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Dicen que la copa Davis es especial y tienen razón. Cualquiera puede ganar a cualquiera, independientemente del lugar que ocupe en el ranking ATP. Especial es, también, en el sentido de que muchos jugadores prefieren no participar en ella. Honesta posición, per example, del número uno mundial, Roger Federer, quien desde un principio dejó claro que su carrera era lo más importante para él, dejando siempre la puerta de atrás abierta para ser convocado en caso de que el equipo estuviese al borde del precipicio. Desde entonces, Federer ha participado en cada eliminatoria de descenso jugada por Suiza, lo que no les ha servido para evitar el descenso.

Luego está el que no quiere jugar las eliminatorias previas (especialmente si se desarrollan lejos de casa) pero no tiene inconveniente en ser reclamado si el equipo se planta en finales. En este campo entrarían casi todos los tenistas de élite con pocas excepciones. Sorprende, y mucho, que se levantase tan gran polémica cuando el tenista gerundense Tommy Robredo renunció a jugar una eliminatoria y no pase nada ahora que Rafa Nadal se ha borrado de otra. De hecho, en esta ocasión, el tenista balear ni siquiera se ha inventado una lesión (algo habitual) para justificar su ausencia. Ésto me ha hecho recordar aquella cita en la que todo el mundo se eliminó (Alex Corretja, Albert Costa, Carlos Moyá, la plana mayor del tenis español de entonces) de una eliminatoria celebrada en Nueva Zelanda. Tuvieron que ser Félix Mantilla, el pato Clavet, Julián Alonso y Joan Balcells quienes dieran la cara para salvar al equipo del descenso. Luego, a la hora de celebrar títulos, los que salieron en la foto fueron otros. Ya decía el escritor valenciano Manuel Vicent, que los ejércitos de legionarios que desfilaban en Roma estaban compuestos por los cobardes que habían agachado la cabeza durante el combate. Los auténticos héroes cubrían con sus cuerpos el campo de batalla.

Y todo esto viene a cuento porque hoy el equipo español de copa Federación ha eliminado a Italia. Lo ha hecho contra todo pronóstico y en Nápoles, capital mundial de la basura en la que los desperdicios se amontonan por las calles atormentando a la población local. La valenciana Anabel Medina ha hecho su trabajo y ha derrotado a la rocosa Francesca Schiavone, clasificando al equipo para la siguiente ronda. Pero es Nuria Llagostera quien merece un comentario aparte.

Ella nunca falta, cuando la llaman, va. Ha veces ha acudido con molestias, y sería necesario entablillarle la pierna para evitar que estuviera allí. Veterana pese a su juventud (tiene 27 años) su carrera se rompió hace cinco años, tras sufrir una terrible pérdida familiar en no menos terribles circunstancias. Sus padres se divorciaron poco más tarde, lo que no contribuyó a su recuperación anímica. Pero dicen que lo que no te mata te hace más fuerte. Su mentalidad cambió después del naufragio. Comenzó a ganar partidos en superficies hostiles y a subir en el ranking de la WTA. Llegó a ser la 35 del mundo, ella, que se mueve habitualmente por encima del centenar; ella que mide poco más de metro y medio y no puede competir físicamente con las jugadoras de metro ochenta. Hay veces, que al verla jugar con esos mastodontes, se asemeja a una niña bailando entre gigantes.

Después su ritmo decayó. La rabia se esfumó y volvió a ser la 140 del mundo. Volvieron las primeras rondas mortales, los sets en blanco en contra y las lesiones cebándose de nuevo en su menudo cuerpo.

Ayer ganó su partido frente a Schiavone, a la número 23 del mundo. Superó en su propia casa a la heroína de Charleroi, la mujer, que junto a Roberta Vinci, arrebató el título a la Bélgica de Justine Henin. La mallorquina jugó como ella sabe: mucho revés y mucha paciencia. Ganó su primer partido de copa Federación lejos de la tierra y puso la primera piedra de una gesta impensable.

Ella nunca falta aunque no juegue. Ella siempre está, lo haga bien o mal. No va ha ocurrir, pero ojalá los chicos, tan preocupados por sus carreras, sus ingresos y sus marcas comerciales, tomaran nota de su coraje.

Forrest Gump… Pocas cosas conectan al inocente protagonista de la película dirigida por Robert Zemeckis con el que inventó Winston Groom en su divertida novela, salvo su tendencia a que le ocurrieran cosas. Pero ambos compartían su afición por correr. Como yo. Me encanta correr. Lo hago desde que llegué a Cucumberland cuando era un crío. Llegué incluso a participar en equipos y competiciones oficiales, pero mi tendencia a joderme el ligamento del tobillo me dejó fuera de órbita. La última vez que me lo rompí, un médico mastuerzo me dijo que la próxima vez me quedaría cojo. Así lo dijo, con sutileza. Fue hace dos años. Al cabo de mes y medio volví al mismo lugar en el que ocurrió para dar aquella curva correctamente. El tobillo siguió doliendo un mes más.

Nunca he estado demasiado tiempo sin correr. No podría estarlo. Por eso, ahora que he estado obligado a estar algo más de un mes parado, lo hice cuatro veces engañando a todo mi entorno, amiguetes del alma incluidos. Les dije que veía bien, que no habría ningún problema si iba más allá de las nueve de la noche, mi hora habitual, porque de noche veía mejor. Pero los hubo: me salí del camino muchas veces a pesar de voltear la cabeza hacía la derecha. Así ocurrió en las cuatro ocasiones. Afortunadamente no había demasiada gente a la que atropellar.

