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Myself: Si unes en una misma frase el nombre de un actor español y la palabra Oscar, ¿qué obtienes?

Acompañante 1: ¿Un taquillazo?

Myself: Sí, eso también. Aunque pensaba en la cantidad de gente que verá por primera vez en su vida una película de los Coen.

¿Crisis? ¿Qué crisis? Basta con colocar la silueta del eunuco dorado junto a un nombre familiar para todo vuelva a funcionar. Hacía años que no me encontraba semejante cola a las doce y media de la madrugada. Cuando ruge la marabunta lo mejor es pedir una butaca lateral. Me tocó pared, como el día en que vi “300”. No puedo ni debo quejarme.

La película bien. Mejor que bien. Una especie de vuelta de tuerca a “Fargo” en el que el azar y los principios sobreviven a la razón. El dinero es el objetivo único de los protagonistas de la nueva película de los hermanos Coen. Unos lo desean, otros quieren recuperarlo y el que lo tiene desearía estar en cualquier otro pellejo. El dinero funciona como maquinaria ejecutora del azar. Todos los que lo tocan o se acercan demasiado acaban cayendo como fichas de domino. Todos menos uno, el viejo policía interpretado por Tommy Lee Jones, quien se limita a observar las insensateces que otros cometen en nombre del dios dorado.

La nueva historia de los Coen cuenta cómo cambió la vida de Llewelyn (Josh Brolin) el día que se topó accidentalmente con los restos de una reyerta entre traficantes de droga. Un maletín con dos millones de dólares y su conciencia le meterán en un lío del que ya no sabrá salir cuando un gélido asesino en serie llamado Anton (Javier Bardem) sea contratado para encontrar el dinero y ajustar cuentas. Docenas de vidas se perderán por el camino mientras el maletín descansa en un conducto de aire acondicionado o bajo las tablas de una casa prefabricada, vidas que no valen más que lo que marca una moneda al hacer girar la matemática del azar.

Los Coen rememoran su estancia en Fargo cambiando la nieve por el polvo del desierto y a la sheriff de pueblo por el desencanto de un policía que comanda novatos que ignoran que hay que empuñar una pistola al registrar una casa sospechosa. El escepticismo del casi jubilado funciona como guía narrativa: su modo de contar historias, su mirada apagada, su manera de encajar los golpes que le deparan sus últimos días de uniforme. Los hermanos adoptan su mirada para analizar sin alzar la voz las estupideces cometidas por los demás. Dotan al relato de compasión que no de piedad. Nadie escapa de su cinismo. Ni siquiera los inocentes como Carla Jean (Kelly Macdonald), esposa de Llewelyn, cordero conducido al cadalso por el egoísmo de su esposo o Carson (Woody Harrelson), un pieza más a ser derribada. Construyen un relato en torno al miedo a lo desconocido, a lo que esperar tras una esquina, al otro… El miedo y el cinismo impregnan la narrativa de unos Coen a los que el tiempo ha convertido en descreídos para los que la ética de Anton resulta más valiosa que un itinerante maletín repleto de dinero.

No olvido la inteligencia de los hermanos: ese inesperado fundido justo antes de que a Llewelyn le ocurra “algo”, la aplicación de la lógica para desarrollar una escena, el modo en que obvian lo evidente para que sea el espectador el que ajuste las piezas. Es imposible olvidar nada de lo que regala esta maravilla de celuloide en el que la maquinaria funciona a la perfección. Tal vez sea demasiado perfecta.

Cuando acabó la proyección y la marabunta salió en estampida, salí al pasillo justo al aparecer los últimos créditos en pantalla. Para entonces restaban tres personas en la sala. Ya habían cesado los silbidos que reclamaban un final más masticado y digerido. Encaré la puerta de salida, y en ese momento, como dice el viejo policía Tom Bell, desperté gracias al aire con pedacitos de hielo. Qué buenos son los Coen especialmente cuando inducen pesadillas que no sueños.

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Los creadores de “Monstruoso” tuvieron claro desde un principio la estrategia a seguir: un producto “barato” cubierto con actores poco conocidos, un público poco exigente y deseoso de experimentar en primera persona, y una campaña publicitaria que siguiera los pasos de “El Proyecto de la Bruja de Blair”, película ésta de que también toman su filosofía. El resultado ha sido todo lo satisfactorio que preveían sus creadores. Por lo tanto, ya se rumorea que habrá segunda entrega.

El complejo arte del cine palomitero siempre ha sido mal considerado y peor tratado por la crítica. En muchas ocasiones con razón, en otras muchas no. “Monstruoso” pertenece al primer grupo, al grupo de películas descerebradas que pretenden transmitir sensaciones de bajo vientre al público mayoritario hoy día, osease: adolescente. Para conseguirlo, nada mejor que proporcionarles el producto tal y como lo consumen a diario en sus ordenadores: en primera persona.

