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Para mis padres

Para Rosa Para Inma, testigos directos

“Un hombre cuenta tantas veces sus historias que termina convirtiéndose en parte de ellas. Ellas le sobrevivirán, y ése es el camino que le convertirá en inmortal”

“Hay un momento en el que un hombre necesita pelear y un momento en el que necesita aceptar que su destino es perder, el barco ha zarpado y solo un loco continuaría el viaje”

Este blog nació con el objeto de salvar vidas. Nació con el objeto de salvar una vida…

En mayo de 2005 lo creé bajo otro nombre, en otro lugar. Desde entonces, mi vida ha sido un continuo tobogán de emociones difícilmente controlables. Nunca imaginé que el mundo de mentira podría ofrecer tanto calor. Que unos desconocidos podrían ser tan cercanos a otros. El pasado tres de mayo el objetivo de este lugar recibió la puntilla final, esperada e inesperada al tiempo, que significa el adiós definitivo antártico que tanto se ha diluido gracias a la esperanza, esa palabra maldita que oculta tanta fuerza.

Volveré a postear, claro que sí, en otro lugar, pero ahora hay otras cuestiones que reclaman toda mi atención. Tengo mucho dolor que asimilar. Dolor que se hizo tan insoportable entre febrero y marzo que pensé no lo podría superar. Y hay una persona, mágica y especial, a quien pretendo robar todo su tiempo y regalarle la mayor parte del mío, que nada vale. A ella le debo tanto y, sobre todas las cosas, la quiero tanto.

Los últimos tres meses han parecido tres años, así de intensos han sido. Y sigo con la sensación de que no los he aprovechado como debía. Tengo la certeza de ello. El pez grande se ha ido ya y lo ha hecho como él habría querido: guardando parte de su mejor repertorio para el final. Le quiero, les quiero, y ya no están. Este lugar nació en su honor. Y sin él, y sin ella, no hay razón para continuarlo. Pero ha cumplido con su objetivo: el de salvar una vida. Ha salvado la mía…

“Y esta es la historia de mi vida”

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” Es una perfecta familia americana: padre, madre, hijo e hija. La madre le comenta a su marido la conveniencia de pasar más tiempo con los niños, como recomiendan los panfletos de una campaña estatal. Acto seguido, vemos al padre acostado con la hija y a la madre con el hijo… El padre exclama: ‘Es cierto… Es genial pasar más tiempo con tus hijos’ “

Fragmento de un cómic de Robert Crumb.

La pasada semana, mientras intentaba poner orden entre las miles de cintas de vídeo que se amontonan en el trastero, me topé con la palabra “Crumb” escrita con tinta azul en la etiqueta de una vieja cinta Kodak… Hacía diez años que no la veía. Y sinceramente, habría preferido no volver a hacerlo.

Es terrible….. es terrible ver a Charles, hermano de Robert, confesando a la cámara la puta vida que tuvo que vivir. Es terrible escuchar la atronadora voz de la madre (a la que nunca vemos, pero que siempre está) preguntando cuándo se van a largar los jodidos periodistas, dónde ha metido las llaves o qué le apetece para cenar. Es el retrato de dos perdedores. Uno que aprovechó de su talento y de la coyuntura de los tiempos para escapar de su destino. El otro, un hombre de cuarenta años, completamente alienado e incapaz de salir de su casa.

El recuerdo de los abusos sufridos en el colegio son comentados por los dos hermanos juntos. “Eras un chico guapo” dice Robert… “En una ocasión una chica se interesó por ti. Llegasteis a salir” (Robert) “Al final me dejó tirado en la tercera cita. Decía que era raro” (Charles).

Vemos a Robert en su gris vida cotidiana. Vive en un piso pequeño. Desayuna junto a su esposa e hija, bromea con la pequeña (ahora convertida en brillante dibujante de estilo similar al de su padre) y ríe por todo, esa risa floja más propia de el débil mental que del genio del cómic que es. Una vida tan gris como cualquier otra es un paraíso inalcanzable para su hermano mayor.

Y el relato continua… Se repasa la carrera de Crumb. Su obsesión por el sexo. Por distorsionar la realidad de modo grotesco, para hacer aflorar la verdad de las cosas. Sus amigos hablan de él. Su primera novia. Su editor… Mientras, en breves flashes, Charles prosigue hundiéndose palabra a palabra. Su boca desdentada despide el documental con la mirada vacía del que nada tiene y a nada aspira.

FUNDIDO EN NEGRO

“A la memoria de CHARLES CRUMB, fallecido a los pocos días de terminado el rodaje. Causa su muerte: Suicidio”

No quiero pensar en lo mucho que influyó la filmación del documental en su decisión. En lo que tuvo que doler recordar todo aquello. Tiré la cinta. Mi hermano la encontró en el montón de las destinadas al cubo de la basura. Quiso quedársela y se la regalé. No quiero volver a pasar un día entero deshecho como la primera y única vez que la vi.

Posteado originalmente en enero de 2006.

Hace poco murió Brad Renfro (se veía venir) y ahora le ha tocado el turno a Heath Ledger. Se ha quitado de en medio al parecer. Nada que objetar. Nunca reparé en su rostro rocoso hasta que interpretó a Ennis del Mar en “Brokeback Mountain”. Aquel día le conocí pese a llevar diez años viéndole en pantallas color plata. Me da igual que no hubiera superado su ruptura con Michelle Williams, que fuese extremadamente sensible o que las pastillas para dormir que ingirió fuesen veinte en lugar de dos. Eso queda para los carroñeros que no le conocían pero ahora harán de su vida un circo. Me quedo con la frase que le dedicó Magareth Pomerantz, una de las últimas personas que consiguió entrevistarle:

“Era tan difícil lograr que levantara la mirada”

Nunca le habría conocido, pero me habría gustado que se quedara por aquí algún tiempo más.