Hace dos semanas volví a retomar el asunto, de un modo continuado esta vez. Visión correcta y cuatro kilómetros para tomar contacto. Hoy he subido a cinco. Parece que todo va bien. Malas noticias para el médico sádico.

Por supuesto, me encanta el atletismo. El malditismo atrae poderosamente, aunque después todos prefieran estar con los ganadores. Tal vez por ello, cuando era un crío, me sentía más cerca de Steve Ovett que de Sebastian Coe. El segundo es Sir, miembro de la FIFA y del Comité Olímpico Británico. Viste trajes caros, peinados de 500 euros y gasta actitud de ganador. Ovett está completamente calvo y parece mi abuelo. Su pose queda lejos de la del díscolo que parecía estar en guerra con el mundo. Hoy es un hombre de mediana edad cargado de arrugas y con la frente demasiado despejada. Su aspecto es el opuesto al de Coe. De hecho, parecían un padre y un hijo el día de su reencuentro. Quién diría que ellos fueron los reyes del mediofondo en los 80.

En la Olimpiada de Moscú, Ovett ganó a Coe en su prueba, los 800 metros lisos. Corrió para ponerse a punto y terminó ganando. Coe se tomó la revancha unos días después al ganar en la prueba de Ovett, los 1.500 metros lisos. Ovett sólo pudo ser tercero. Veinte días más tarde, en Coblenza, Ovett batía el record del mundo de los 1.500. La misma situación ocurriría de nuevo en los mundiales de Helsinki, en 1983. No consiguió pasar del cuarto puesto en la final. Nueva decepción compensada el mes siguiente, cuando volvió a batir el record mundial de la prueba en Rieti, sin nada en juego. Él era así, odiaba la competencia pero amaba la competición. Una paradoja para adornar una vida contradictoria como la suya.

Una vez, sus paisanos le prepararon un homenaje para agasajar al héroe. No asistió después de garantizar que estaría allí. En otra ocasión, retó a la federación de su país vistiendo una camiseta de la Unión Soviética durante un tiempo. Verle batir marcas con una hoz y un martillo en el pecho era demasiado para la mayoría. Traidor fue la palabra más suave que escuchó.

Eric Lidell, mítico atleta cuya vida inspiró la película “Carros de Fuego”, decía que corría para honrar a Dios. Era un pastor protestante al fin y al cabo. Harold Abrahams, su rival, lo hacía por odio hacia los que le insultaban por ser judío. Ovett no lo hacía por ninguna de esas razones. Él corría por una mujer. A poco de acabar los 800 metros en Moscú, la sudada camiseta se le transparentó. Se pudo ver entonces el nombre con el que se refería a su novia Rachel en la intimidad. Aquella involuntaria revelación le alejó de sus padres (por entonces, vívía con ellos) al ser considerado por éstos como un desprecio. Poco más tarde se casaría con Rachel. Ella era su bálsamo.

Se le definió como un tipo difícil y lo era. Las relaciones sociales no se crearon para él. Su leyenda se escribió en las pistas de tartán, lo demás nunca le importó demasiado.

Y mi retorno continua. Ayer corrí la milla en menos de nueve minutos. Es un buen comienzo. Le recordé al llegar a casa, antes de ducharme. ¿Dónde estará Ovett?… Google me dio la respuesta: perdido en Australia.

Greg Dark no está contento. Desde hace tiempo es reclamado para todo tipo de entrevistas. No le gusta, odia llamar la atención. Desde que se descubrió que el tipo que había dirigido cientos de videoclips de las nuevas estrellas adolescentes era el mismo que despuntó haciendo porno, su vida se hizo más difícil.

“Está bien, hice porno. Brian de Palma también y nadie dice nada”.

La productora de Britney Spears dejó de llamarle. Una pena, porque Britney le adora, alguien con nombre de actriz porno tenía que adorarle. Pero a él no le importa. Ha dirigido cientos de vídeos en los últimos dos años. Trabajo no le va a faltar. Ahora quiere hacer cine, ha dirigido un par de películas de bajo presupuesto, mientras le siguen ofreciendo clips, y de eso vive. Su último trabajo consistió en lanzar a la hermana pequeña del clan Carter. Su hermano mayor forma parte de los Backstreet Boys y Aaron, el mediano, es una estrella televisiva. Ahora es el turno de Leslie. A Dark no le gusta dirigir clips, y menos este tipo de clips. Frente a su objetivo han desfilado la Spears, Christina Aguilera y Mandy Moore. Está harto de ésto, pero siempre será mejor que hacer porno.

Mediados los 80, cuando Greg era estudiante de cine en Stanford, comenzó a rodar un documental sobre el mundo del porno que se titularía “Ángeles Caídos”. Durante su rodaje conoció a Walter Gernert, productor azul. En un principio no le cayo bien. Hoy día, Gernert sigue sin gustarle…

“El tipo este que me metió en el porno, Walter Gernert, era la persona más abyecta, cruel y codiciosa que he conocido. Un ser despreciable.”

Durante el rodaje, Gernert empezó a hacerle preguntas: “¿Tienes Coche?, ¿Cuánto pagas de alquiler?, ¿Qué tienes en la nevera?, ¿Con cuánto vives al mes?”… Finalmente le lanzó una oferta: dinero a cambio de talento. Gernert quería cambiar el anquilosado panorama porno y había encontrado al tipo adecuado. Así nacieron los Dark Brothers. Primero se cambiaron los apellidos legalmente por el de Dark, después comenzó una carrera basada en la provocación: Se burlaban de las actrices llamándoles putones; se presentaban en los rodajes ataviados como chulos de los años setenta; concedían entrevistas macabras. Les gustaba denunciar lo podrido del submundo triple X. Parecía que nada les satisfacía más que buscarse enemigos. La industria les odiaba.