Muchos consideran a Johnny Knoxville y sus compadres de “Jackass” como los precursores de Youtube. En realidad, las filmaciones en vídeo de tíos haciendo el ridículo han existido desde que la primera videocamara fue puesta a la venta. Los productores de “Monstruoso” decidieron seguir las reglas elementales que exige el género: primero tratan de dotar (con pobre éxito) de entidad dramática al material; después, disparan la adrenalítica acción sin preocuparse de hacerla creíble; finalmente, la resuelven de modo previsible previo paso por lo explícito. Para entonces llega el turno de aplicar la ley de mercado imperante, darle mascada la comida al consumidor en forma de primeros planos finales del monstruo que generarían vergüenza ajena en el amante del género de no ser porque J.J. Abrams y compañía se han encargado de hacerla desaparecer con antelación gracias a multitud de situaciones previsibles y a la carencia de emoción provocada por la abundancia de cañonazos y de edificios derrumbados sin mayor tejido que el que lo proporcionar sus innumerables efectos especiales. Por salir salen hasta zombies, algo que sería de agradecer de tomarse menos en serio una trama que pesa demasiado para tan poco bagaje.

Se podría pensar que la acción de “Monstruoso” tarda demasiado tiempo en eclosionar, castigando al espectador con una historia dramática sin alma protagonizada por personajes alienados. Según mi punto de vista es una ventaja, son quince minutos de tópicos que nos ahorramos. Mientras, Nueva York (siempre tiene que ser Nueva York) se destruye sin que nadie parezca saber el porqué, y no citaré la clásica cita que hace referencia a un día 11 porque Nueva York lleva décadas siendo destruida sin motivo. Desprovistos de coherencia, los personajes corren de una lado para otro entre escombros y cabezas gigantes de estatuas, circunstancia que los productores aprovechan para aceptar los retos propuestos con anterioridad: que en una película se derribó el Empire State Building, pues yo haré rodar la cabeza de la Miss Liberty. De paso, la situación servirá para realizar un espectacular cartel que lleve a más incautos al cine. Más pirotecnia, más sensaciones forzadas, más sabor a déjà vu.

Sólo espero que los cineastas con pocos medios no se emocionen; es barata, sí, lo es para baremos de grandes estudios: ha costado 25 millones de dólares. El futuro es hoy: “bajo costo” y alto rendimiento. El capitalismo salvaje aplicado al cine. Adam Smith debe estar sonriendo en alguna parte.

El problema de rodar una novela basada en una vida real se encuentra cuando lo llevas a tu terreno olvidado que posee entidad propia. Error común en la obra como director de Sean Penn, para quien su mesianismo y convicciones políticas son más importantes que la historia que cuenta.

Prefiero olvidar la imagen de Penn a bordo de un bote (y frente a una cámara, por supuesto) durante las inundaciones de Nueva Orleans. No me importa que haya visitado Venezuela, Irán, Irak y cualquier país calificado Bush y sus compadres como eje del mal. Tampoco me importa el motivo que llevó a su esposa, Robin Wright, a solicitar el divorcio. La persona y el artista siguen caminos paralelos. Pero Penn parece no entender ese concepto.

“Hacía Rutas Salvajes” parte de la novela de John Krakauer en la que se narran los dos años en los que Chris McCandless (Emile Hirsch) trató de encontrarse a sí mismo a través de una serie de viajes realizados sin dinero en los bolsillos y sin destino marcado. Su peripecia acabará en Alaska, última frontera en la que supone hallará las respuestas que precisa. Por el camino (siempre el camino) conocerá a una serie de personajes que marcarán su carácter pero no variarán su objetivo. Entre ellos: un militar jubilado que regenta un pequeño negocio de cuero, un agricultor con problemas con la justicia y una de pareja de hippies que le darán cobijo durante su “huida”. Finalmente hallará las respuestas buscadas a cambio de elevado precio.

Pero Penn no comprende al personaje ni sus motivaciones en ningún momento sino que trata de asumirle a través de su propia visión. De tal modo que McCandless termina por hacerse irritante, deseando el espectador tener un rifle a mano la enésima vez que el director abusa del traveling y de los planos aéreos mientras Chris eleva sus brazos para simbolizar su libertad plena como si de un anuncio de perfume se tratase. Es difícil obviar las absurdas miraditas a la cámara, los diálogos pretenciosos, la técnica de rodaje setentera y lo agotador de su metraje. Penn entiende al personaje a su manera y así lo hace llegar al espectador. Ni a nuestros ojos termina siendo el tipo especial que se presiente era, ni llegamos a comprender los motivos por los que odia a sus padres más allá de un inútil plano de disputa familiar. Tampoco comprenderemos las razones que le impulsan a realizar tan temerario viaje, y lo peor es que a Penn parece darle igual. El director parece contento con demostrar su ingenio en momentos puntuales, amparado siempre (oh, curiosa paradoja) por la infografía.

