Irma reparará en el candor de Nestor cuando éste se levante los pantalones frente a ella, se le vea la pierna y, de inmediato, se los baje avergonzado, para terminar por confirmar su corazonada en la bellísima escena en la que Nestor se introduce por la ventana de su habitación mientras Irma duerme, procurando no hacer ruido, en un gesto de respeto y cariño hacia ella desconocido por Irma con anterioridad. En ambos casos se trata de mujeres fuertes y de hombres apocados. Ellos poseen dignidad pero la han terminado por enterrar al considerarla inútil. Ellas la mantienen contra viento y marea, a pesar de ser utilizadas por los hombres como meros juguetes sexuales. Ellas fijan la mirada con firmeza, sin embargo, tanto Dexter como Nestor bajan la mirada al enfrentarse con su propio reflejo en el espejo. Ése es el principal distintivo de la relación de Wilder con sus personajes, la del cínico compasivo que mantiene la fe a su pesar.

Llegada la segunda mitad de película, ésta se convierte en desconcertante. La aparición del personaje del lord inglés provoca constantes mutaciones en Nestor. Su agotadora rutina llevará a Irma a pensar en que le engaña con otras mujeres. Celos que se tornarán recíprocos al comprobar Nestor que Irma se siente atraída por el personaje que él mismo creó. La inseguridad le convierte en inestable al contrario que Irma, quien en su confianza hacia el falso lord refuerza inconscientemente su amor por Nestor al constatarse que le amará siempre tenga la apariencia que tenga. Inusual giro éste en la carrera de Wilder. Sus personajes toman conciencia de sí mismos al dejar de serlo; por primera vez Irma se cuestiona el abandonar su profesión y por primera vez Nestor es consciente de que el amor de Irma va más allá de la relación profesional entre un chulo y su puta. De hecho, ahí radica el quid de todas las cuestiones. Para Nestor, Irma nunca fue una puta, lo que hace que ella se plantee el dejar de serlo. Para ella, Nestor nunca fue un idiota, lo que provoca que él adquiera la confianza que siempre le faltó.

En el tramo final, Wilder reinterpreta el amor fou, siempre habituado a los desenlaces trágicos, adaptándolo a su propia filosofía. Nestor se sacrificará por Irma y aceptará vaporizarse de su vida a cambio de la felicidad de ella. Cuestión que Irma, como pilar de la pareja, reconducirá cambiando de tema, como si no hubiese oído nada, para dejar que la rutina se encargue del resto. El happy end final revela al Wilder más humano, al aliviar a sus castigados personajes con un chispazo de ilusión que alumbre sus lúgubres vidas. Mi vieja teoría de que incluso en las vidas más grises hay lugar para los azules.

“Irma la Dulce” puede ser un Wilder menor, cierto, pero también supone la confirmación de que su descreimiento tiene fisuras. Y es que, si te descuidas se te puede ver el alma, y en esta ocasión a Billy se le debió olvidar la armadura en casa.

Desde que era un crío suelo castigar a mi entorno con absurdos juegos. Uno de ellos, juego de bares, consiste en bautizar e imaginar la vida de los desconocidos que pululan por el local en cuestión. Sólo se precisan dos requisitos que en realidad son tres: No conocer el nombre real del objetivo. Que dicho nombre y la vida inventada sea lo más esperpéntica posible. Y, el tercero y no oficial, que el alcohol haya fluido con generosidad antes de darse por comenzada la tontería. Sólo de ese modo un juego tan bobo tiene sentido. Qué original ¿verdad? Parecido a lo que hacía Michael Douglas en “Wonder Boys”… Pues sí, doy fe de que nosotros lo hacíamos antes y de un modo más beodo, añado.

En fin. Otro de esos juegos consiste en adivinar el momento en el que los protagonistas de una película reciben la información

Para Martin Amis la información consiste en la revelación de aquello que ya sabemos pero somos incapaces de ver. Amis contó cómo la conciencia de la proximidad de la muerte hizo cambiar el modo de ver la realidad del maduro protagonista de aquella novela que comparte título con este posteo.

En el año 2000, Juan José Campanella, director argentino que por entonces ya había dirigido películas tan notables como “El Niño que Gritó Puta”, presentó “El Hijo de la Novia”. Historia de un desorientado tipo, Rafael, que a sus 42 años descubre cómo el vacío se ha convertido en el denominador común de su vida.

Secuestrado por un trabajo que roba todo su tiempo, sin amigos, divorciado y padre de una hija a la que no ha visto crecer y con una madre, enferma de Alzheimer, internada en un geriatrico a la que nunca visita, descubre que su pánico a afrontar los problemas cotidianos, o cualquier tipo de compromiso, le han convertido en un fugitivo constante. Y es su inconsciente huida la que ahora amenaza con tomarse una nueva víctima: su novia, Naty, quien ha decidido alejarse de él ante sus constantes indecisiones.

Sumido en una profunda crisis, todos los esquemas de Rafael se desmoronarán al recibir la noticia de la intención de su padre de cumplir el viejo sueño de su esposa: casarse por la iglesia.

Será entonces cuando Rafael reciba la información y los acontecimientos se desboquen…

Cerca de su final blogero, el Sr. Harris (se le añora, que lo sepa) recreó aquel momento en su desaparecido blog. Con su permiso (del que carezco, excuses) y mis disculpas por olvidar incluirle en la sección partners con antelación, le robo el desenlace de tan maravillosa película explendidamente recogido por él en su día…

Rafael: ¿Qué te dije? ¿Qué te dije? Es mi novia… Oíme. Abrime la puerta, necesito que me escuches…

Nati (Off): No, ¿qué querés?