Su experiencia fílmica nació con el rodaje de “New Wave Hookers”. En ella se lanzó a una cría de 16 años que decía tener 22. Su nombre: Traci Lords. Greg Dark sacó lo mejor de ella… o lo peor. Sus películas se caracterizan por su inhumanidad. Dark expresaba así su rencor por el género y por el mundo en general. No tenía muchos amigos, sigue sin tenerlos.

“Era muy bueno en lo mío. Y lo mío consistía en hacer que los actores se comportaran como animales. Pulverizar sus escrúpulos sociales, borrar de sus cabezas todo lo que habían aprendido desde la infancia. Ni siquiera me hacía falta levantar la voz. Me bastaba apelar a sus egos. La gente es capaz de cualquier cosa por orgullo, incluso bestializarse. Y eso era lo que filmaba: el momento en el que esos seres humanos se convertían en algo no humano”.

Siempre esperó que alguien le mandase al carajo, pero nadie lo hizo. Al salir de los rodajes se transformaba en lo que realmente era: un tipo inseguro e introvertido. Pero al filmar, él mismo se convertía en una bestia.

Terminada “New Wave Hookers” (y convertida en serie de culto), se enfrentó a su gran obsesión: el remake de “El Diablo en la señorita Jones”. Dark consideraba a Gerard Damiano como el único genio surgido del porno y a ésta película como su obra capital. Se enfrentó al reto como él acostumbraba: a tumba abierta. El deslumbrante resultado fue cuestionado por muchos. Nadie osó, sin embargo, a poner en duda su poder visual, el  punto fuerte de Greg Dark.

Harto del porno y de una vida sin objetivos, desapareció durante un tiempo. Entre otras leyendas, de dice que fue luchador de Thai Boxing en Tailandia. Lo cierto es que año y medio después volvió. Sus brazos más tatuados; su expresión más afilada; sus ojos oscuros aún más negros. No cambió, sin embargo, la más llamativa de sus costumbres: vestir de negro de pies a cabeza.

A su regreso abandonó el porno y se propuso hacer realidad su sueño de dirigir cine convencional. Lo consiguió. Se cambió el nombre por el de Gregory Brown y dirigió un par de horrendas películas baratas. El desastre y la necesidad dirigieron sus pasos de nuevo hacia el porno… y los Dark Brothers volvieron a cabalgar. Son años de excesos en los que Greg se convence de que nunca abandonará el género.

“Me acosté con muchas actrices. Todo el mundo lo hacía, habría sido gilipollas de no hacerlo. A veces, se te ofrecían sin que hubieras la abierto la boca”.

Su visión del mundo se distorsiona por completo. Prescinde de los argumentos y comienza a rodar de modo violento, tratando a sus actores como pedazos de carne. El sexo, bajo su visión siempre animal, se convierte en bestial. La gente se huele, se frota y resopla, como bestias. En una ocasión, una actriz se encontraba aturdida tras ser sometida a una múltiple penetración; Greg acercó la cámara y le preguntó si había sufrido abusos siendo pequeña. Ella contestó.

Su “salvación” llegaría de la mano de un grupo heavy. Una banda llamada Sublime le pidió que dirigiera uno de sus videoclips. Fue el primero de una lista interminable. Y los Dark Brothers se acabaron.

“Hay toda una generación que creció viendo mis vídeos. Me sigo encontrando con metaleros y raperos que me lo recuerdan”.

Ahora, con 50 años cumplidos, dice ser otra persona. Se ha casado y es razonablemente feliz. Aunque su insatisfacción se mantiene y estalla cuando los ejecutivos de DreamWorks le piden que vista de negro a Leslie Carter para que no aparezca demasiado gorda en el vídeo…

“Qué edad tiene: ¿catorce? La edad perfecta para convertirse en yonki. Le podemos dar crack, entonces no parecería gorda. Mejor aún: ¿y si la partimos por la mitad con una sierra?”

Los directivos de DreamWorks se marchan malhumorados. La ironía no les ha hecho gracia. Greg se dirige entonces a Leslie para decirle suavemente que se tome un descanso. Sus modales no han cambiado. Sigue siendo el mismo tipo educado a su pesar que era en la universidad. El tipo cuyos modales chocaban con aquello que filmaba. El tímido que nunca alzaba la voz y veía al mundo como un lugar hostil. El Robert Crumb del porno.

“No me gusta Gernert. Sin embargo, él creyó en mí. Lo más importante en la vida es encontrar a alguien que crea en uno. Este tipo creyó en mí. Siempre le estaré agradecido”.


Ahora le toca a retar a Dios. Wolfgang Petersen dirigió una película para la televisión en 1978 titulada “El Jugador de Ajedrez”. En ella, Bruno Ganz se obsesiona con el juego hasta terminar retando a una partida a Dios. Ahora es el turno del tío raro que nació en Chicago pero creció en Brooklyn al decidir su madre trasladar allí lo que quedaba de su familia tras ser abandonada por su marido.

Un día su hermana mayor le regaló un ajedrez para que tuviera en qué distraerse las muchas ocasiones en las que se quedaba solo. Fue su perdición. Pronto se obsesionó con el juego. Cuando su hermana se convirtió en un enemigo débil, empezó a plantearse partidas contra sí mismo. Su madre, la enfermera judía, se asustaba al llegar a casa y descubrir a su pequeño enfrasco en duelos contra sí mismo.