Durante casi dos horas y media interminables, Sean Penn trata de reflejar su visión del mundo y de esa América interior de la que nunca tenemos noticia. Bajo su prisma todo el mundo es bueno y cualquier problema tiene solución. Aparece el perogrullo y las sentencias sin filo, todo el mundo es bueno para él. La sociedad tiene problemas pero no el individuo, sentencia roussoniana que no por gastada encontrará peor asiento que el que ahora se le brinda. Allá por dónde se mueva, nunca le faltará un plato de comida a nuestro protagonista, la gente será cortés, incluso paseará por barrios peligrosos sintiéndose más integrado que el los barrios altos. Por contra, McCandlees asume las normas: si un policía le da una paliza y le reprende por ir de polizón en un vagón de tren, no volverá a montar en tren. Si una adolescente deseosa de experimentar el amor se le entrega literalmente, él considerará que a los dieciséis años de ella es demasiado pronto para que el sexo se implante en su vida. Prometo que hubo ocasiones en las que en las que recordé a Stewie Griffin en Woodstock gritándole a la multitud: “¡Seguid las normas!”.

Docenas de secuencias a cámara lenta más tarde, un par de planos más del protagonista elevando sus brazos a la inmensidad y algunos ridículos momentos bifucardos en pantalla, la cinta de Penn llega a su fin. Lo esteticista, lo gratuito, se impone. Pero ése final llega precedido por unos diez minutos modélicos en los que el poder del material supera las pretensiones del director. Sólo por esos diez minutos, por un contenido William Hurt (que da lecciones al resto del elenco) y algunos momentos narrados Jena Malone (su hermana), que consiguen transmitir parte de la angustia vivida en el entorno familiar, merecería la pena ver la película. Si además lees a Thoreau y a Tolstoi y tienes menos de veinte años, seguro que este juguete roto te gustará. Los idealistas son bienvenidos, si además están preparados para asentir a todo lo que vean, mucho mejor.

Al terminar la primera guerra del golfo se produjo una violación masiva en un salón de actos de Las Vegas. Los acusados eran todos oficiales del ejercito, las víctimas prostitutas. Pero entre éstas últimas también había algunas oficiales femeninas. Fueron ellas las que denunciaron. Antes de la vista, un congresista le reprochó a un general el comportamiento de sus hombres. Éste respondió: “Vienen del frente ¿Qué esperaba que hicieran, jugar al ajedrez?”. Las condenas fueron mínimas y no afectaron a todos los implicados. La justicia militar sigue sus propias reglas.

A Paul Haggis le gustan las barbacoas con amigos, los domingos por la mañana y escribir. Sobre todo, escribir. Pocos discuten su talento como guionista. Lleva 30 años ganándose la vida ejerciendo como tal. Antes de que Clint Eastwood llamara a su puerta ya se había pateado varias productoras con el guión de “Crash” bajo el brazo.

Yo vi “Crash” un viernes por la noche. La estrenaron tímidamente y fueron pocos quienes corrieron a verla. No me gustó. Sigue sin gustarme, de hecho. Después le dieron el Oscar y todo el mundo olvidó que había firmado el guión de “Million Dollar Baby”. Se dijeron barbaridades sobre él… Fue entonces cuando empezó a caerme bien.

Dijo Johnathan Swift que el mejor modo reconocer a un genio era cuando todos los necios se conjurasen contra él. Pero Haggis no es un genio y “En el Valle de Elah” es prueba de ello.

Mucho mejor que en “Crash”, la nueva película de Paul Haggis demuestra que su madera de arquitecto no se corresponde con la de pintor. Si su primera película estaba repleta de gruesas pinceladas gratuitas, “En el Valle de Elah” depura aquellos errores en favor de la sutileza. Haggis observa y permite que sean sus personajes los que comentan errores y completen su viaje.

La evolución ideológica del sargento retirado Hank Deerfield (Tommy Lee Jones) funciona como epicentro de la trama. La misteriosa desaparición de su hijo Mike le movilizará de nuevo. Su viaje se inicia contaminado por el miedo: miedo a encontrar a su hijo muerto (tras perder con anterioridad a otro), miedo por cambiar las convicciones que han guiado su vida, miedo a reconocer la autentica naturaleza de su hijo, miedo de un país (una sociedad) a reconocer sus errores. Hank reza antes de comer, cita párrafos bíblicos a niños, enarbola correctamente banderas del revés. Es un hombre sólido con una sólida vida. Todo lo contrario que la detective Sanders (Charlize Theron) propietaria de una de vida desastrosa de madre soltera, con compañeros de trabajo adosados que se burlan de ella. Será su aliada en la búsqueda y en la resolución del caso de su hijo frente a la sinrazón militar. Juntos formarán una extraña alianza que polucionará al viejo soldado con el estigma del desheredado que ella representa.