Rafael: Necesito hablar con vos, a solas.

Osvaldo: Eh, no sé que hacer con este tipo, Natalia.

Rafael: Bueno, quedate, qué carajo me importa. Oíme, correte. Escuchame, por favor, Nati. Escuchame. Necesito que me escuches. Bueno… Hice todo mal, todo mal. Nunca te escuché, nunca te dí bola en todo lo que me dijiste. Pero… parece que lo vi, el problema, y dicen que… que si lo ves, eso es parte de la solución. La cagada es que no te dicen qué parte es. ¿El cincuenta por ciento, el dos por ciento? No, no sé. Pero… yo creo que me hizo bien la terapia… la intensiva, digo. Eh… qué más… ¡Ah, sí! Que… bueno, no es verdad que no quiero tener más problemas, lo que yo no quiero son los problemas con las cuentas, los proveedores, todo eso. Pero… quiero los tuyos, quiero los de Vicki, los de mis viejos, te lo juro. Son mi familia, yo los… los quiero ayudar, ¿me entendés? Eh… ¡Ah! Y que… mirá, yo quiero… vivir toda una vida con vos, llena de problemas. Los tuyos y los míos, porque… porque esos son problemas, esos son. Y el que no tiene… esos problemas… bueno, ése es el problema más grande que puede tener. Y… que aunque no sea, no sé, Bill Gates, Einstein o el… el Dick Watson, yo quiero vivir toda mi vida con vos, este… llena de problemas, y te voy a cuidar, te voy a… te voy a cuidar, por más problemas que tengas. ¡Que tenga! ¡Que tengamos! ¡Que tengamos! Y… No sé qué más decirte… eh… Decime algo vos, por favor… No contesta.

Osvaldo: Y, las minas son un problema, hermano… ¿Quién es Rick Watson?

Rafael: Qué se yo…

Osvaldo: Eh, yo, al muchacho, lo veo sincero, Natalia.

Una mañana de marzo, mediada la década de los ochenta, Bruce Lee se cobró su primera víctima no mortal en Cucumberland: R.G., de 16 años, se destrozó tres dientes mientras trataba de impresionar a dos chicas con unos nunchakus caseros fabricados con ayuda de su padre. Al ser uno de los matones del barrio, la noticia fue festejada por todos los habitantes de la zona situados en una franja de edad por debajo de los 14 años. De hecho, se convino atribuir a Lee la autoría de la azaña, pues fue él quien inoculó el veneno de las artes marciales en R.G. gracias a las matines de domingo celebradas en el cine del barrio.

Fue el primer regalo que nos hizo. Después llegaron más…

Durante años he tratado de comprender qué es lo que me atrae de aquellas películas sin guión editadas a tijeretazos por cualquier matarife hongkonés. Sin éxito. Lo único que sé es que, como si de una droga se tratase, no puedo dejar de verlas.

Fue el Sr. Yume el que, hace algún tiempo, supo dar con la fórmula de la cuadratura del círculo. Su análisis se centró, con el humor y el respeto que sólo un fan puede desplegar, en su obra postuma: “Operación Dragón”. Objeto de algunas de las más turbias fantasías no eróticas de mi infancia y adolescencia.

Si disponen de diez minutos libres, les recomiendo arduamente su lectura. Les guste o no este tipo de cine, lo disfrutarán, como yo lo hice en su día…

OPERACIÓN DRAGÓN 

Argumento: Un jóven monje Shaolin es contratado por una organización secreta para infiltrarse en un torneo de artes marciales. Así poder sacar información y detener al malvado Han que controla el tráfico de drogas, la trata de blancas, asesinatos… y el torneo.

Año de la película: 1973

Edad del sujeto: Tenía 33 añitos. Murió ese mismo año.
(sí, sí, ya sé, en extrañas circunstancias)

Técnica Utilizada: Lee y su “Jeet Kune Do”, una variación “Lee generis” del Kung Fu tradicional. Esto, unido con su característica fuerza y nervio, hace unas peleas muy interesantes a pesar de su sencillez.

Trucos, cables y otros subterfugios: No por regla general. La poca fantasía de sus escenas, no crean la necesidad de grandes trucajes, aunque podemos encontrar en una de las escenas el famoso “Salto Ninja” (ese salto rodado en caída, que al ser reproducido marcha atrás, parece que se salte con agilidad fantasmal)

Golpe Especial: Lee tiene tres habituales.
Patada lateral en carrera proyectada a gran velocidad hacia el cuello.

Y el salto y posterior estrangulamiento con los pies del rival medio aturdido en el suelo (atención, no hay que perderse su cara de rabia en esta última técnica, plano con el que magistralmente eliden la muerte del infeliz).
Y por supuesto, la patada voladora.

Armas: Todas. Lee es un experto con cualquier cosa, pero su (nuestra) preferida son los Nunchakus. La de golpes que se tuvo que dar para controlar así los palitos de los cojones…

Pupita: A pesar de que suena fuerte, no es característica la brutalidad en la demostración de los golpes, pero SIEMPRE mueren algunos enemigos de una solo golpe. O sea, que pupita, MUCHA.

Nº de Enemigos vencidos: Es una película de torneos, así que las peleas organizadas le restan tiempo a la ostia sin ton ni son, pero en la escena final, hay un total desmadre. Un centenar (más o menos).

Malo Final: Sí. El malvado Han, deshonroso monje Shaolin, maestro del Crimen con su famosa mano-garra. Uno de los Iconos del Pop con más carisma, sin duda.