Pasó por escuelas de ajedrez. En el camino, confundió con padres a educadores. También tuvo peleas y no pocas. Su antisemitismo (siendo él medio judío) comenzaba a florecer. A la edad de 12 años se convirtió en el campeón junior más joven de la historia de los States. Ese mismo año arrasó a Donald Byrne (gran maestro internacional) jugando con negras, en la que aún se considera partida del siglo. Su elegancia y genialidad convirtieron en historia el que el jugador con piezas negras buscase de salida las tablas. Él quería ganar.

Su fama como díscolo crecía al ritmo de su nivel frente a un tablero. No tenía amigos ni los necesitaba porque era una estrella. Gracias a él se hablaba en todo el país de un deporte tradicionalmente ajeno.

En 1963, Fisher comenzó sus contactos con una secta que profetizaba el fin del mundo. Los escándalos hicieron que la abandonara pronto. Fue su última socialización, desde entonces su carácter hermético se agudizó. Era una estrella: Los programas de televisión se lo rifaban, cobraba bajo cuerda en los torneos en los que participaba, sus partidas eran estudiadas en las universidades. Todo el mundo quería tener cerca a Bobby Fisher pero él no parecía necesitar a nadie.

En 1968 comenzó su asalto al campeonato del mundo. Todos pensaban que su esfuerzo descabellado por robar la corona a la escuela rusa llegaba demasiado pronto, pero él tenía prisa. En 1972, en pleno campeonato, el secretario de estado Henry Kissinger le pidió por el bien de su país que volviera al tablero que había abandonado en la segunda partida. Lo hubiese hecho sin necesidad de ruegos, quería ser campeón del mundo, lo único que necesitaba era aplacar su propio miedo.

Su rival en las partidas por el campeonato del mundo sería Boris Spassky. La guerra fría se trasladaba a un tablero de ajedrez. El ruso conjugaba la elegancia del maestro cubano Raúl Capablanca y la ferocidad frente a un tablero de su compatriota Viktor Korchnoi. El miedo de Fisher se tradujo en mil caprichos: la mesa era demasiado alta, el público demasiado ruidoso, los colores muy chillones, las piezas inadecuadas… Tras perder la primera partida y no presentarse a la segunda volvió renovado. No le dio opción al maestro ruso, le aplastó en 21 partidas en las que sólo cedió dos veces. Su fama se multiplicó después. Junto al nadador Mark Spitz, apareció en un especial televisivo presentado por Bob Hope al compás de los sostenes femeninos que le llovían por todas partes. Mientras, docenas de compañías le ofrecían dinero por su imagen. Spitz aceptó, Bobby les rechazó a todos.

El tiempo no atemperó su carácter. Cada día resultaba más inaccesible. Hacía años que no jugaba torneos cuando el joven soviético Anatoly Karpov fue designado nuevo aspirante. Antes de jugar, Bobby le exigió a la Federación una serie de 64 normas que seguir. La FIDE sólo pudo cumplir una, y Bobby no se presentó…

Se evaporó por completo, es entonces cuándo comienza su leyenda. Dicen que jugaba en los parques de Nueva York con estudiantes y desempleados. Que gastó todo el dinero que le quedaba. Que vestía como un vagabundo al cruzar la ciudad ya de noche. Se le vio en San Francisco, en Seattle, en Denver. En 1981 fue confundido con un atracador y detenido. Al ser puesto en libertad, escribió un panfleto lleno de ira en el que relataba su breve experiencia carcelaria. Su paranoia aumentaba. Tres años después, pidió que su nombre fuera retirado de la enciclopedia judaica que se edita en los States. Los editores cumplieron con sus deseos. Después, desapareció por completo durante años…

Dicen que vivió en Budapest, que pateaba las calles por las noches para no ser identificado. Dicen que jugaba al ajedrez vía correo con multitud de personas que ignoraban su identidad. Dicen, dicen… Casi todo en su vida está englobado en el terreno del rumor. En 1992 reapareció. Un millonario yugoslavo le ofreció un mínimo de cinco millones de dólares por repetir su duelo con Spassky. Las partidas se celebrarían en Belgrado. El departamento de estado le impidió participar, como ciudadano de los Estados Unidos debía lealtad a su gobierno y éste hacía tiempo que había vetado a Yugoslavia en el concierto internacional. Bobby escupió sobre el documento que le prohibía su participación. Lo de menos es que volviese a ganar a Spassky, lo importante es que desde ese día se convirtió en fugitivo.

Volvió la leyenda. Se sabe que jugó al ajedrez a través de Internet, que difundió proclamas antiamericanas (algunas referentes al 11-S muy desafortunadas) por un canal de radio, que nunca dormía dos noches seguidas en el mismo lugar. Incluso se filmó una película, excelente, dedicada lateralmente a su leyenda: “En Busca de Bobby Fisher”. Reapareció en Filipinas, ya en el nuevo siglo. Se había casado con una chica mucho más joven que él y había tenido un hijo. Según el mismo contó, viaja con frecuencia a Japón. Fue allí dónde le detuvieron en 2004 por utilizar un pasaporte falso para desplazarse. Encarcelado, abandonado por casi todos, y con el gobierno americano presionando al japones por su extradición, Fisher conoció algo de generosidad de manos del pueblo islandés. En marzo de 2005 recibió el pasaporte que le acreditaba como ciudadano de aquel país. Poco después desembarcaba en Reykjavik.

Ayer moría, no se sabe muy bien de qué pero poco importa. Lo hacía a los 64 años. A él le habría gustado la ironía: 64 casillas tiene el tablero de ajedrez. Ahora le toca retar a Dios, tal vez entonces comprenda lo extraño que es el mundo que le tocó vivir.