El tercer vértice de la historia es Joan (Susan Sarandon), esposa de Hank. Él contacta con ella a través del teléfono para comunicarle sus avances y frustraciones. Por un auricular le comunicará la muerte de su hijo. A través de él, Hank escuchará los lamentos de una madre herida.

Y Haggis observa. Muestra el reencuentro del matrimonio a media luz y en la distancia. El director no oculta el pudor que no podrá esconder cuando las imágenes de Irak llegen a Hank desde el móvil de su hijo. Cada vídeo marca un paso dado hacía su concienciación final. Hank conocerá aspectos desconocidos de Mike. No los comprenderá primero para asimilarlos después. El doloroso trayecto finalizará sin ira cuando el sargento jubilado comprenda que perdió a su hijo mucho antes de que regresara del infierno. La resolución del caso es accesoria, como lo es el puzzle iraquí, la última pieza encajará después de que Hank recuerde la última vez que habló con su hijo, aquella ocasión en la que un Mike lloroso le pidió que le sacará de allí.

Lo social es más fuerte que Haggis, como lo es su tendencia al paternalismo. Se le va la mano en ocasiones, pero esta vez maneja un pincel, no una brocha. Presenta una América gris, anestesiada por una guerra cada vez menos presente en la mente del ciudadano medio. Ahora la guerra es cosa de los chicos de pueblo, de los negros y los hispanos que se alistaron porque no tenían otra salida. El error es de ellos no del sistema.

Pero la bandera del revés también simboliza que algo no va bien. Una vez en casa, Hank tomará la vieja y raída bandera de su hijo para izarla invertida en un mástil. Su viaje a concluido. Ahora es el turno de que el pueblo americano no repita los errores del pasado. Es tiempo de enterrar ocho años funestos, toda una década perdida. Haggis ya ha hecho su aportación. Lástima que no sea (siendo una excelente película) la obra maestra que algunos proclaman.

Es el remordimiento el dolor sin fin. No hay consuelo para aquellos que guardan algún secreto inconfesable. La brillante novela de Ian McEwan insiste en ello. Lo bifurca, lo parte, lo divide, pero sigue allí. Su novela es tan compleja que muchos la consideraban inadaptable. Y así fue hasta que el guionista Christopher Hampton (“Las Amistades Peligrosas”) consiguió moldear la prosa del escritor en un guión brillante que Joe Wright (director de “Orgullo y Prejuicio”) interpretó en imágenes.

El estancado inicio, tan lento, tiene su razón de ser (todo lo tiene en la cinta de Wright). Las tardes en la casa campestre de una familia bien británica transcurren tediosamente. Nada parece alterar la vida de sus afortunados moradores. Ello estimula la imaginación de Briony (Saoirse Ronan), niña que interpreta el tedio como amenazante sombra. Los acercamientos entre su hermana Cecilia (Keira Knightley) y Robbie (James McAvoy) son convertidos por su visión en viles. Wright divide la película entonces, dándole mayor complejidad a la alambicada narración de McEwan. Por un lado está Briony y su malévola interpretación. Por otro los amantes mudos, que viven su naciente pasión de modo cuasi cómico. Todo para ellos es divertido. Todo para la niña (secretamente enamorada de Robbie) es sórdido.

El detonante del drama llegará en forma de nota erróneamente enviada. La palabra coño, que se desliza juguetónamente por los labios de Robbie, se tornará en diabólica a ojos de una cría. Lo de menos es la crítica social que Wright desliza sutilmente (“cuando estalle la guerra cada soldado llevara una de éstas -chocolatinas- en su petate”), la obsesión treintiañera por la adolescencia del aprendiz de jerifalte o la tendencia por acusar al que no puede defenderse.

Después Wright echará mano de continuos flashbacks para desarrollar la historia. Robbie encuentra una inútil redención gracias a la guerra; Cecilia, enamorada de él, le seguirá a su manera, como enfermera. Su fugaz encuentro en los días previos a su marcha a Francia es emotivo en su contención. Ella posa su mano sobre la de él… él la aparta (todo lo contrario que ocurrió en su primer encuentro sexual, montado de manera apasionada, en la que las manos buscan y encuentran). Robbie no se considera digno de ella tras pasar por la cárcel. Briony (Romola Garai), por su parte, ya convertida en mujer, revivirá su cruz a cada instante. Tratará de enmendar su error ya sea sirviendo como enfermera o imaginando el perdón de su hermana mediante cartas nunca enviadas.

“Expiación” (el subtítulo es innecesario) guarda momentos memorables que nacieron con la intención de perdurar. Perfecto ejemplo sería la caótica escena de la playa de Dunkerque, en la que los caballos son ejecutados mientras soldados medio locos hacen gimnasia en aparatos abandonados y otros funden sus voces con la música original de la película, creando un efecto emotivo sobrecogedor. Mientras, la noria cargada de soldados continua girando como en un día de feria.