Banda Sonora: Se le da gran importancia al sonido. Molona Música funky setentera, unida a cajas chinas. Un 10. Muchos sonidos de hipertrofiados golpes clásicos y sonido de aire cortándose. También cabe destacar los habituales jadeos-aullidos perrunos del Gran Maestro.

Inteligencia: En todas y cada una de las escenas, Lee parece un maestro sabio. Sabe controlar la situación y a sus actores. Mirada de sospecha perenne.

Humor: Ninguno. Hay que estar concentrado y no perder el tiempo en tonterías. ¿El resto? Bueno, una conversación telefónica va así.
– Póngame con el General!
– Pues despiértelo…
– Me da igual que esté acompañado…
– No, no me importa con quién esté…

Sexo: Sí, gracias! Aunque no veremos a Lee perder el tiempo. Pero el resto de luchadores confraternizan con una o varias (ese cool-nigga-supamacho powa!) señoritas de hermosos cardados y abundantes maquillajes.

Crítica Social: Pse! William, el luchador del pelo a lo afro, a parte de ser perseguido por las polis en L.A., comenta que los guettos son iguales en todos lados. No creo que cuente mucho.

Plagios: Muchos. De hecho la peli fue un hito en las artes marciales. Desde decenas de “impersonators”, hasta copia total (Mortal Combat, el juego y la peli, son exactamente iguales).

La Película: Si en el estanque al que lanzan el cuerpo sin vida de Williams hubiera pirañas y/o tiburones, la peli lo tendría absolutamente todo. Música funky inolvidable, cierta profundidad de personajes, varios protagonistas, intriga, sexo, emoción, espionaje y apuestas, cientos de especialistas, hombres varoniles y mujeres bellas, un Bruce Lee magullado…

Todo una Iconografía Pop que ha hecho historia.

NOTA: Por supuesto tiene su correspondiente poster polaco.
¿Es “Operación Dragón” o “Rocky Horror Picture Show”?

Y ahora, haciendo gala de mi habitual estilo cursi y fuera de lugar, diré que sé que no fui el único niño que no desayunaba en el colegio por no gastar el dinero que me daba mi madre y poder así fundirlo en matines de domingo. Sé que no fui el único que estuvo a punto de romper a llorar cuando vio “Dragón” muchos años más tarde; y lo sé porque vi a mi hermano mayor, sentado a mi lado, retorcer los labios al recrearse la escena final de “Operación Dragón”. Sé que R.G. no fue el único en fabricar nunchakus caseros tan peligrosos como balas. Sé que no fui el único en ver sus películas devorando pan y chocolate protegido por la penumbra de un cine, del mismo modo que sé que no soy el único que le lleva y llevará dentro…

Y así pongo el punto final a la micro-sección Partners, creada, básicamente, con fines de rapiña.

Gracias, Sr. Yume por su generosidad.

Me contó mi hermano que vio un documental en el que se narraba una insolita aventura protagonizada por Mark Twain y Jack London. Al parecer, Twain, viajero y, sobre todo, aventurero incansable, propuso a London un viaje a la Polinesia para tratar de sacarle de su ensimismamiento provocado por una crisis creativa y personal. Así, alquilaron un cochambroso barco y se lanzaron a recorrer el Pacifico sin apenas preparación para ello. Debido a la escasez de agua y alimento estuvieron a punto de morir. Aun así, tanto London como Twain siempre recordaron aquella locura como uno de los momentos más felices de sus vidas.

En la misma línea pero en otro contexto, hubo un tiempo en el que el genio entre genios que es Francis Ford Coppola se encontró rodeado de gris. Para un buscavidas como él, siempre dispuesto a lanzarse apasionadamente sobre el proyecto más descabellado, el estado emocional que le provocaron las deudas generadas por su “Corazonada”, le proporcionó la oportunidad de rodar dos películas tan personales y arriesgadas que bien podrían considerarse un pulso contra los vientos adversos que en aquella época soplaban en su contra.

Una de ellas fue explendida: “Rebeldes”. La otra, “Rumble Fish”, funciona en otro plano de comprensión.

“La ley de la calle”, como se tituló en España, es más que una película. Al menos lo es para mí. Es una de esas esquirlas que se te incrustan en el corazón aprovechando esos raros momentos en los que la vulnerabilidad permite que películas o personas se refugien dentro de ti y ya no te abandonen.

Y si la historia del chico daltónico destinado a perder siempre es emotiva, no lo es menos la narración de la vida de los menos privilegiados que Marty vomitó con toda su crudeza en “Malas Calles”. Unos encuentran refugio en bares. Otros en casas suntuosas. A otros sólo les queda la calle para herir y ser heridos. Scorsese lo vivió y entendió y seguramente por ello se vació regalando momentos sublimes y epilépticos detalles que sirvieron para los que no han vivido el desarraigo que proporciona la vida en los suburbios lograsen entender lo doloroso que resulta encontrar mesías en los lugares situados fuera de los mapas celestiales.

Tal como lo hizo Marty en los setenta, el Sr. Horror se vació en 2005 para desgajar estas dos obras imprescindibles que se mueven más por terrenos emocionales que cinéfilos. Su análisis es apasionado y hermoso. Contradictorio y crudo.  No son pocas mis divergencias con su texto, y es por ello por lo que me gustó y me gusta tanto. El consenso crea alienación. Son las opiniones encontradas las que hacen avanzar la comprensión de todo esto. Y no es poco lo que la lectura de sus palabras me descubrió sobre la belleza desenfocada que emana la película de Marty.