EL DÍA SE HA IDO

Ahora andará por otras tierras,
llevando lejos luces y esperanzas,
aventando bandadas de pájaros remotos,
y rumores, y voces, y campanas,
-ruidoso perro que menea la cola
y ladra ante las puertas entornadas.

(Entretanto, la noche, como un gato
sigiloso, entró por la ventana,
vio unos restos de luz pálida y fría, y
se bebió la última taza.)

Sí;
definitivamente el día se ha ido.
Mucho no se llevó (no trajo nada);
sólo un poco de tiempo entre los dientes,
un menguado rebaño de luces fatigadas.
Tampoco lo lloréis. Puntual e inquieto,
sin duda alguna, volverá mañana.
Ahuyentará a ese gato negro.
Ladrará hasta sacarme de la cama.

Pero no será igual. Será otro día.

Será otro perro de la misma raza.

ME GUSTA

Su nariz larga y gruesa

Su voz levemente ronca

Su costumbre de hacer más de una película al año

Su manía porque éstas suelan ser irrelevantes…

… y ocasionalmente brillantes

El balanceo de sus pechos cuando anda

Sus curvas (no tan rotundas)

La arruga que se le forma en la frente cuando frunce el ceño

Sus lunares

El modo en el que se arquea el lado derecho de sus labios cuando sonrie

Su sonrisa

Su piel de nácar

Su Charlotte de “Lost in Translation”

Que sea amiga de Woody Allen y ruede con él cualquier cosa

Su aspecto intemporal

Que le gusten los Tenembaums, Robert Crumb y Tom Waits

Que use bikini en lugar de bañador

Su manera de correr, como si tuviera nueve años 

Que sea zurda

Que mida metro y sesenta y tres centímetros (que uno no es muy alto)

Y que además sepa interpretar

NO ME GUSTA

John Huston llevaba semanas tratando de convencer a Tennessee Williams de cambiar el enfoque original de su obra, “La Noche de la Iguana”, cuando surgió el tema de la misoginia del escritor. Huston pretendía dar mayor relevancia a las dos mujeres de la función en detrimento del protagonista masculino. Williams no soportaba tal idea. Para Huston, el personaje del reverendo Shannon era plano, a pesar de su gran complejidad. Le resultaba más atractivo el contraste entablecido entre la casquivana Maxine y la puritana Hannah. Sobre la elaboración del raparto apenas hubo discrepancias. No podía haber mejor reverendo Shannon que Richard Burton. El papel de la tentadora adolescente Charlotte parecía haber sido escrito para Sue Lyon. Ava Gardner era Maxine. La única duda del dramaturgo se depositaba sobre Deborah Kerr, encargada de dar vida a la predicadora baptista Hannah Jelkes. Las dudas de Williams fueron cortadas de inmediato por Huston: “Hay algo en ella muy complejo y muy profundo que contradice su apariencia y el tipo de papeles que la ofrecen a menudo”. El genio aspero siempre tuvo la habilidad de apreciar lo que esconden las apariencias.

Deborah Kerr fue una de las seis rosas inglesas. Aquella lista que encabezaba Elizabeth Taylor y cerraba Patricia Roc. Ella estaba en medio, sin hacer ruido. La delicada rotundidad de sus rasgos le proporcionaba una elegante serenidad innata imposible de impostar. Junto a otra de las rosas, Jean Simmons, saltó a al estrellato intrepretando a una monja en “Narciso Negro” de Michael Powel y Emeric Pressburger. Comenzó entonces una inmaculada carrera que incluyó clásicos como “De Aquí a la Eternidad”, “Las Minas del Rey Salomón”, “¿Quo Vadis?” y “El Rey y yo”. Siempre en papeles de perfil apenas oscilante. Pero lo mejor estaba por llegar. Protagonizó el cuento cruel “Suspense”, otra vez en el papel de institutriz, fue una treinteañera reprimida por su madre en “Mesas Separadas” y compartió un desesperanzado verano en la costa azul con David Niven y Jean Seberg en “Buenos Días Tristeza”. Todos la recordarán siempre como la Terry McKay de “An Affair to Remember”, y por haber portado con dignidad el estima de haber sido seis veces nominada al Oscar, sin conseguir ganar ninguno, aquella noche de 1994 en la que recogió su premio de la academia honorifico en la que fue su última aparición pública.

Su vida ha sido un regalo para los que amamos el cine. No imagino mejor epílogo que recordar uno de los muchos buenos diálogos que pronunció bajo la piel de Hannah Jelkes.

“Nada de lo humano me repugna, Sr. Shannon, a menos que sea poco amable o violento”

Se ha escrito y hablando tanto de ella y la mayoría ignora que su autentico nombre se corona con una e final y el Baker materno enmascara a un padre nunca conocido apellidado Mortensen.

A la hora de hablar de Marilyn Monroe todo vale. Inventense cualquier cosa que será dada por buena y seguramente publicada sin necesidad de ser contrastada. Desde la afirmación de Anthony Summers de que su destino estaba marcado al heredar el camerino que perteneció a Marlene Dietrich en los estudios de la Fox (cosa difícil, pues Marlene jamás trabajo para la Fox), hasta romances otoñales (lo contó Luis Gasca) con Errol Flynn que nunca ocurrieron. Al fin y al cabo todo en su vida fue falso: Falsa rubia con nombre falso que utilizó su cuerpo para medrar en la industria durante sus primeros e inseguros pasos. La lista de productores, agentes, fotógrafos y personalidades varias de la industria a los que se entregó es interminable. Para ella el sexo era a la vez un arma y un juego divertido exento de cualquier connotación negativa. En una ocasión, cuestionada por Truman Capote acerca del quién había sido su mejor amante, confesó: “Conocí a un tipo que estaba emparentado con Gary Cooper. Un corredor de bolsa, nada atractivo; tiene sesenta y cinco años y lleva unas gafas de cristales muy gruesos. Gordo como una medusa. No sé qué paso, pero…”

Falsa pues, es la vieja afirmacion de que fue una víctima usada por todos. Ella se prestó al juego de Hollywood y sacó mayor tajada que los 10 minutos de placer físico que lograron la mayoría de sus amantes a cambio. Pero, por supuesto, a efectos populistas siempre fue más atractivo enfatizar la tragedia y más rentable víctimizar las muertes tempranas.