Kara Mynor era apenas una cría cuando se fue de su Ohio natal rumbo a California. Su sueño era convertirse en actriz porno y a fe que lo consiguió. Su cuerpo menudo, su aspecto de niña y sus pechos pequeños como mandarinas jugaban a su favor. Hace tiempo que la industria buscaba adolescentes que además lo pareciesen.

Una vez logrado el objetivo, llegó el momento de medrar en busca del estrellato. Para ello, sólo es necesaria la “actitud” y a ella le sobraba. Sonreía cuando le tocaba tragar y seguía haciéndolo cuando los tipos del equipo técnico le metían mano. Era una estrella en potencia. A nadie le importaba que hubiese dejado un hijo recién nacido en brazos de su abuela materna. Tampoco importaban las horas gastadas en la barra de club de striptease. Ella valía mucho más y lo iba a demostrar. Y así fue, hasta que Skooby (su representante) se hartó de sus extravagancias e idas de olla. Se acabó la coca, aunque para hacerlo efectivo fuera necesario atarla. Así lo hizo. La metió en una jaula y allí la dejó durante tres días hasta que estuvo a punto de deshidratarse. Pasado ese tiempo, Kara consiguió escapar y pedir ayuda. Esa es su versión. La de Skooby y sus “chicas” es otra completamente distinta.

Su fama de chica díscola creció desde entonces. Hizo un amago de volver a Ohio, pero se quedó en la ciudad. “La gente necesita amigos”, decía, y ella no los tenía por allí. Por eso se entregó a las drogas. Primero fue coca, pero la abandonó cuando su precio se convirtió en prohibitivo. Después llegaron los tranquilizantes. Con receta no resultaban demasiado caros y ella sabía como conseguir papeles con firmas de médicos.

Un día se cortó las venas. Pero no fue nada, una llamada de atención, dijeron los médicos. De hecho, a ella le encantaba enseñar sus cicatrices. Otro día la encontraron en la calle, desnuda, gritando el nombre de su hijo. Parecía flipada. Después descubrieron todo un cargamento de Xanax en su estómago. Joel Lawrence (actor porno y representado de su novio ocasional) estaba con ella, trataba de calmar la batalla legal perdida en la que su ex se quedaba con el niño alegando que su madre era una estrella del porno que le tenía desatendido. Ella lloraba y gritaba el nombre de su hijo una y otra vez. Así hasta que llegaron los paramédicos. Ellos la sujetaron y entubaron. Ella gritó, una vez más: “Éste es mi cuerpo y hago lo que quiero con él”. “No en California” -dijo uno de los paramédicos- “Tenemos leyes que impiden que la gente se mate”. La llevaron a un hospital. Desde allí se marchó a Ohio.

Meses más tarde volvió. Parecía otra con sus 19 años a cuestas. La piel ennegrecida, la uñas raídas, el rostro cambiado. Le costó trabajo encontrar un productor que confiara en ella. Pero ella tenía “actitud”. Ahora, tenía pechos nuevos, como balones de fútbol, y nuevos bríos. Se ha cambió el nombre por el de Kara Bare y más tarde por el de Shawna Lenee, y aseguraba que recuperaría a su hijo en cuanto tubiese el dinero suficiente para costearse un buen abogado. A veces parecía una yonki, a veces no, aunque decía que estaba limpia. Aparentaba más años de los 20 que acaba de cumplir.

El Valle de San Fernándo está cubierto de historias como la suya. Carne joven que llega fresca al mercado. Hace tiempo que la industria se convirtió en un mercado. Sophia Lynn podría hablar sobre el tema, pero calla…

Sophia desapareció un día. Iba para estrella, para chica Vivid, pero se quedó en el camino cuando decidió no presentarse en una convención. Dijo que había tenido un accidente de coche, pero nadie la creyó. Apareció meses más tarde en Florida, su estado natal. Decía que no quería saber nada de la industria azul, pero trabajaba como stripper, justo un escalón por debajo del mundillo. Hace poco tiempo volvió. Quiso regresar con su antiguo agente, pero éste no quiso acogerla. Encontró acomodo en un nuevo regazo y prosiguió su carrera en el lugar en el que lo había dejado. Sigue poniendo cara de asco cuando el actor se corre en su cara.

Y es que si tienes escrúpulos mejor dedícate al polo. Es al menos lo que debió pensar Sunny Lane cuando sus padres presumieron de hija pornstar en televisión. Ella disfruta de lo que hace y no le va mal. Pero la polémica de ver a sus progenitores en pantalla le perseguirá siempre.

Algo parecido de lo que le ocurrió a Katie June. Increíblemente guapa (demasiado para el porno, como se suele decir), Katie permitió que su madre fuera captada por una cámara durante su “prueba de admisión”. Egoísta y obsesionada con el dinero, pudimos ver a la madre aleccionando a la hija sobre cómo lograr una mayor verosimilitud en una escena. Katie desapareció pronto del mundillo azul. Es de esperar que su madre lo hiciera de su vida.

He conseguido uno de los fotogramas que ilustran el documental que protagonizó involuntariamente: “Dame tu alma”. Aquí lo dejo…

El dinero no era el problema de Kimberly Cummings. Dicen que su familia estaba forrada. Que tenía negocios petrolíferos y ella era la oveja negra de la familia. Nunca se comprobó. Lo que sí se pudo certificar es que Ariana Jollee sí que lo estaba. Su padre, Gil David, era un conocido locutor de radio de la WHLI de Long Island. Ariana (nacida Laura Jennifer David en 1982) pronto comenzó a despuntar en el mundillo azul gracias a su racial físico. Le gustaba el sexo duro, y es por ello que nunca le faltaron oportunidades para demostrar su talento. Probó cada uno de los palos que se le pusieron a tiro: orgías lésbicas, hombres gays, interracial… Hizo un gangbang (orgía con un único integrante de su sexo en liza) con 15 transexuales brasileños. Después le siguió una orgía masiva con más de 50 gañanes checos. No tenía límites. Su ansia crecía al ritmo que bajaba su autoestima. Se dice que en cada una de sus performaces veía a su padre. Y está la coca, de la que es adicta.