Wright lo hace por segunda vez, firma su segunda gran película. Dos de dos. Su extrema juventud le ha dotado del descaro necesario para enfrentarse a materiales graves. Mucho mejor si además cuenta con aliados a la causa. La última e impresionante escena demuestra su ausencia de pudor. Quiebra la narración lineal, una vez más, para dar un salto hacia delante en el que una brillante Vanessa Redgrave retoma el papel de Briony ya anciana. Sus palabras son dolorosas, tanto como su pecado. Exhibe públicamente su pena sin buscar alivio, pues esa posibilidad se evaporó hace mucho tiempo. Sólo busca expiar su falta. Y los ojos de Briony siempre brillantes y nerviosos.

No es nada fácil conseguir que el dolor empape los huesos del espectador. “Expiación” lo consigue. Haya estúpidos premios de por medio o no.

Imaginen una piscina repleta de tiburones y a Wes Anderson lanzándose sobre ella desde un trampolín. Tendrán un retrato bastante exacto de lo que es y ha supuesto “Viaje a Darjeeling”.

El proyecto más arriesgado hasta la fecha de Anderson es esta búsqueda materna, a través de la India, de tres hermanos que llevan un año sin verse. “Para mí sois lo más importante” dice uno de ellos. Para el director lo son más sus protagonistas que sus personajes. Como suele ocurrir, Anderson se rodea de muchos de los que le han acompañado en su aventura cinematográfica: Owen Wilson, Bill Murray, Jason Schwartzman, Anjelica Huston… Es de suponer que necesitaba sentirse arropado para dar este salto mortal hacia ninguna parte.

La película lo tiene todo para gustar y aún guarda más para odiar, pues no cuenta nada, dando la impresión de que el Anderson está tan perdido como sus personajes. Primero les retrata de modo ridículo, como el extranjero que pisa el país en busca de una renovación espiritual: soplan plumas de pavo real, visten tocados inadecuados, lucen trajes y zapatos de 3.000 dólares, hacen turismo en lugares masificados… Anderson hace realidad aquella frase que lanzó el personaje indio que habla con Hugh Grant en la cubierta del barco de “Lunas de Hiel”: “Me divierte ver a los occidentales viajar a la India en busca de paz espiritual. Los indios hacen el trayecto contrario buscando lo mismo”.

Poco a poco crecerán. Anderson les hará crecer manteniendo en cada uno de ellos sus manías y fobias. Jack (Jason Schwartzman) es un mujeriego incapaz de contener sus instintos. Un enamoradizo que se entrega más al amor (o al ideal del amor) que a las mujeres. Peter (Adrien Brody), incapaz de superar la muerte de su padre, ha terminado por adquirir sus costumbres y su indumentaria básica. Poco importa que haya abandonado a su mujer a punto de dar a luz, piensa que en la búsqueda de su madre encontrará la paz que le falta. El tercero de los hermanos es Francis, organizador del viaje y suicida en potencia (curioso que sea Owen Wilson el interprete). Su físico, maltrecho, es una yuxtaposición de un interior hecho trizas. Él es el que más arriesga en la aventura. Él es Wes Anderson. Juntos emprenderán un viaje a través de un país generoso con todo aquel que comprende que las maletas de poco le sirven al verdadero viajero.

Pero nada funciona. La peripecia en tren es prescindible. Pasan cosas, sí, pero a pocos les importa lo que sucede. El macguffin de la busqueda materna se alarga innecesariamente, dando la sensación de que tal vez convertir la aventura de los tres hermanos en un corto o mediometraje habría sido una idea más feliz. Anderson repité tics una y otra vez hasta hacerse cansino el devenir de su metraje. Todo da la impresión de haber sido orquestado para encajar determinadas escenas en determinados lugares. Más languidez, más cámara lenta, más demostraciones de “talento” del director. Al final la película desembocará en una escena que les unirá a todos, simbólica y rica, pero que no justifica la hora y media anterior. Hay más vida en el corto previo que en todo el viaje a Darjeeling. Hay más insinuación y más sugerencia por mucho que irrite el hermetismo multiplicado de su creador. Basta ese “te puedo asegurar que nunca seremos amigos”, que un amante le susurra otro, para dar entidad a los diez minutos que preceden a la historia principal.

Algún día Wes Anderson se dará cuenta de que su cine debe evolucionar, de que no se puede vivir siempre de la gloria pasada. “Viaje a Darjeeling” no aporta nada a su obra. Todo lo contrario más bien, en su afectado amaneramiento se pueden identificar todas las trampas que le han llevado a lo más alto o a lo más bajo, en función de si se ama a su cine o se le odia. Su cuidada banda sonora encaja perfectamente en su desparramada narración del mismo modo que sobran las reiteraciones de su especial estilo. Su última película lo tiene todo para gustar menos alma. O al menos, su alma está viciada. Si no hay nada que contar, más allá de la pasión que despierta un país, lo mejor que se puede hacer es turismo, no cine. Sin embargo, no creo que los que amamos el cine de Anderson debamos ceder en nuestra fe. Cada minuto de cinta esconde una clave que nos transporta a otro. Cada instante contiene olores, sabores y colores con los que solo podría soñar cualquier otra película. Puede que “Viaje a Darjeeling” sea una película fallida. De hecho, es posible que se trate de la película de Wes Anderson. Pero lo que es seguro es que no es una mala película. Mucho me temo que los tiburones que estaban deseando hincarle el diente a su hacedor tendrán que esperar.