En las cientos, puede que miles, de biografías que se han escrito sobre su vida se ha dicho de todo y casi todo es falso. Entre las más delirantes se encuentra la escrita por Luis Gasca en 1987 bajo el paradójico (irónico, más bien) título de “Marilyn Monroe: Toda la verdad”. El libro, repleto de datos sin confirmar, medias verdades y hechos directamente inventados por terceros que Gasca se limitó a transcribir sin comprobación previa, sería incluso divertido de no ser por lo escabroso de algunos de sus pasajes. Entre ellos se narra un supuesto abuso sexual sufrido por Norma Jeane a la edad de 11 años por parte de un tal señor Kimmel, supuesto vecino de la familia con quien vivía por entonces. En el grueso de biografías más rigurosas y documentadas sobre la vida de la Monroe no se hace referencia alguna a ese sujeto ni a dicho incidente. Es más, Gasca se basa en la confidencia que Marilyn le habría contado al periodista danés, Hans Jörgen Lembourn, quien, según afirma él mismo, mantuvo una relación con la reina platino. No hay constancia sólida de que esa relación traspasase alguna vez los límites de la imaginación del nórdico. Por otra parte, si en algo se distingía la actriz era en su poca discrección a la hora de guardar secretos a sus más íntimos. Ninguna de las personas cercanas a ella tiene constancia de aquel hipotético suceso.

Pero el que fuera director del festival de cine de San Sebastian no se corta y echa más leña al fuego al afirmar que Marilyn fue violada siendo adolescente por Erwin Goddard, compañero sentimental de la mujer que la acojía en aquella época. Y como resultado de aquel asalto sexual, Gasca se basa en los difusos relatos de dos amigas de Marilyn para afirmar que ella quedó embarazada, dió a luz y entregó su hijo en adopción en un hospital local. Ya que nos tiramos de cabeza que sea de un puente alto, digo yo. En realidad, y según afirma Donald Spoto (apoyado por testimonios y datos irrefutables) en su monumental biografía de la Monroe, la agresión no se llegó a consumar y por lo tanto, el embarazo debió ser psicológico, porque lo que es físico parece que no…

Todo vale, insisto, cuando se trata de ella. Pueden inventarle amantes que ni siquiera existieron, embarazos, conspiraciones presidenciales para acabar con su vida… e incluso maridos. Un cuarto marido, en su caso. En esta ocasión fue Anthony Summers (el hombre que popularizó el apelativo de “la diosa”) el que picó el anzuelo como un pardillo al dar veracidad al cuento chino inventado por un buscavidas llamado Robert Slatzer, quien aseguró haberse casado con Marilyn Monroe en Tijuana un 4 de octubre de 1952, en plena relación de la Monroe con Joe DiMaggio. Ni que decir tiene que Slatzer no dispone de ningún documento ni testigos que corroboren su historia. Ni falta que le hace, su palabra es suficiente… y Summers lo dio por bueno sin necesidad de otra cosa que el testimonio de un actor de tercera llamado Kid Chisell, que afirmó haberse encontrado por casualidad con su viejo amigo Slatzer mirando escaparates en Tijuana, y, “ya que estaba allí”, no tuvo inconveniente en ser testigo de su boda. Al margen de lo hilarante de ese cojonudo “ya que estoy aquí, voy a tu boda”, está demostrado que el fin de semana del 3 al 6 de octubre de 1952, Marilyn lo pasó en Los Angeles.

Tan ridícula historia no pudo tener mejor colofón que un divorcio (de nuevo, sin papeles ni registro alguno que lo atestigue) a los tres días de haberse celebrado la boda. Y es que, al parecer, Darryl Zanuck (mandamás de la Fox) mantuvo una fuerte discusión con Slatzer en la que le comunicó que el estudio había invertido demasiado dinero en Marilyn como para echar a perder su inversión por una locura de fin de semana. Nada menos que Zanuck, el hombre que no se dignaba a dirigirse a la pleve a no ser que tuviesen tetas y estuviesen situadas debajo suyo en el cuarto contiguo a su despacho, aquel que usaba para cepillarse a las starlets.

Para desmontar esta absurda historia basta, de nuevo, con leer los pasajes que le dedica Spoto al asunto. Al parecer, el escritor preguntó a Kay Eicher (ex-esposa de Slatzer) acerca del tema recibiendo las carcajadas de ella a cambio. Es ella, de hecho, quien conserva las únicas fotografías que muestran juntos a Marilyn y a Slatzer. Fueron tomadas en el set de rodaje de “Niágara” cuando un joven turista de Ohio (Slatzer) le solicitó a la estrella unas fotos como recuerdo. Acción que Marilyn (pocas veces una estrella fue tan generosa en ese aspecto con sus fans) repetía cientos de veces cada día. Ésa fue la primera y única vez en la que existe certeza de que sus caminos se cruzaran, pese a la afirmación de Slatzer de haber estado durante toda su vida, incluidos sus últimos días, en contacto permanente con Marilyn. Afirmación, ésta última, fácilmente desbaratable, pues ninguna de las personas del entorno de la Monroe dijo haber visto a Slatzer cerca de ella jamás.