Se ha casado en un par de ocasiones. En una de ellas con Joey Ray, con quien le une una relación autodestructiva que amenaza con llevarse a los dos demasiado pronto. La otra con un tipo coreano. Un tipo grotesco apodado Chico Wang…

Inkyo Volt Hwang, alias Wanker Wang, alias Chico Wang, no tenía un talento definido. Le gustaban las chicas, pero su aspecto físico no era el mejor para atraerlas. Así que, trató de potenciar sus aspectos positivos. Entre ellos, su labia. Era capaz de hacer reír a una chica. De hecho, era capaz de hacer reír a cualquiera. Tenía la facultad de hablar y ser escuchado, si bien siempre se esperaba de él que dijera algo divertido.

Haley Page nació en México, hija de padre galés y madre mexicana. Su autentico nombre era Maryam Irene Haley. Llegó a los States a los 12 años, después de una complicada infancia en su país de nacimiento. Al parecer, su tío abusó de ella. Aunque fueron las bandas las que más daño la hicieron. Según ella misma contó, la violaron en grupo en más de una ocasión. Llegada a su nuevo país, comenzó una vida marcada por la desestructuración familiar. Su padre inició una nueva vida lejos de su madre y ella misma comenzó una hilera de desplazamientos que la llevaría hasta Hawaii. Finalmente instalada en el continente, comenzó a despuntar como modelo de desnudo mientras trabaja como cajera en un Blockbuster. El dinero no le llegaba para pagar el alquiler y vivir al tiempo. Su cuerpo voluptuoso anulaba el desencanto que le producía el sexo. Desencanto que creció tras casarse con el director Martin del Toro y comprobar que él sólo la quería para conseguir la residencia. Fue estrella prácticamente desde sus inicios en el negocio. También fue yonki desde entonces. Conocida era su afición por fumar heroína.

Inkyo, convertido ya en Chico Wang, comenzó a medrar rápidamente. Sus fantasías sexuales encontraron fácil acomodo en las del onanista anónimo. Se dio a conocer como un brutal hacedor de porno. Sus películas eran extremas, tanto que heredó la salvaje serie prohibida de Khan Tusion en una conocida página porno de Internet. Todo lo cubría con aparente amabilidad: hablaba con las chicas, las tranquilizaba, para después abusar de ellas mediante sus actores. Presumía, además, de haberse acostado con la mayoría de ellas sin cámaras ni dinero de por medio.

Sus vidas confluyeron. Haley, la estrella porno, conoció a Chico Wang en el rodaje de “Spring Chickens 3”. Él no era muy alto, era gordo y poco agraciado, pero tenía el encanto de su simpatía. Por entonces, Chico mantenía una relación con Ariana Jollee, así que dejó pasar el tiempo. No sentía gran atracción por él, pero se sentía cerca de su fuerte personalidad. Sus planes de convertirse en sexóloga cada día estaban más lejos, se sentía atrapada por la industria. Haley tenía que estar en tal convención, de no hacerlo sus fans se sentirían defraudados, de modo que iba y dejaba sus planes aparcados para mejor ocasión. Así transcurrió su vida hasta que se reencontró con Wang. Ella venía trastabillada de su relación con Del Toro y él buscaba una nueva tía buena a la que tirarse. El problema surgió cuándo él se obsesionó con ella.

Primero trató de convencerla de que limitase sus apariciones en el porno. Después quiso saber en qué lugar se encontraba a cada instante del día. Finalmente la secuestró. El 28 de junio de este año, la llevó a un apartamento en el que grabó como la violaba. Después la golpeó con la culata de una pistola y la dejó sola en la habitación, momento que ella aprovechó para escapar y denunciarle. Fue encarcelado y comenzaron a aparecer cargos del pasado. En 1997, Inkyo fue acusado de secuestrar a Helen Na, su novia en la facultad. Según se supo, pasó dos años de su vida en la cárcel acusado de intento de rapto, violación y asalto con arma mortal. Su pena fue rebajada gracias a que el abogado convenció al jurado de que en su cultura tal actitud era “frecuente”.

Difícil de explicar resultaría la razón que llevó a Maryam a retirar los cargos dos días después de la denuncia. Más difícil sería comprender por qué se casaron un 2 de agosto, diecinueve días antes de su muerte.

El 21 de agosto su cuerpo era encontrado sin vida en un apartamento de King City. Según el coroner (algo así como un funcionario que investiga las muertes poco claras) no había ni rastro de violencia en el escenario del crimen. Tampoco de Wang. No se supo nada de él durante semanas. En un principio se le acusó de la muerte de Maryam, alegando su extraña desaparición como prueba máxima. Se dijo que había abandonado el país rumbo a extremo oriente tras consumar el asesinato presa de los celos. Sin embargo, el 29 de septiembre era encontrado su cadáver en un cochambroso hotel de Morgan Hill. Según el coroner que examinó su muerte, ésta se debió a una sobredosis. El análisis toxicológico de Haley no aclaró las cosas. Extraoficialmente murió de sobredosis de heroína, si bien, uno de los policías señaló a Wang como directamente implicado en la muerte de su esposa. A día de hoy siguen sin conocerse con exactitud las razones de la muerte de Haley y si en ésta intervino otra persona. Lo cierto es que los dos están muertos. Y que el padre de Maryam, terriblemente afligido por la vida y muerte de su hija, hizo publica ésta última y morbosa imagen.

Luke Ford: ¿Como crees que te describiría la gente que te conoce bien?

Chico Wang: Como un psicópata borracho sin límites. No dejo que demasiada gente entre en mi círculo. Cuándo estás dentro, estás dentro. Y cuándo estás fuera, estás fuera para siempre.

Pregunta: ¿Cuál es tu herencia genética? Pareces asiática, pero he escuchado que eres mitad mexicana mitad galesa.