Se habla constantemente de la caída en calidad de la producción dirigida por Ridley Scott. Es posible que “Gladiator” haya sido dignificada por el tiempo, si bien para el cinéfilo nunca significó gran cosa. “Hannibal” está bien. Sorprendentemente bien, teniendo en cuenta su manía por hacer que sus películas recorran caminos ya transitados. “El Reino de los Cielos” es vomitiva, como lo es “Black Hawk Down”, deudora de la parafernalia y el ruido que tanto atrae al hermano tonto del director inglés. Si dividiésemos su obra en tres partes, con dos podríamos construir una hermosa pajarita con evadirnos de la angustiosa realidad. Y así a ocurrido una vez más con su última película…

“American Gangster” resulta atropellada en ritmo, ruin en sus formas y obsoleta en su estructura. Cae en el viejo vicio de recurrir a la dualidad moral de los protagonistas para darle empaque a su conjunto. De tal modo, asistiremos a la embarullada ascensión de Frank Lucas en el olimpo de los gangsters americanos sin apenas saber de quién se trata. De hecho, poco sabremos de Lucas a lo largo de su metraje más allá de lo que la ajustada interpretación de Denzel Washington deje caer. Para darle réplica, Scott busca el reflejo de otra estrella, Russell Crowe, con lo que él considera cubiertas las necesidades de la película en ese aspecto. El resto es mera fachada. Mil imágenes bien dispuestas y mil veces vistas, que extienden el olor a rancio por todo el metraje. La falsedad, tan del gusto del director inglés, se extiende gradualmente hasta contaminar por completo una cinta que convertiría el “Zodiac” de Fincher en una obra capital.

En ningún momento Scott oculta la fascinación que le genera Lucas. A pesar de filmarle volando la cabeza de un par de tipos, el director le representa como un hombre de negocios honesto en su fondo que da color a su carrera en base a un producto superior al de la competencia. Su droga es más pura y sus precios más bajos. Un empresario americano. El policía no escapa del estereotipo. Es honrado, por supuesto, el tipo que devolvió un millón de dólares, pero al tiempo engaña a su mujer con cualquier falda que se pone a tiro. Un padre pésimo, con vida caótica, que se mueve a sus anchas en un universo de polis corruptos. Alguien que ha convertido su profesión en tabla de salvación. Material suficientemente grave para que el director despliegue su habitual batería de recursos: Mucho ritmo, mucho empaque y un carcasa tan hueca como cabría esperar. Nada cuenta, tras sus interminables 160 minutos de narración. Ocurren cosas pero es como si nada hubiera pasado. Muchas explosiones que dejan tufillo a pólvora sin restos de asombro en el espectador.

Sigo pensando en si el tipo que dirigió “Alien”, “Blade Runner” o “Los Duelistas” es el mismo que firma todas estas poses. Le sigo buscando. Aunque sospecho que ya no le voy a encontrar.

Se podría decir que “La Brújula Dorada” es una película menor ideada para niños. Se podría enmarcar en el complejo universo de la infancia, y así dejarla fuera de toda duda nacida a su alrededor. Se podría hacer… y sería un error. Porque “La Brújula Dorada” nace con vocación adulta y muere al tratar de darle un fuste mayor que otorgue sentido a las presumibles continuaciones que le seguirán. Lo que en otros palabros significaría que es mala a rabiar… o mejor, a bostezar.

La película nace de la imaginación del director neoyorkino, Chris Weitz. El también guionista y productor, imaginó la oportunista novela de Philip Pullman en celuloide y se dispuso a darle forma con la aquiescencia de un reparto de lujo que bien haría en rodar de tirón la saga a riesgo de ser demasiado viejos para embutirse en papeles que ya les vienen ajustados. Así, los malos son malísimos que suelen hacer de malos, y los buenos buenosos que suelen interpretar papeles de tal tono. Los gypsios son buenos, por supuesto, y aquellos a apestan a autoridad son malos. Hay osos con aspecto humano, pequeños compañeros de viajes digitales y más malos malosos, como Derek Jacobi o Christopher Lee, que se empeñan en dejar a Nicole Kidman la posibilidad de ser lo que ella desee ser. Esa es toda la cuerda que desprende tan terrible cinta.