Fue precisamente el insistente Slatzer el coautor de otra teoría disparatada: el supuesto romance en Marilyn y Robert Kennedy. Absurda afirmación, sin prueba alguna que la sustente, que casi todo el mundo da por buena. Pavorosa desinformación la que rodea al mito.

El escritor Norman Mailer le dedicó un sentido homenaje en “Marilyn”, para el que optó por la leyenda veraz sin prestar atención a las falacias que crecieron en su entorno. Para él fue la Príncesa Judía. La conversa que renunció a su fe por amor a un tipo, Arthur Miller, que escribió el mejor epitafio para una vida sometida a la impostura constante: “No fui a su funeral. ¿Por qué debía hacerlo? Ella no estaba allí”.

Las leyendas se nutren de realidad y fantasía a partes desiguales. Antes de la era de la información precisaban de soportes físicos (el boca a boca, vamos) para extenderse. Rara era la publicación que se hacía eco de ellas si no era para vilipendiarlas. Todo ello cambió con la aparición de internet y su rápida difusión… y en la Wikipedia encontró su caldo de cultivo soñado. Desde que tan loable experimento se creo (ya saben, se trata de solicitar a los usuarios que ejerzan de académicos) a los tipos de la Wiki se la han metido doblada en infinidad de ocasiones. Y no, no voy a repescar aquel “Culitos Rotos” que colaron en la discografía de Morricone. Esta vez será una de las mayores leyendas urbanas de Tinseltown: la muerte de Lupe Vélez.

Según la entrada en castellano que le hace referencia, ocurrió tal que así:

“El 13 de diciembre de 1944 Lupe Vélez organiza una fiesta. Durante la cena inventa una excusa y se retira a su cuarto. Allí se desnuda, ingiere una dosis mortal de seconal y se tumba en su cama rodeada de una gran cantidad de flores.

Su intención es que su cadáver forme una imagen hermosa cuando lo encuentren (se había maquillado y había depilado su vello púbico dándole forma de corazón).

Sin embargo, la combinación de fármacos y el alcohol ingerido durante la cena la hacen sentirse indispuesta. Debido a las arcadas se levanta para ir al baño. Vomita antes de llegar a la taza. Pisa su propio vómito y resbala, dándose en la cabeza con el lavabo y cayendo inconsciente en la taza, donde perecería ahogada y con el maquillaje desfigurado por el agua.”

El relato incluye todos los elementos propios de una leyenda urbana: un porcentaje de verdad mezclado con otro de sensacionalista fantasía hábilmente aderezado con disparatados detalles que sirvan para ornamentar la narración. A destacar, en este sentido, ese vello púbico rasurado en forma de corazón (casi puedo imaginar las morbosas babas resbanlando por comisura de los labios del tipo que mecanografió el texto) y la absurda espantada de la actriz en mitad de una cena, plantando a sus invitados para ir a matarse tumbada en pelotas en una cama. Impepinable, sí señor. Pero la mejor parte es la de su muerte, ahogada en una taza de water tras quedar inconsciente al golpearse la cabeza contra el lavabo. Algo físicamente imposible pues el baño del dormitorio de Lupe Vélez era gigantesco y la distancia que separaba ambos sanitarios era demasiado larga para que algo así pudiese a ocurrir. Eso por no hablar de que el nivel del agua del retrete no alcanzaba ni la mitad de su tamaño, lo que equivaldría a que la mexicana debió haber caído sobre el retrete, en un alarde de geometría casual, a la altura del abdomen, sino más abajo.

Resumiendo, según la teoría de los tipos de la Wikipedia, una mareada Lupe Vélez se golpeó contra un lavabo quedando inconsciente. A pesar de su inconsciencia se desplazó entre tres y cuatro metros hasta encajar su cuerpo de modo preciso en un retrete con una carga de agua media en donde pereció ahogada. Ni la teoría de la bala mágica que oficialmete se cepilló al presidente Kennedy superaría tal disparate.

Discutibles serían también los motivos que le llevaron a dar tan fatal paso. Para los tipos de la Wiki fue la negativa de su ocasional amante, el actor austriaco Harald Ramond, de hacerse responsable del hijo que esperaba casándose con ella. Lupe, católica practicante, no podría haber superado la vergüenza de ser madre soltera. Y como es lógico, decidió matarse ella y al feto, cometiendo un doble pecado mortal para la iglesia católica: suicidio y asesinato. Por supuesto, el argumento wikipédico se cae a trozos. Para empezar porque Harald Ramond estaba casado en aquel instante. Segundo, porque la Vélez era cualquier cosa menos una devota católica (de hecho, se divorció en varias ocasiones, y eso también estaba mal visto dentro de la comunidad católica de aquella época). Y tercero, porque las razones que le impulsaron en realidad seguramente fueron su decaída estrella (en sus últimos años se vio obligada a trabajar en producciones de clase Z, ella que fue una de las grandes divas del Hollywood dorado) y la enorme cantidad de deudas que arrastraba. Lo del embarazo simplemente fue utilizado por ella a modo de trágico complemento para adornar su “poética” muerte.