Haley: Soy mitad mexicana mitad galesa. Nunca me habían dicho que parezco asiática. ¡¡Es nuevo para mí!!

Question: ¿Tienes novio o marido?

Haley: No, soy soltera, y me encanta serlo…

Question: ¿Has probado las drogas duras?

Haley: Lo hice cuándo era adolescente. Después crecí deprisa y no volví a hacerlo en seis años. No me gustan las drogas…

Juan Antonio Cebrián era el “El Cebri”. El colega, el amigo. Desde que le encontré por casualidad, hará unos diez años, nunca me faltó. El día en que mi hermana pequeña se sometió a una delicada operación, allí estaba él, compañero de insomnio, hablando de los bimanas, de invasiones godas o de casas encantadas. Y entonces, al escucharle, me sentía aliviado, todo iba bien. No era un amigo, era más. Era el consuelo que seguía al dolor de los días. El mismo consuelo que debe necesitar Silvia, su esposa. No sé por qué, pero el primer pensamiento que me llegó a la cabeza tras escuchar que él ya no estaba, fue para ella. Recordé aquel retrato que le dedicó el diario El Mundo en la que la definía como su mujer, su confidente, su amante, su productora, su chófer, sus ojos. No imaginaba la vida sin ella, decía. Me pregunto ahora cómo podrá ella imaginar la vida sin él.

Y tal vez la cuestión sea otra. Para C.S. Lewis la solución al dolor era sencilla: nunca debes encariñarte con nadie. Si no hay amor no hay dolor. Pero no querele a él era tan difícil. Transmitía la inocencia y la capacidad de asombro de un niño. En su voz, las invasiones napoleónicas perdían su componente cruel para convertirse en parte de una novela de aventuras de Jack London o Salgari. Al sonar la melodía del programa, la misma que acompañó a Hugh Grant cuando subió una colina y bajó de una montaña, el mundo se detenía y todo parecía tener solución. Pintores, escritores, soldados de guerras olvidadas. Recuerdo que tras su retrato de los últimos días de vida de Edgar Allan Poe se adivinaban sus lágrimas. Las mismas que derramamos, todos los que formamos la logia rosaventera, ayer noche. Porque fue anoche, cuando subí al coche de J. e inicié el ritual de cada sábado en busca de su voz, que encontré otra, quejosa, anunciando la muerte de Juan Antonio Cebrián esa misma tarde a los 41 años de edad. Y el mundo, mi mundo, se vinó abajo en aquel momento porque el Cebri era uno de sus pilares más sólidos. Ha muerto un hombre bueno, dijo un lloroso Iker Jiménez, a la misma hora en otro lugar. La balanza se ha desestabilizado un poco más desde esta noche.

Se ha escrito y hablando tanto de ella y la mayoría ignora que su autentico nombre se corona con una e final y el Baker materno enmascara a un padre nunca conocido apellidado Mortensen.

A la hora de hablar de Marilyn Monroe todo vale. Inventense cualquier cosa que será dada por buena y seguramente publicada sin necesidad de ser contrastada. Desde la afirmación de Anthony Summers de que su destino estaba marcado al heredar el camerino que perteneció a Marlene Dietrich en los estudios de la Fox (cosa difícil, pues Marlene jamás trabajo para la Fox), hasta romances otoñales (lo contó Luis Gasca) con Errol Flynn que nunca ocurrieron. Al fin y al cabo todo en su vida fue falso: Falsa rubia con nombre falso que utilizó su cuerpo para medrar en la industria durante sus primeros e inseguros pasos. La lista de productores, agentes, fotógrafos y personalidades varias de la industria a los que se entregó es interminable. Para ella el sexo era a la vez un arma y un juego divertido exento de cualquier connotación negativa. En una ocasión, cuestionada por Truman Capote acerca del quién había sido su mejor amante, confesó: “Conocí a un tipo que estaba emparentado con Gary Cooper. Un corredor de bolsa, nada atractivo; tiene sesenta y cinco años y lleva unas gafas de cristales muy gruesos. Gordo como una medusa. No sé qué paso, pero…”

Falsa pues, es la vieja afirmacion de que fue una víctima usada por todos. Ella se prestó al juego de Hollywood y sacó mayor tajada que los 10 minutos de placer físico que lograron la mayoría de sus amantes a cambio. Pero, por supuesto, a efectos populistas siempre fue más atractivo enfatizar la tragedia y más rentable víctimizar las muertes tempranas.

En las cientos, puede que miles, de biografías que se han escrito sobre su vida se ha dicho de todo y casi todo es falso. Entre las más delirantes se encuentra la escrita por Luis Gasca en 1987 bajo el paradójico (irónico, más bien) título de “Marilyn Monroe: Toda la verdad”. El libro, repleto de datos sin confirmar, medias verdades y hechos directamente inventados por terceros que Gasca se limitó a transcribir sin comprobación previa, sería incluso divertido de no ser por lo escabroso de algunos de sus pasajes. Entre ellos se narra un supuesto abuso sexual sufrido por Norma Jeane a la edad de 11 años por parte de un tal señor Kimmel, supuesto vecino de la familia con quien vivía por entonces. En el grueso de biografías más rigurosas y documentadas sobre la vida de la Monroe no se hace referencia alguna a ese sujeto ni a dicho incidente. Es más, Gasca se basa en la confidencia que Marilyn le habría contado al periodista danés, Hans Jörgen Lembourn, quien, según afirma él mismo, mantuvo una relación con la reina platino. No hay constancia sólida de que esa relación traspasase alguna vez los límites de la imaginación del nórdico. Por otra parte, si en algo se distingía la actriz era en su poca discrección a la hora de guardar secretos a sus más íntimos. Ninguna de las personas cercanas a ella tiene constancia de aquel hipotético suceso.