Es un posteo extremadamente largo. Recomiendo a quien esté interesado que lo imprima, como hice yo en su día, para leerlo en el momento adecuado y de modo pausado. Lo disfrutará o lo odiará más, pero seguro que su reflexión en gris, que no gris, no les dejará indeferentes.

El texto contiene innumerables spoilers. Advertidos están.

Fantasma del pasado: “Los pecados no se redimen en la iglesia. Se redimen en la calle, se redimen en casa. Lo demás son chorradas y tú lo sabes.”

Con el texto que da título a este artículo se abre una de las cumbres cinematográficas del (casi) siempre genial Martin Scorsese, “Malas Calles (Mean Streets)” (1973). “Malas Calles” estaba (y está) dotada de un espíritu único e inigualable, un aura transgresoras pocas veces vista, deudora de la cinematografía de Cassavetes combinada con la tradición neorrealista del país del que procedían los antepasados de Marty; por tanto no es de extrañar que se convirtiera en un auténtico film de culto y una referencia para muchos cineastas, algunos de los cuales intentarían igualar esta joya pero que a su pesar ninguno lo conseguiría. “Malas Calles” fue el gran retrato cinematográfico del nuevo Hollywood sobre la situación estadounidense en los barrios marginales (los de Little Italy en este caso) y como afectaba a una generación emergente de jóvenes disfuncionales, balas perdidas en el corazón de alguna ciudad sin apenas tener las ideas claras pese a soñar y creer en grandes proyectos de futuro. El filme de Marty ocupó ese puesto, desde mi punto de vista, al menos hasta diez años después de ser estrenada, cuando Francis Ford Coppola después de fracasar en taquilla con su retrato de una banda callejera titulado “Rebeldes (Outsiders)” (1983) a partir de una novela de Susan Hinton, y con el fin de solventar ese vacío (económico al menos) marcado por su anterior obra nos entregó otra obra, esta vez maestra, y del mismo modo que la anterior extraída de una novela de S.E. Hinton, titulada “La Ley De La Calle (Rumble Fish)” (1983).

Claro está que si nos ponemos a hablar de atmósferas y ambientes callejeros en el universo del séptimo arte no se nos pueden olvidar otras muestras de talento y virtuosismo cinematográfico como la celebérrima (además de patrimonio de la humanidad) “Los Olvidados” de Luis Buñuel; la visión acerca de violencia ejercida por un niño de ocho años en la brasileña “Pixote” de Hector Babenco; la clásica “West Side Story” de Robert Wise y Jerome Robbins o la inmortal “Rebelde Sin Causa” de Nicholas Ray (hay que fijarse sobre todo en estas dos últimas porque al igual que las que vamos a tratar son inolvidables largometrajes del cine americano que tuvieron una transgresión ineludible en Hollywood y en el mundo del cine en general) por poner algunos ejemplos. Pero en este ocasión pretendo hacer especial hincapié en la visión de este universo a través de la cámara de no sólo dos cineastas americanos, sino además dos de los más importantes cimientos de la denominada “generación que cambió Hollywood” a través sus dos grandes frescos sociales y películas que son “Malas Calles” y “La Ley De La Calle”.

Bien, ahora sí, pasemos a analizar estas dos muestras de crudeza cinematográfica:

Lo primera nota de paralelismo que podemos encontrar entre ambas, es que tanto la una como la otra se abren de una forma distinta pero limítrofe en genialidad: Por un lado tenemos esa frase inicial en “Off” (la cual da título al artículo que están leyendo) del film de Scorsese sobre la pantalla fundida en negro. Cuando ésta finaliza vemos a Charlie (Harvey Keitel) levantarse de su cama sobresaltado como si hubiera tenido un mal sueño. Seguidamente se observa en el espejo y vuelve a acostarse, y en ese instante Scorsese filma un plano fijo mediante cámara móvil de la cabeza de Charlie, tomado de perfil, cayendo contra la almohada y con una repetición del mismo plano (casual en su cine como cuando Travis en “Taxi Driver” dice eso de:- “Escuchar imbéciles de mierda…”). Mientras, comienza a sonar el inicio del tema “Be My Baby” (qué nostalgia puede llegar a traer esta canción… y no se por qué; amén de su hermoso sabor adolescente y descarnado de unas jovenes enamoradas, y lo emocionante de su tonadilla) de The Ronettes con sus golpes de caja del principio de la canción para dar paso a los títulos de crédito iniciales en los que Scorsese filma con un largo movimiento de cámara un viejo reproductor que está mostrando algunas grabaciones caseras de Charlie en su “hábitat” diario: con la familia, amigos, la gente del barrio, los días de festejo, etc. En cuanto se ve un fotograma de la iglesia pasamos al formato de la cinta y se nos introduce en el filme a partir de ese plano del campanario tomado desde lo alto, y una vez llegamos a ahí se nos presenta a los personajes con el nombre de cada uno en pantalla en sus situaciones más habituales. El último en presentarse es Charlie, a éste le vemos orando en la iglesia y exponiéndole a Dios que él quiere elegir su propio método de penitencia.