La historia de Lyra, la niña protagonista, es secundaria en realidad, sometida a las mil formas de entender el cine que tienen sus perpetradores. De su peripecia nada queda porque nada hay. Son los efectos especiales el principal argumento de un “cuerpo artístico” enfrascado en cuadrar las técnicas visuales de “Sky Captain y el Mundo del Mañana” dentro de la escuela de Hogwarts, sin olvidar la estética gótica de “Una Serie de Catastróficas Desdichas”. Sin bien, en las tres anteriores el nivel mantuvo una honestidad que a la presente no se le asume porque carece de ella.

Un bodrio prescindible que engañará a unos cuantos bobos. A los demás, manténgase lo más alejados posible del maléfico influjo de la brújula dorada a riesgo de que terminen maldiciéndola. Cosa que yo hice, a mi pesar, el pasado jueves cuándo me desencajaba el parche que me ayudó a verla. Dónde está una buena ceguera cuándo se la necesita…

A lo largo de su breve filmografía, el director y guionista Robert Benton ha demostrado sobradamente su debilidad por hurgar en los callejones del corazón humano. La mirada de Benton suele ser complice con las historias que relata. Así ocurrió en “Kramer contra Kramer”, “En un Lugar del Corazón” y “Ni un Pelo de Tonto”. Y así ha vuelto a ocurrir en su reciente “El Juego del Amor”.

Planteada como una historia coral con pocas ramificaciones, “El Juego del Amor” cuenta la historia de Bradley (Greg Kinnear), poco afortunado en el amor propietario de la pequeña cafetería que sirve de eje para el desarrollo del resto de tramas. Harry (Morgan Freeman), un viejo profesor universitario jubilado, ejerce el difícil de papel vertebrador del pequeño universo que se desarrolla entre sus paredes. La segunda historia la componen el joven camarero Oscar (Toby Hemingway) y su novia Chloe (Alexa Dávalos). Tres líneas divergentes que se cruzaran con otras para formar el nuevo festín de amor fraguado por Robert Benton.

La ambiciosa propuesta funciona correctamente sin llegar a enganchar durante el primer tercio de la cinta. Una vez establecidas las pautas, la endeblez del material le pasa factura paulatinamente con la aquiescencia de Benton, quien, al ser incapaz de encontrar salientes en tan plana exposición, se deja llevar por un proyecto de melodrama que parece únicamente preocupado por engarzar frases solemnes una detrás de otra a modo fórmula infalible que dote de gravedad a un conjunto que bien podría confundirse con un artificioso telefilm de no mediar tan sonoros nombres en su reparto.

Sin embargo, una visión menos técnica de la fallida película revela sus no demasiadas bondades. Benton se implica directamente con sus personajes adoptado la visión de Harry. El viejo catedrático, poseedor de la poco habitual cualidad de saber mirar, observa la vida que se desarrolla a su alrededor tratando de equilibrar errores ajenos sin intervenir de modo directo. Difícil malabarismo para alguien que soporta su propia cruz en forma de un único hijo recientemente fallecido. Harry evalúa con atención los continuos fracasos amorosos de Bradley, tratando de corregir su camino a modo de rendención personal, ya que se considera responsable de la muerte de su hijo. Así pues, será testigo mudo de sus enamoramientos y rupturas, siendo su esposa, Esther (Jane Alexander), la destinataria de sus confidencias:

Harry: “He visto a dos mujeres enamorándose. Una de ellas está casada”

Esther: “¿Lo sabe su marido?”

Harry: “Estaba sentado con ellas”

Así presenta a su esposa el principio de la quiebra del matrimonio de Bradley. Y así lo hace con las historias que nacen…

Harry: “Una chica entró en la cafetería a solicitar un trabajo. Miró a los ojos del camarero y se enamoraron. Su vida no volverá a ser igual”

El director dibuja a los personajes según la perspectiva de Harry. Los muestra haciendo el amor constantemente; en campos de fútbol o en dormitorios cochambrosos, pero siempre a escondidas. Oscar y Chloe se ocultan de la brutalidad del padre de él (Fred Ward). Por su parte, Diana (Radha Mitchell), el segundo cartucho de Bradley, se oculta de éste al mantener una apasionada relación con un hombre casado. Aquí nacen gran parte de los errores que distancian al espectador: la nula capacidad de Benton para dar carnalidad a sus personajes más allá de lo explicito. La primera esposa de Bradley, Kathryn (Selma Blair), sería el perfecto ejemplo de cómo no debe desarrollarse un personaje cinematográfico. Y el violento padre de Oscar, convertiría en axioma la primera afirmación. Pareciera que Benton, al no sentirse cómodo con determinados personajes, se limitase a eliminarles sin haberles llegado a exponer.