Lo cierto es que nadie sabe con exactitud lo que ocurrió aquella noche en la mansión de Rodeo Drive, pero la versión más fidedigna pertenece, una vez más, a Kenneth Anger quien tras prender la chispa que inició la leyenda del retrete asesino en el primer volumen de su “Hollywood Babilonia” rectificó en su continuación sugiriendo que el Spitfire méxicano, como era conocida Lupe, murió en el acto al golpearse la cabeza contra el lavabo. Y así fue como lo describió…

En 1944, endeudada hasta el cuello y embarazada de su más reciente amante, Harald Ramond, Lupe decidió escenificar con sumo cuidado la última noche de su vida. Encargó un inmeso ramo de flores e invitó a dos amigas a la Última Cena y luego, a las tres de la mañana, se quedó sola en su falsa hacienda de Rodeo Drive. El dormitorio era un mar de nardos y gardenias; resplandecían las llamas de varias docenas de velas. Vestida de lamé plateado, la Lupe se instaló en aquel altar, escribió una nota de despedida al padre del feto, abrió un frasco de Seconal y se zampó las setenta y cinco bolitas. Entrelazó las manos en ademán de plegaria y se tendió en la cama escenificando así lo que ella vería como una imagen fotográfica final de exquisita belleza. Esperó que el medicamento hiciese efecto imaginando los periodicos del día siguiente con su inmaculada imagen en portada. Pero el Seconal no quiso mezclarse bien con la picante Última Cena. Lupe empezó a sentir retortijones y a vomitar, dejando una hedionda estela de vómito desde la cama hasta el baño, donde resbaló en las baldosas y cayó dándose de cabeza contra el borde del lavabo. A la mañana siguiente el cadáver fue descubierto por Juanita, la doncella. La imagen no era bella ni cautivadora.

Y es que las cosas rara vez salen como se planean.

En 1974, Donald C. Willis, conocido crítico norteamericano experto en el género de la ciencia ficción, recibió el encargo de escribir un estudio crítico de la obra de Frank Capra. En un principio, Willis rechazó la propuesta argumentando que las “almibaradas” películas del director italoamericano eran lo opuesto a lo que él consideraba interesante. Además, su mal momento anímico le pareció poco apropiado para realizar una aproximación al personaje. Convencido por un amigo de revisar algunas de las películas de Capra, Willis se sorprendió al reencontrarse con “Qué Bello es Vivir”, “El Estado de la Unión” y “Vive Como Quieras”. Eran películas completamente diferentes a lo que él recordaba. De hecho, en ese momento comenzaba a interesarse por escribir el proyecto propuesto cuando vio “Juan Nadie”. El impacto fue tal que desde el momento de abandonar la sala de proyección escribir el libro se convirtió en una obsesión que le impidió casi dormir hasta haber concluido el texto que terminaría convirtiendose en uno de los mejores estudios críticos escritos sobre las películas dirigidas por Frank Capra.

Las reticencias iniciales sufridas por Willis son muy comunes. Se tiende a clasificar la obra de Capra de modo equívoco, otorgandole etiquetas tan poco vistosas como las de cursi, edulcorado e inocentemente idealista. De hecho, hubo una época en la que la sóla mención de su nombre servía para desacreditar a quien lo pronunciase… El sentimentalismo de su cine es banal, simplista, populista, el nivel de ideas es absurdo, vacío de intelectualidad, dijo el crítico britanico Gerald Mast tras visionar “El Secreto de Vivir”. Como le ocurrió a Ford, la politizada década de los sesenta no fue buena para él.

Pero su cine va mucho más allá. Con frecuencia se olvida que en pocas ocasiones la pantalla ha reflejado la miseria y crueldad del ser humano hacia sus semejantes como lo hizo él en sus películas. Capra mostró siempre una faceta bipolar fácilmente reconocible. Gustaba de someter a sus personajes a situaciones límite que solía situarles frente a gestos desesperados como el suicidio (Juan Nadie, Qué Bello es Vivir, La Amargura del General Yen) para terminar por redimirles (no siempre) mediante improbables muestras de solidaridad ajena. Todo ello expuesto casi siempre bajo los mecanismos de la comedia, el género en el que él se sentía más cómodo.

Como Willis, reconozco en “Juan Nadie” una obra mayor a la media de su obra. La historia del vagabundo descreido que tras ser captado por un grupo de poder es utilizado como cebo para atraer a la clase media y mediabaja con fines políticos, fue desde siempre malinterpretada; Fue acusada de fascista por unos… John Doe encarna a un completo fascista que sospecha de todas la ideas y todas las doctrinas, pero que cree en el compromiso innato del hombre corriente (Andrew Sarris en “American Cinema”) y de marxista por otros… Walter Brennan es el enemigo del dinero y el abogado de un rechazo chaplinesco de la sociedad y la civilización. Es, quizás, el orador marxista de la película (Gerald Mast en “The Comic Mind”), por citar algunas de las alucinadas opiniones que obviaron lo más evidente del discurso de Capra: el desgarro del hombre corriente incapaz de enfrentarse a un sistema que puede encumbrarle y hundirle en cuestión de horas.

Doe no cree en nada ni en nadie porque no tiene motivos para hacerlo. Su fugaz encuentro con la fama, al que llega en busca de un plato de comida caliente, le humanizará paulatinamente. Primero se encontrará con la bondad casi infantil de sus primeros seguidores, momento en el que El Coronel, irrecuparable misántropo compañero de sus andanzas homeless, le advertirá del peligro que corre al mezclarse con las “personas normales”. Después se reencontrará (en varios momentos, Doe, deja entrever una borrascosa relación pasada) con el amor encarnado en la figura de Ann, miembro del equipo destinado a convertirle en títere populista. Finalmente se completará su metamorfosis lo que hará que su literal caida sea aún más dura si cabe… Pero esa es otra historia. O mejor, un nudo. El nudo.