Por otro, el film de Coppola se inicia con menos parafernalia pero de una manera genuína. Aparece el título (“Rumble Fish”) en pantalla, y a partir de ahí no aparecerá ninguna información más sobre la película hasta que aparecezcan los créditos finales (como ya habría hecho en otras películas como “Apocalypse Now”, a diferencia de que en esta última no aparezca ni el título del film siquiera). Una vez desaparece el título vemos el plano (en blanco y negro) del cielo, seguidamente un cartel de señalización tachado por un “graffiti” que reza:- “El Chico de la Moto reina”. Después se ve la cristalera de la cafetería de Benny (Tom Waits) (todos los planos son tomados a cámara rápida y acompañados por un efecto sonoro, de la banda sonora compuesta por Stewart Copeland, tintineante que se intercala con amagos de redoble de tambor). De pronto todo sucede a tiempo real, nos encontramos en el interior del “Benny´s Billiards” y vemos entrar por la puerta al mensajero, Midjet (Laurence Fishburne) con su traje de hampón y dice:- “¡Hey Rusty James, Biff Wilcox te busca!” De pronto vemos a Rusty James (Matt Dillon) jugando al billar; tira y cuela una bola en el agujero. De pronto le responde:- “No me escondo”. El mensajero le advierte:- “Dice que te quiere matar.” Rusty James discrepa:- “Una cosa es decirlo y otra es hacerlo.” Derepente Smokey (Nicolas Cage) le ha ganado la partida (ya desde este momento Coppola nos deja intuir que el enemigo puede estar hasta dentro de nuestras propias filas, y que un tío tan confiado y, en el fondo, tierno como Rusty no debería fiarse ni de su propia sombra).

El film de Scorsese podría entenderse como un homenaje a su propio pasado en esas malas calles de las que habló Raymond Chandler (de ahí el título); y por otra parte el de Coppola un homenaje a su hermano mayor y la relación que mantuvo en el pasado con él. Pero no son esos los únicos aspectos y subtemas con los que nos encontramos en las citadas películas. Tal vez ese sea el punto de partida para albergar gran parte de la problemática de las relaciones entre los seres humanos que se pasean en los dos films.

En ambas películas nos encontramos con historias de redención (Charlie conversando con Dios y quemando sus dedos con cualquier llama para salvar su alma; y El Chico De La Moto (Mickey Rourke) intentando llevar los peces al río, esos peces luchadores encerrados en una pecera que solo desean llegar al océano y hallar la libertad); con el destino fatal (en la de Scorsese vemos como Charlie encuentra el mismo destino del bala perdida de Johnny Boy (Robert De Niro) y su prima Teresa (Amy Robinson) por protegerles y sacarles de la basura, a ellos, que solo podían traerle la perdición, e incluso por protegerse a sí mismo de sí mismo; y en la de Coppola necesario en El Chico De La Moto para la salvación de Rusty James. Probablemente el final de Coppola sea más esperanzador que el de Scorsese); las relaciones filiales (esa postura paternalista que muestra Charlie ante su amigo Johnny Boy, el cual siempre se está metiendo en líos, o la casi conyugal con Teresa, la prima de Johnny, una chica que sueña con escapar del barrio y padece epilepsia. Pero esa relación que mantiene con ambos puede afectar la relación con su tío Giovanni, un capo que podría proporcionarle un buen posicionamiento en el barrio si mantiene la compostura y se comporta como un buen chico (lo que él entiende por buen chico, vamos); o esa admiración que Rusty James siente por su hermano mayor El Chico De La Moto, el antiguo líder de una banda callejera, cuando (como el iluso de Rusty piensa) las bandas tenían sentido, pues en cambio ahora las drogas lo han acabado deteriorando todo, pero Rusty no es consciente de que las drogas ya estaban ahí por aquel entonces y no quiere creer que su hermano quisiese a esa profesora “yonkee” con la que estuvo saliendo (cosa que se nos desmiente cuando El Chico De La Moto bailando con ella en una verbena rememora los colocones que se agarraban antes de que éste emprendiese su viaje a California) porque sería reconocer que su hermano, su héroe, contribuyó en la decostrucción de los antiguos valores de las bandas. Por otra parte también en la relación con Patty (Diane Lane), la cual le quiere pese a sus limitaciones pero que le acaba dejando por su amigo Smockey debido a que éste le cuenta un pequeño indicio de infidelidad por parte de Rusty en la fiesta que dieron allanando una morada cercana al lago. O por último con el padre de ambos (Dennis Hopper), un alcohólico culto que dejó de vivir bien después de ser abandonado por su mujer, también la madre de Rusty y El Chico De La Moto).

Ambas películas nos muestran a personajes vagabundeando sin una meta en concreto, con cierta filosofía de la calle pavimentada en la experiencia y el día a día (en este caso me quedo con “La Ley De La Calle” y personajes como Benny (Tom Waits) con su memorable discurso, mientras limpia la barra, sobre el paso del tiempo:- “El tiempo es una cosa curiosa. Un asunto muy curioso. Cuando eres joven o eres un niño tienes tiempo, tiempo para todo. Luego pasas un par de años aquí, un par de años allá… Bah… No es importante ¿sabes? Y cuanto más viejo eres más te preguntas:- ¿Cuánto me queda? ¿Treintaicinco veranos? um… Piensa en ello. Treintaicinco veranos.” y el padre o el viejo (Dennis Hopper), con ese grandioso diálogo en el que Rusty le pregunta si su madre está loca o chiflada:- “Mira… Rusty James… de cuando en cuando te encuentras una persona con un concepto del mundo diferente del de los demás. Eso no le convierte en loco ¿sabes? Una… una percepción aguda no te… no te convierte en un loco… – ¿Puedes hablar claro?- Aunque sin embargo esa percepción te puede volver loco… – Me gustaría que hablaras normal. No, no… no entiendo ni la mitad de lo que dices… ¿No crees? – No… tu madre no está loca. Y tampoco contrariamente a la creencia popular lo está tu hermano, solo está fuera de su papel. Ha nacido en mal momento, en la mala orilla del río. Pchis… con la habilidad que tiene para hacer todo lo que le apetezca… no encuentra nada de lo que quiere hacer… nada – Vale. – Él ya no puede entenderme y tú seguro, seguro y cierto, esa es la diferencia… Tu nunca has perdido a tu madre, yo sí.”. En el de Scorsese sin embargos nos encontramos valores del hampa italiana en Estados Unidos que no son tan universales como los tipos cualquiera que nos encontramos en la película de Coppola), falsos héroes, verdugos, inocentes, buscapleitos, descarriados, inmaduros, de vuelta de todo, tipos duros, rebeldes, incoherentes… Todos ellos intentando llegar a algo sin saber el qué.