Pero el que fuera director del festival de cine de San Sebastian no se corta y echa más leña al fuego al afirmar que Marilyn fue violada siendo adolescente por Erwin Goddard, compañero sentimental de la mujer que la acojía en aquella época. Y como resultado de aquel asalto sexual, Gasca se basa en los difusos relatos de dos amigas de Marilyn para afirmar que ella quedó embarazada, dió a luz y entregó su hijo en adopción en un hospital local. Ya que nos tiramos de cabeza que sea de un puente alto, digo yo. En realidad, y según afirma Donald Spoto (apoyado por testimonios y datos irrefutables) en su monumental biografía de la Monroe, la agresión no se llegó a consumar y por lo tanto, el embarazo debió ser psicológico, porque lo que es físico parece que no…

Todo vale, insisto, cuando se trata de ella. Pueden inventarle amantes que ni siquiera existieron, embarazos, conspiraciones presidenciales para acabar con su vida… e incluso maridos. Un cuarto marido, en su caso. En esta ocasión fue Anthony Summers (el hombre que popularizó el apelativo de “la diosa”) el que picó el anzuelo como un pardillo al dar veracidad al cuento chino inventado por un buscavidas llamado Robert Slatzer, quien aseguró haberse casado con Marilyn Monroe en Tijuana un 4 de octubre de 1952, en plena relación de la Monroe con Joe DiMaggio. Ni que decir tiene que Slatzer no dispone de ningún documento ni testigos que corroboren su historia. Ni falta que le hace, su palabra es suficiente… y Summers lo dio por bueno sin necesidad de otra cosa que el testimonio de un actor de tercera llamado Kid Chisell, que afirmó haberse encontrado por casualidad con su viejo amigo Slatzer mirando escaparates en Tijuana, y, “ya que estaba allí”, no tuvo inconveniente en ser testigo de su boda. Al margen de lo hilarante de ese cojonudo “ya que estoy aquí, voy a tu boda”, está demostrado que el fin de semana del 3 al 6 de octubre de 1952, Marilyn lo pasó en Los Angeles.

Tan ridícula historia no pudo tener mejor colofón que un divorcio (de nuevo, sin papeles ni registro alguno que lo atestigue) a los tres días de haberse celebrado la boda. Y es que, al parecer, Darryl Zanuck (mandamás de la Fox) mantuvo una fuerte discusión con Slatzer en la que le comunicó que el estudio había invertido demasiado dinero en Marilyn como para echar a perder su inversión por una locura de fin de semana. Nada menos que Zanuck, el hombre que no se dignaba a dirigirse a la pleve a no ser que tuviesen tetas y estuviesen situadas debajo suyo en el cuarto contiguo a su despacho, aquel que usaba para cepillarse a las starlets.

Para desmontar esta absurda historia basta, de nuevo, con leer los pasajes que le dedica Spoto al asunto. Al parecer, el escritor preguntó a Kay Eicher (ex-esposa de Slatzer) acerca del tema recibiendo las carcajadas de ella a cambio. Es ella, de hecho, quien conserva las únicas fotografías que muestran juntos a Marilyn y a Slatzer. Fueron tomadas en el set de rodaje de “Niágara” cuando un joven turista de Ohio (Slatzer) le solicitó a la estrella unas fotos como recuerdo. Acción que Marilyn (pocas veces una estrella fue tan generosa en ese aspecto con sus fans) repetía cientos de veces cada día. Ésa fue la primera y única vez en la que existe certeza de que sus caminos se cruzaran, pese a la afirmación de Slatzer de haber estado durante toda su vida, incluidos sus últimos días, en contacto permanente con Marilyn. Afirmación, ésta última, fácilmente desbaratable, pues ninguna de las personas del entorno de la Monroe dijo haber visto a Slatzer cerca de ella jamás.

Fue precisamente el insistente Slatzer el coautor de otra teoría disparatada: el supuesto romance en Marilyn y Robert Kennedy. Absurda afirmación, sin prueba alguna que la sustente, que casi todo el mundo da por buena. Pavorosa desinformación la que rodea al mito.

El escritor Norman Mailer le dedicó un sentido homenaje en “Marilyn”, para el que optó por la leyenda veraz sin prestar atención a las falacias que crecieron en su entorno. Para él fue la Príncesa Judía. La conversa que renunció a su fe por amor a un tipo, Arthur Miller, que escribió el mejor epitafio para una vida sometida a la impostura constante: “No fui a su funeral. ¿Por qué debía hacerlo? Ella no estaba allí”.

… Y vía “La Vanguardia” y por mediación de Miss Ice…

Se definía a sí mismo del mismo modo en que lo hizo el Doctor Polidori (“hablo siete lenguas y ninguna bien”)… Soñé con convertirme en estrella de rock o en líder revolucionario, fracasando en ambos campos por mi corta estatura, mi voz repugnante y mi imagen francamente doméstica…

Y así era en realidad. Era menudo a pesar de la embergadura extra que le otorgaban los sombreros de fieltro que solía usar. Su voz era aspera y quebradiza, desagradable al oído sino fuese porque escucharle resultaba fascinante. Su aspecto era frágil y triste, como si la añoranza de un destino mejor se hubiese adosado a su espalda al nacer. Todo ello no supuso ningún impedimento para que lograse seducir a una de las mujeres más bellas de la época, de todas las épocas: Jean Seberg. Mala combinación, pues al caracter volatil de ella se sumó el apasionado de él. En una ocasión, en París, Jean le esperó en una habitación durante horas, en penumbra, antes de lanzarse por los pasillos desnuda gritando su nombre. Él, mientras, se desesperaba atrapado en un roñoso tren paralizado por las averías y la miseria.