Abandonado por su segunda esposa pocas semanas después de su matrimonio, Bradley se autolesionará para “sentir en mi cuerpo el dolor que llevo en mi corazón”, sospechosa cita que bien podría haber salido de la pluma de Barbara Cartland. Llegados a ese punto, el desmadre emocional se torna incontenible: seremos testigos de la muerte accidental de unos de los protagonistas, de embarazos, de bodas, de revelaciones esotéricas y reconciliaciones masivas. Incluso el candoroso Bradley, enamorado del amor (no en vano es el único personaje que al que nunca vemos haciendo el amor) tendrá una tercera oportunidad de encontrar a alguien que le quiera en forma de doctora húngara especialista en arreglar dedos cortados y corazones rotos: “¿Qué ves en mí?” “Veo un hombre al que nunca ha querido nadie”. Todo ello llevado a cabo con una torpeza impropia de un director tres veces oscarizado.

Al final, Harry, se verá obligado a intervenir en la vida de los otros para evitar una tragedia. Punto de inflexión que precederá a su caída en el bando de los desencantados. “Dios está muerto o nos desprecia”. Pero Benton no está dispuesto a tirar la toalla y terminará por tejer un rebuscado happy end que satisfaga al espectador menos exigente y suma en la incredulidad a todos los que admiramos al hombre que dirigió ese prodigio titulado “Nobody’s Fool”.

Para Robert Benton amar duele, pero es lo único que da sentido al gran sinsentido. Sobre cuántos cigarritos de la risa se consumieron durante el rodaje, no hay datos. Pero no fueron pocos, me temo.

Lo coral, la autocrítica y lo ideológico suelen ser piezas difíciles de armar en un único mural. Si quien se aposta detrás de la cámara es un director que a lo largo de su carrera ha sembrado semillas muertas por sistema, el resultado sólo puede ser un nuevo y deficiente ejercicio de egolatría al servicio de un ideario político concreto.

Si “Leones por Corderos”, la nueva película dirigida por Robert Redford, fuese formalmente mala, sería fácil verla descarrilar al cabo de pocos minutos de metraje. Pero es que no lo es. Su ritmo es inusualmente vivo y las historias están entrelazadas con coherencia. Cierto que la (en un principio) interesante temática es teñida torpemente de una suave autocrítica utilizada, paradójicamente, como arma arrojadiza, pecado perdonable en un conjunto cuyo autentico lastre radica en lo panfletario de su mensaje.

“Leones por Corderos” propone una airada visión crítica de la sociedad norteamericana a través de tres historias entrelazadas que involucran a un brillante estudiante descreído (Andrew Garfield) a quien un comprometido profesor (Robert Redford) trata de sacar de su ensimismamiento, a dos militares (antiguos alumnos de dicho profesor) atrapados en territorio enemigo, y a un joven congresista (Tom Cruise, éste se apunta a un bombardeo con tal de que le den el Oscar) cuestionado por la periodista (Meryl Streep) que profetizó su ascenso político. El desarrollo de la historia tomará como hilo conductor las dos historias civiles, dejando la acción bélica como nexo de unión entre ambas tramas.

Con los ingredientes dispuestos, Redford comienza su cursillo de formación en el papel de tutor, aportando datos inútiles, exhibiendo una vistosa palabrería obsoleta en su fondo y asumiendo errores ajenos como propios en busca de remover conciencias. Todo ello, mostrando en todo momento esa imagen dinámica y “molona” que tanto agrada a la progresía yankee. La acción bélica, que ya nace coja, pierde interés con el paso de los minutos, dado que para Redford no es más que un elemento melodramático conque conjuntar las tramas principales. Para más inri, lo previsible de su resolución actúa como afilada puntilla. Mientras, deja para la entrevista entre el político conservador y la periodista progresista, sus mejores dardos, al presentar al ambicioso senador de modo agresivo e intolerante a ojos de su interlocutora. Redford muestra pronto sus cartas al establecer un duelo entre el origen de los problemas del país frente al poder de la palabra de una doliente defensora del sentido común.

Mediada la película, el que escribe tuvo que frotarse los ojos en numerosas ocasiones para cercionarse que no se trataba de un mal sueño y que estamos en el año 2007, y no en 1967. Lo rancio de su mensaje no puede presumir de sutileza. Lo subliminal es un concepto desconocido para un director que tras debutar brillantemente con “Gente Corriente” llevó su carrera a caer en una vorágine sin fin de la que tan sólo puede salvarse “El Río de la Vida”. El último tramo de la cinta reserva lo mejor de su mensaje panfletario: la sociedad permanece anestesiada porque no existe el compromiso social, y para cambiar las cosas debe cambiar primero el individuo, uno por uno. Verdad lapidaria, incluida en todo manual del buen progresista, que peca de una inocencia impropia de los tiempos que corren. Redford no dibuja buenos y malos, pero los señala. No proclama tener la razón, pero lo insinúa. Filma una película blanda e ideológicamente arcaica con el agravante de hacerlo cuando los vientos soplan a su favor. Un inaudito curso de formación por el precio de siete euros que, dolorosamente, no podré recuperar… Pero bueno, al menos no aparece Ben Affleck. Algo es algo…