Tal vez podríamos entender el mensaje de “Malas Calles” sobre como de retorcidas pueden llegar a ponerse las cosas por diversos factores mientras un ser humano solo intenta que todo vaya bien. Pero al resto no le importa un carajo tu visión de las cosas, “homo homini lupus” (dixit: Thomas Hobbes) . Cada uno va por su lado, con sus propias preocupaciones, y lo que hoy fue un abrazo mañana puede convertirse en una puñalada (o disparo, más bien). Scorsese mediante ella trata de mostrarnos una situación que podría haber sucedido a cualquier chaval que creciese en Little Italy con un proyecto del todo personal que muestra en distintas facetas momentos autobiográficos, sobre un grupo de conocidos que se están abriendo al mundo, un mundo mezquino en el que lo importante es el “yo”, su integridad, su fama, su fidelidad, su reputación, su dignidad… y todo lo demás está en un segundísimo plano. No importa la relación que pudiste haber mantenido con alguien si ese alguien está dispuesto a dejar por los suelos a ese “yo” que he mencionado anteriormente. La escena final, de un expresionismo desbordante acompañado de la música tradicional italiana que está tocando una orquesta en la fiesta de San Genaro, muestra ese “irse todo al garete”. Mientras Charlie, Johnny y Teresa se encuentran conversando tranquilamente en el coche, aparece Michael (Richard Romanus) con su compadre en un coche y tirotean a éstos provocando un cruento accidente en el que el coche de Charlie choca contra una bomba de agua (provocando que salte una gran bocanada de agua) y una farola. Y en esa impactante escena vemos como los protagonistas están al borde de la muerte, Teresa empotrada contra la luna del coche, Charlie casi sin dedos en una mano saliendo del coche como buenamente puede y Johnny caminando por un callejón quejándose y sin saber qué hacer. Esas secuencias son intercaladas con otras en las que aparecen todos esos personajes por los que Charlie intentó mantener la compostura; éstos se encuentran tranquilamente, a salvo, a la misma hora de la noche mientras ellos se encuentran al borde de la muerte. De todas esa secuencias de conocidos, la última es de Michael y su compañero aparcados en algún lugar de la intemperie encendiéndose un puro; aparece una ambulancia y recoge a los tres afectados, la orquesta finaliza, vemos a personas bajando las persianas de su apartamento y el film finaliza mientras oímos de fondo los agradecimientos de la orquesta.

En “La Ley De La Calle” el mensaje más claro con el que nos encontramos es la búsqueda de la libertad, una libertad que no se puede hallar encerrado en el barrio. Ese símbolo lo vemos reflejado en los “peces luchadores” (“rumble fish”). Desde el inicio de la película nos adentramos en un mundo gris, en el punto de vista, en un mundo subjetivo que no es otro que la cabeza de El Chico De La Moto el cual padece daltonismo y cierta sordera, percibiendo todo lo que ve en blanco y negro a excepción de los intensos colores azules y rojos de los “peces luchadores”, unos seres encerrados en una pecera que intentan matarse unos a otros golpeándose contra el cristal y que lo único que ansían es la libertad que solo encontrarán de vuelta al río (Policía(William Smith):- “Alguien debería quitarte de en medio.” El Chico De La Moto:- “Alguien debería llevar los peces al río.”). El Chico De La Moto se lo da a entender a Rusty James intentando llevarlos al río, entrando en la pajarería (siendo consciente de que la gente le había visto durante el día merodeando en ese lugar) junto a él por la noche y soltando a todos los animales que hay en su interior a la calle del pueblecillo. Seguidamente pide a Rusty que coja la moto que acababan de robar y que siga el río hasta el océano; seguidamente El Chico De La Moto coge la pecera y en su misión de llevar los peces al río muere por el camino. Es disparado por el policía. Pero Rusty antes de realizar su cometido recoge a los peces del suelo y los suelta en el río, y cuando éstos hallan la libertad por fin dejan de luchar. De pronto dos policías agarran a Rusty, éste mira su reflejo en el cristal del coche policial y ya no es gris, ahora ese reflejo está dotado de un intenso colorido que los espectadores percibimos al instante, se ha convertido en un “pez luchador”, está anonadado, siente claustrofobia de su propia existencia y comienza a golpear su reflejo hasta romper el cristal (algo que ningún pez consiguió lograr). De pronto el policía que mató a su hermano pide que le suelten, que es solo chico que ha perdido a su hermano y está apenado. Un gentío se acerca al cadáver de El Chico De La Moto, pero a Rusty James todo lo que puedan decir ya no le importa lo más mínimo, solo tiene una cosa en la cabeza y es tirarse al río y llegar hasta el océano. Hemos entrado entonces en un clímax inefable, el punto álgido sin duda de la película, un “travelling” nos conduce a una escena en la que vemos que todos los ciudadanos y personajes están presenciando el acontecimiento: el líder ha muerto. La cámara filma a partir su cadáver dirigiéndose hacia la derecha, captando a todas las personas, una a una prácticamente. Cada uno opina, todos menos el padre que parece que estuviese ausente pegando un trago a su petaca y caminando sin rumbo. El último personaje que captamos antes de llegar debajo del puente es a Steve (Vincent Spano), el único amigo verdadero de Rusty James, el empollón del barrio, que está escribiendo en su bloc de notas:- (En Off)”No debieron matarle. No olvidaré jamás a El Chico De La Moto.” Llegamos debajo del puente y nos encontramos en la pared un graffiti que reza:- “El Chico De La Moto reina.” Y vemos la silueta de Rusty James subido en la moto marchándose del lugar. La pantalla se funde y de pronto vemos a Rusty James apeándose de la moto frente al océano.