Amó siempre con intensidad y siempre le salió mal… Desengaños amorosos me llevan a tierras lejanas como África Occidental y a arriesgadas aventuras como cazar ballenas en la isla de Madeira. Naderías comparadas con el oficio de director al que accedió con la ayuda de su tío Jesús, maldito como él pero superviviente, eso que él siempre supo que no sería. Fue actor y escribió para otros, un modo como otro cualquiera de salir adelante. Dirigió películas que nadie vio (“El Sueño de Tánger”, “El Desastre de Annual”) víctimas de la tiranía de la taquilla cuando no de la censura. Se ganó el pan con encargos para televisión, pero aun en tan hostil medio logro filtrar poesía (la escena final del capítulo que dirigió para la serie “La Mujer de tu Vida”… Aquel día nevó en el trópico). Se estrelló al hacer imagen su pasión por la música (Berlín Blues”), se atrevió a filmar la continuación de “El Desencanto”, con resultados más que notables y se autoinmoló al radiografiar su alma para darla a conocer a un público poco interesado en el trueque (“Los Restos del Naufragio”). Pero sobrevivió, a las decepciones y a las dentelladas de una crítica que siempre consideró su éxitosa “Pascual Duarte” como la confirmación de que la flauta puede sonar si un asno se halla del otro lado.

También escribió, como lo hizo Polidori. “Los Restos del Naufragio” fue su primer y único libro de poesía… He escrito estos poemas en el breve espacio de diez años y son todos los que he escrito en mi vida. También soy vago como poeta, si es que acaso lo soy. En ellos he tratado de contar partes de mi vida de esos diez años, pero no tal como fueron, sino como me habría gustado que fueran… Así era él, la clase de persona que añadiría dos pingüinos a una historia desarrollada en el desierto sólo por hacerla más interesante. Pero sus fantasiosas historias reales no interesaron a nadie y su libro se cargó de polvo en alguna biblioteca de Argel.

Siempre convaleciente, su débil corazón pareció absorver cada una de las frustraciones que siempre cargó a sus espaldas, pues su virulencia tan sólo se expresaba a través de su pluma. Odiaba al Brando hombre y adoraba al Hitchcock director. No perdonaba la crueldad que esgrimía el americano en su vida privada pero adoraba la exposición de ella que revelaba el inglés en la ficción. Contradictorio, sí. Otra de sus facetas que él asumió como defecto.

Mil veces enterrado en vida, en 1997 Pedro Costa le propuso la dirección de una historia que él se veía incapaz de desarrollar. Se trataba de la peripecia real que unió a un tipo castrado (el manso), una prostituta apaleada (la tuerta) y a un quinqui drogadicto sin pasado ni futuro (el bonito de cara). Cuando se hizo público que sería él quien rodase finalmente la película, nadie apostó por ella ni por él. Se cuenta que durante el rodaje todos fueron conscientes de que ocurría algo extraordinario, esa sensación extraña que proporciona el estado de gracia cuando se posa en un lugar. Cuando se estrenó la vi en un pequeño cine de las afueras. Era miércoles, día del espectador, y fuera llovía. Ya cerca del final miré hacia atrás durante la proyeccón (cosa que, como a Amelie, me encanta) y pude ver una sala repleta de lagrimones brillantes como perlas reflejando la luz de la pantalla.

Conseguido su objetivo de hacer algo bien (él siempre se menospreció, incluso públicamente, sin recato) sin ser consciente de que nunca hizo nada mal, le llegó el turno de recordar a Jean. No hubo tiempo, la puta suerte otra vez. Murió joven, durante el rodaje de “Lágrimas Negras”, retrato esquizofrénico sobre la locura, el amor y la fatalidad que sin él ya no fue igual.

Dejó una hija, aún niña, a la que él adoraba, un montoncito de películas que casi nadie conoce, un libro de poemas que pocos han leído y un montón de historias que le encantaba contar siempre a media voz y que sólo disfrutaron unos pocos.

No sé si volveré a escribir, pero si lo hago pienso hacerlo desde Kingston, Jamaica. Dada mi irresponsabilidad, me temo que no llegaré a viejo, y bien que lo siento.

Ricardo Franco

Sigamos con el repaso más limpio que el cine sucio recibió jamás…

Una de las líneas de búsqueda más frecuentes en Google es “Dead Porn Stars”.  Sí, el viejo mito una vez más: Eros y Tánatos.

Sea como fuere, la muerte y el sexo siempre estuvieron unidos. Más allá de los concursos amateurs de poesía en los que nunca faltan relamidas referencias al orgasmo masculino (como me gusta el recurrido: “Morí dentro de ti”) y del morbo puro y (nunca mejor dicho) duro, son los suicidas los que se llevan la palma a la hora de ser reverenciados por una masa no siempre compuesta por aficionados al mundo del cine azul.

Uno de los casos más conocidos es el de Shannon Wilsey, más conocida por su nombre de guerra, Savannah.

 

Groupie vocacional, la lista de rockeros que la conoció carnalmente podría cubrir cuadernos completos. Vince Neil, Billy Idol, Axl Rose, Marky Mark (Mark Wahlberg) y David Lee Roth, entre otros muchos, la usaron a tiempo parcial. Pero fue Slash, guitarrista de Gun ‘n Roses, quien la hizo creer que para él era algo más que una diversión. Cuando, como era de esperar, Slash se cansó de masturbarse con el cuerpo de la rubia californiana, Shannon cayó un una espiral autodestructiva (problemas financieros, drogas y un extraño accidente de coche que marcó su perfecto rostro) que concluyó la madrugada del 11 de julio de 1994 con una semi-automática apuntando a su sien. Murió nueve horas más tarde en un hospital angelino.

El mismo método fue el elegido por Randy Layne Potes, alias Cal Jammer, actor porno muy activo a principios de los noventa.

 

En su caso fue su caracter depresivo el que le empujó a dar el paso fatal. Bud Lee, quien le dirigió en varias ocasiones, puso el epitafio a tan corta y desgraciada vida: “Era un hombre extraño. Apenas se relacionaba con nadie. En una ocasión, durante un rodaje, cortó una escena para ir al baño. Media hora después, preocupados porque no regresaba, fuimos a buscarle pensando que se estaría colocando. No fue así. Le encontramos tirado en el suelo, llorando”.