Dos grandes películas de imprescindible visionado antes de hallar la muerte. Las dos son auténtico cine de autor, por así decirlo. “Malas Calles” llevó al éxito y a la credibilidad como realizador de Scorsese, tanto por parte de crítica como de público; y “La Ley De La Calle”, con su barroquismo heredado de Orson Welles, se lo devolvió a Coppola. Uno de los aspectos a tener en cuenta es que cuando Marty realizó “Malas Calles” tan solo había realizado dos largometrajes y algunos cortos, y sin embargo Coppola ya había realizado obras maestras del calibre de “El Padrino (I y II)”, “La Conversación” y “Apocalypse Now”. Por tanto llegamos a la conclusión de que por supuesto “La Ley De La Calle” está creada con una mayor profesionalidad, experiencia y madurez que “Malas Calles”, por lo que resulta obvio que en el film de Scorsese podamos encontrarnos con más errores que en el de Coppola.

Otro aspecto a tener en cuenta es que “Malas Calles” fue una película muy influyente para Franciss Ford Coppola en su concepción del cine (él recomendó a la laureada actriz Ellen Burstin que la viese con el fin de que llevase a cabo una película para el guión de “Alicia ya no vive Aquí”. De hecho al final, dada la fascinación que el film produjo en Burstin, ésta eligió a Martin Scorsese para que realizase “Alicia ya no vive Aquí”). Scorsese en cambio, sigue un estilo propio y libre que le caracteriza como a pocos. En “Malas Calles” es cierto que podemos encontrar claras influencias del “neorrealismo italiano” e incluso de la “nouvelle vague” aparte de Cassavetes (cosa que el propio Scorsese reconocía), pero sin duda Scorsese se apropia de esas influencias y las convierte en parte de su particular estilo. Como he dicho Scorsese acentúa mucho su estilo; vemos todo el partido que puede sacarle a una historia a través de una película realizada con un presupuesto ínfimo mediante su virtuosismo y su frenético uso de la cámara como un pintor barroco con su brocha. Todo un artista de la técnica cinematográfica. De todas formas pese a que Coppola encontrase a un gran cineasta en Scorsese, “La Ley de la Calle” no está influida por el cine de éste. La película de Coppola nos muestra y evidencia claras influencias de dos grandes genios y artesanos del cine como son Nicholas Ray y Orson Welles. Esa inigualable escena de la pelea contra Biff Wilcox y las palomas sobrevolando sobre los personajes mientras éstos se dirigen a zurrarse, o esos encuadres, hermosos cuanto menos, con la expresionista fotografía de Stephen H. Burum y con un efecto lumínico sobre el sucio blanco y negro impresionante, caray. A pesar de que las mencionadas influencias queden bien claras, Coppola (del mismo modo que Scorsese) se apropia de ellas y las convierte en cualidad propia de todo un maestro de la historia del cine (le pese a quien le pese).
Otro rasgo que tienen en común, con la diferencia de que Coppola al realizar su filme tenía bastante más experiencia que Scorsese al realizar el suyo, es que trabajaron con actores “amateurs” (que asquerosamente sofisticaddo me pongo a veces), pero actores “amateurs” que pasarían a convertirse entre los mejores de Hollywood. Los dos grandes protagonistas de “Malas Calles” no tienen presentación, nada menos que Harvey Keitel y Robert DeNiro. Con Harvey, Marty ya había trabajado en su ópera prima en largo: “Who’s that knocking at my Door?”. En cambio a DeNiro apenas le conocía. Marty buscaba a un actor que supiese caracterizar a Johnny Boy como nadie, entonces su gran y buen amigo Brian De Palma le presentó a Bobby DeNiro, otro chico de Nueva York de descendencia italoamericana que resultó ser el Johnny Boy perfecto. Después de ésto es sabido por todos que Bobby se convertiría en su actor fetiche aparte de uno de sus mejores amigos y que encarnaría además a los ya emblemáticos símbolos del séptimo arte como Travis Byckle, Jacke LaMotta o Jimmy Conway en grandes obras maestras realizadas junto a Scorsese. El triángulo artístico formado entre Marty, Bobby y Harvey les consolidó como grandes artistas y genios de la improvisación. Y de ahí a donde están ahora, fruto del trabajo, la constancia, camaradería y profesionalidad artística.

Por su parte Coppola no fue menos y descubrió a otros grandes intérpretes (por supuesto mucho más jóvenes, pero con el mismo espíritu que los de Scorsese cuando tenían su edad), actores destilaban una presencia enorme en pantalla, como fue el caso de Matt Dillon (lástima que su último trabajo sea “Hervie: A Tope”*), el del rostro pétreo de Mickey Rourke (que más le valdría haber seguido por el buen camino), el archiconocido Nicolas Cage (además es pariente de Coppola), Chris Penn* (en un pequeño papel), Vincent Spano o Diane Lane (a mi parecer una actriz muy limitada que desde esta película me parece que se ha dedicado a hacer el mismo papel constantemente, pero está muy joven y guapa, y no por joven, no cometan juicios temerarios con respecto a mis opiniones de mierda). Todos, sangre nueva, practicamente desconocidos por la industria de Hollywood a excepción del veterano de la cinta que tampoco tiene presentación, el inigualable Dennis Hopper en uno de esos grandes papeles que tan bien borda con su impresionante interpretación, el cual ya había trabajado con Coppola haciendo del inolvidable fotógrafo y reportero de “Apocalypse Now”.

Para finalizar con el análisis, y ya que apenas he tocado el tema de las bandas sonoras (algo esencial en ambas películas), una diferencia notable con la que nos encontramos entre ambas es que mientras Scorsese se decanta por hacer una selección de temas pop para acompañar al filme, desde The Ronettes a The Rolling Stones, Coppola utiliza un hilo musical compuesto por Stewart Copeland junto a Stan Ridgway a partir de su tema “Don´t Box Me In”.

Dos obras poéticas, rotundas, enormes, inigualables… imprescindibles en cualquier caso.

Gracias, Sr. Horror, por dejarme iluminar este bochornoso lugar con su noble presencia. Yo de usted echaría un vistazo a los comentarios recibidos por el posteo original. Que tiende a olvidar con demasiada frecuencia lo grande que sos vos, ¡¡coño!!…

Me evaporo por un par de días. Cuídense…

Cuando algo es perfecto lo mejor es dejarlo tal cual. Gus Van Sant, lo sabe. Yo, también.

Una de las mejores películas del pasado año fue “Rocky Balboa”. Pero la crítica española no lo vio así. Fue recibida con tibieza cuando no con una condescendencia que hizo más daño a la película que si hubiese sido hecho trizas.

Y en el fondo el problema reside en el desconocimiento. A la mayoría de los que juzgaron la película, ésta, les importaba un pimiento. Miraron la pantalla pero no vieron nada. Prueba de ello es que no haya leído a nadie hacer referencia a uno de los múltiples y más bellos guiños que ofrece la película de Sylvester Stallone: El personaje de Marie.

Pocos, salvo los fans de la película original, han caido en la cuenta de que el amor otoñal de Rocky, esa pelirroja madre de un hijo mulato cuyo padre desapareció cuando la responsabilidad atenazó su cuello, es la misma niña bocazas que en el original se despide de Rocky de este entrañable modo:

Es sólo una muestra del desinterés conque fue acogida “Rocky Balboa”.

Y fue Mycroft, quien mejor supo interpretar lo que Stallone quiso contar y nadie quiso escuchar.

Lean, por favor…

Hay películas que hay que ver en pantalla grande.
“Gonna Fly now” hay que oírla atronadora. Ha de ser una apisonadora de sonido que corone el momentó álgido de la película.
No es Toro Salvaje o Fat City. O The Harder They Fall.
Sin embargo, Rocky parace optar antes por la melancolía de un tiempo que ya pasó, que ya fue, que no volverá. En la propia película se habla de “dinasaurio”. Y no sabemos si ese desprecio por un ser del pasado anclado en el presente se refiere a Rocky o a Stallone, o probablemente tanto al púgil como al actor.
He de decir que me ha parecido espléndida. Se nota que como director tiene más oficio, más sabiduría, intenta no forzar una situación de por sí forzada (un tipo de 60 contra uno de 20 años) y lo introduce poco a poco para que sea más verosímil, administra la épica con cuentagotas y juega la baza autoparódica con igual matemática precisión.
Stallone-Rocky se da una vuelta por el barrio y no lo reconoce. Tampoco reconoce el Hollywood que conoció, y en el que en mi humilde opinión, se perdió en un bosque de supermegaproducciones. El viejo boxeador que se quiere sentir vivo de nuevo, que aún tiene mucho que dar, es una imagen simétrica en el espejo del viejo actor que siente que su época de estrella de acción pasó, y que mira receloso su legado intuyendo que ha ganado más dinero que prestigio.
Como un púgil, Stallone demuestra un juego de piernas sorprendente. Sabe que es su último asalto, su último gancho. Es ya (quizás) un poco tarde, pero no deja que la nostalgia invada la película (al menos no del todo). Es la última vez que se sube al ring como Rocky, y se propone llevarnos con él en un viaje personal. El combate está rodado de un modo soberbio, combinando una factura de realización televisiva, de combate retransmitido, con momentos con un blanco y negro totalmente “a lo Scorsese”, con realismo, crudeza y oficio. Anteriormente al combate ya ha habido planos que me han llamado la atención, y que demuestran que más sabe el diablo por viejo…
Quiere gritar que su corazón aún es joven.
El verdadero combate es contra el Tiempo.

Hay más, si alquien está realmente interesado podrá encontralo aquí:

ROCKY BALBOA

Stallone cerró la irregular saga del sonado de Philadelphia despachando las escenas de boxeo (tal y como ocurriera en la primera parte) en apenas media hora. Su objetivo fue otro. No es casual que la primera escena de la película transcurra frente a la tumba de Adrien. Como tampoco es casual que el último y definitivo plano de Rocky Balboa en una pantalla grande fuese éste (mi wallpaper desde hace semanas, por cierto). Si bien los festivos créditos finales están dedicados a todos aquellos que sí vieron la película más allá de hipérboles, elipsis y demás gilipolleces (que diría José Luis Guarner, a sus pies, maestro, esté dónde esté) que sólo sirven para construir puentes sobre charcos.

Porque, cierto, Sita Ice, todos somos Rocky…