Se voló la cabeza en la casa de su ex-esposa, Adrianne Moore, también actriz porno, que, tras la muerte de su marido (y por ahogar penas, supongo), terminó por convertirse en una de las grandes estrellas de la década bajo el nombre de Jill Kelly.

La única presencia europea en este monográfico es ella…

 

Se trata de la francesa, Karen Bach (Karen Lancaume); eXpectacular morena que protagonizó “Base Moi”, uno de esos habituales “escandalos” coyunturales que brinda el cine comercial.

A principios de 2005 visitó a unos amigos parisinos. Apareció muerta la mañana siguiente, víctima de una sobredosis al parecer intencionada. A falta de un regalo conque agasajar a sus anfitriones, les dejó una nota de despedida en la que en lugar de pedir perdón por semejante marrón, garabateó un simple: “Trop pénible”…

Demasiado doloroso, sí. Nadie dijo que fuera fácil.

Megan Leigh, preciosa y rubia actriz muy popular en los años ochenta, fue más críptica a la hora de decir adiós.

 

Eternamente atormentada por la desaprovación materna a su estilo de vida, gastó todo el dinero conseguido durante sus años como actriz porno en la compra de una suntuosa casa valorada en medio millón de dólares. Una vez hubo terminado todos los trámites, a principios de junio de 1990, envió las llaves a su madre y compró una Beretta de segunda mano con el dinero restante. Su cuerpo fue encontrado pocos días más tarde, el 16 de junio, junto a una nota de despedida en la que, además de pedir perdón a su madre una y otra vez, divagaba acerca de irresolubles problemas personales y sentimentales.

Según parece, su madre no rechazó el presente…

Y si el mundo está lleno de hipócritas, también lo está de insatisfechos.

 

Chester Anuszak, más conocido como Jon Dough, nunca pareció tener bastante. En una entrevista, incluida en una de sus primeras películas, se adelantó en el tiempo al Lester Burnham de “American Beauty”: “Cuando era un adolescente fantaseaba con hacermelo con las chicas que aparecian en las películas porno que escondía mi padre. Pero ahora sé que todo eso no era más que una mentira. Disfrutaba más entonces, masturbandome, que ahora, follando con una chica distinta cada día. Para mí, el mejor momento del día es cuando vuelvo a casa abro una cerveza y veo deportes por televisión”. La fantasía de Al Bundy hecha realidad. Si bien, esa supuesta apatía con relación al sexo no le impidió cubrir una longeva carrera de más de veinte años.

Finalmente, sus problemas con las drogas terminaron por ganarle la batalla. Una sobredosis se lo llevó la noche del 27 de agosto de 2006. Fue metódico en su hora final; dejó dos cartas: una para su esposa y otra para su hija de cuatro años, que no podrá abrir hasta haber cumplido la mayoría de edad.

Alex Jordan, pizpireta actriz de principios de los noventa, era conocida por su caracter alegre y desenfadado. Por ello, por inesperada, su muerte conmocionó a la familia azul un 2 de julio de 2005.

 

Amaneció ahorcada en un armario de su casa californiana. No se encontraron notas de despedida ni se hallaron indicios de las motivaciones que la llevaron a su personal cadalso. Por esa razón, se especuló con un posible asesinato que nunca pudo demostrarse.

El mismo halo de misterio envolvió la extraña muerte de Megan Serbian, rebautizada para el universo hardcore como Naughtia Childs.

El siete de enero de 2002, Serbian practicó el vuelo libre lanzandose desde el cuarto piso de un edificio de apartamentos de L.A. Oficialmente, se atribuyó su acción al LSD que la actriz consumía en aquel instante junto a unos amigos. Sin embargo, la investigación policial determinó que el punto de caida del cuerpo no se correspondía con el impulso que supuestamente debió tomar para efectuar su salto final. Ante la falta de pruebas el caso se cerró, pese a los esfuerzos de un detective del LAPD que siguió investigandolo por su cuenta, apiadado por las ansias de justicia de los padres de Megan.

Lo cierto, a día de hoy, es que los tipos que la acompañaban en el día fatídico, todos ellos relacionados con el mundo del rap angelino (mundo en el que ella estaba involucrada como productora y ocasional cantante), quedaron en libertad sin cargos.

Pero fue la muerte de Colleen Applegate la que marcó para siempre a la industria azul.

Hay una escena de “Tierra Prometida”, descorazonadora película sobre sueños rotos dirigida por el otrora prometedor Michael Hoffman, en la que un débil Kiefer Sutherland vuelve a su pueblo natal convertido en camello de baratillo. Se fue de aquel perdido agujero del interior de los States como un recien licenciado repleto de ilusiones, y regresó del brazo de una prostituta deslenguada (Meg Ryan). La escena en cuestión ocurre la noche antes de llegar al pueblo. Ryan se encierra en el baño durante horas provocando la intranquilidad de Sutherland. Al salir, ha recortado su pelo y eliminado el tinte que lo cubría. Al día siguiente, dejará su top demasiado escotado y su minifalda de cuero en el armario para comprar lo que ella define como “un traje decente”.

Pues la misma escena debió ocurrir la noche previa al día de Acción de Gracias de 1983, cuando Colleen Applegate, ahora convertida en Shauna Grant, regresó a su conservador pueblo natal del brazo de su novio, Bobby Hollander, productor pornográfico que la superaba veinte años en edad. Eliminó el carmín de su rostro, además de cualquier otro rastro de maquillaje. Se vistió como si fuese a asistir a una ceremonia religiosa e insistió a su novio de que hiciera lo propio. De poco sirvió, pues su familia la recibió con la frialdad propia del desterrado.

Para más inri, durante su visita sus fotos porno fueron exhibidas por los garrulos locales, provocando una situación insostenible que degeneró en una visita abortada a las pocas horas de ser iniciada.

Colleen Marie Applegate nació en Bellflower (California) en el seno de una conservadora y católica familia de clase media. Poco tiempo después, sus padres se mudaron a Farmington (Minnesota), lugar en el que creció como modélica estudiante y cheerleader del equipo de football del instituto local. Desde su adolescencia, su eterea belleza no pasó desapercibida, como tampoco lo hicieron sus constantes problemas emocionales (protagonizó un intento de suicidio a los quince años). Su estancia en el pequeño pueblo del medio-oeste no se alargaría por mucho tiempo; pocos días después de lograr su mayoría de edad, se fugó con su novio en busca de una nueva vida en Los Angeles.

Una vez en California, los problemas para conseguir empleo llevaron a Colleen a posar para revistas masculinas. Primer paso que la llevaría a sumergirse de lleno en el emergente mundo del porno de principios de los ochenta.

Convertida en estrella en tiempo record merced a su deslumbrante físico, su popularidad creció hasta el punto de compartir estrado con Francis Ford Coppola (oh, viejo sátiro) en la entrega de los premios del cine para adultos de 1983. La embriagadora corriente que le envolvía fue demasiado intensa para su frágil equilibrio emocional, lo que terminó por dirigir sus pasos hacia la cocaina, de la cual, se dice, consumía tremebundas cantidades diarias. Solía presentarse en los rodajes colocada, siempre acompañada de un pequeño frasco color rosa repleto de polvo blanco. Tal fue la magnitud de su adicción que sus compañeros de trabajo la apodaron “Applecoke”.

A sus perennes problemas de conciencia, derivados de su fe católica y la mala relación con su familia, se sumó, poco más tarde, una destructiva relación con el actor Jamie Gillis, basada en juegos sadomasoquistas y mentales que terminaron por desequilibrar su siempre inestable mente.

En diciembre de 1983, un año después de su llegada al universo azul, Shauna Grant anunciaba su retiro, asqueada, según sus propias palabras, con el mundo del porno. Sin embargo, su caracter autodestructivo y su complejo de Electra siguieron funcionando. Inició una relación con Jake Ehrlich, camello de poca monta, veinticuatro años mayor que ella. Su degradación, tanto física como mental, se aceleró culminando la madrugada del 21 de marzo de 1984. Una carabina del calibre 22 hizo el resto. Sólo unos días antes, sus padres habían respondido a su llamada de auxilio ofreciendole costearle un tratamiento de desintoxicación, además de unos estudios universitarios que nunca llegó a cursar.

Fue enterrada en la iglesia católica de St. Michael, en la ciudad que la vio crecer, Farmington. Ningún miembro del mundo del porno asistió a su funeral.

Su muerte provocó una demonización inmediata del submundo del hardcore. La administración Reagan endureció su acoso, provocando el cierre de muchas productoras. La opinión pública se indigno ante el relato (adulterado) de su triste vida en varios documentales y una película para la televisión (“Shattered Inocence”) que explotaron su figura tanto o más de lo que lo hizo el mundo del porno.

En una de las múltiples páginas web dedicadas a su memoria, se afirma que la última frase escrita en su diario personal fue “Sólo quería que alguien me quisiera…”. Sea o no real dicha frase, Colleen consiguió su objetivo de modo indirecto, pues se cuentan por cientos de miles los pornográfos, mitómanos y pajilleros varios que aún se declaran platónicamente enamorados de ella.

Y lo cierto es que raro es el día en que la sobria lápida que decora su tumba amanezca sin una flor recien cortada postrada en su regazo…

Me ha quedado largo de narices… Mis disculpas.

Hace pocos días me llamó la atención este pequeño libro durante una imprevista excursión a la Fnac…

Se trata de una una serie de cartas de amor (y no pocas de desamor) escritas por personajes célebres y recopiladas en un coqueto volumen por la editorial DEBOLSILLO.

No voy a emborronar con mis palabras las de otros. Me limitaré a reproducir algunas de las misivas que más impacto me causaron…

Virgina Woolf a Leonard Woolf

28 de mayo de 1941

(Nota de suicidio dirigida a su marido)

Querido:

Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto quiero decirte es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte… todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.

V.

Charlotte Brontë a Constantine Heger

18 de noviembre de 1845

Señor:

Los seis meses de silencio han seguido su curso. Hoy es 18 de noviembre; mi última carta estaba fechada (creo) el 18 de mayo. Por eso puedo escribirle sin faltar a mi promesa.

El verano y el otoño se han hecho muy largos; a decir verdad, han sido necesarios dolorosos esfuerzos por mi parte para mantener hasta ahora la abnegación que me impuse a mí misma. Usted, señor, no puede concebir lo que significa; pero imagínese por un instante que uno de sus hijos fuera separado de usted, a 160 leguas, y que usted tuviera que estar seis meses sin escribirle, sin recibir noticias suyas, sin oír hablar de él, sin saber nada de su salud, y entonces entenderá fácilmente toda la severidad de una obligación así.

Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene en gran estima, atormenta demasiado la mente; y cuando uno ha sufrido ese tipo de ansiedad durante un año o dos, está dispuesto a hacer cualquier cosa para reencontrar la paz. Yo lo he intentado todo; he buscado ocupaciones; me he negado a mí misma por completo el placer de hablar de usted, ni siquiera a Emily; pero no he sido capaz de superar ni mis pesares ni mi impaciencia. Lo cual, de hecho, es humillante: ser incapaz de controlar los propios pensamientos, ser esclava de un pesar, de un recuerdo, la esclava de una idea fija y dominante que gobierna despóticamente la mente. ¿Por qué no puedo recibir tanta amistad de usted, como usted de mí, mi más ni menos? Entonces estaría tranquila, tan libre que podría mantenerme en silencio durante diez años sin esfuerzo.

Mi padre está bien, pero ha perdido la vista casi por completo. No puede leer ni escribir. Pero los médicos han recomendado esperar unos pocos meses antes de intentar una operación. El invierno será una larga noche para él. Se queja muy raramente; admiro su paciencia. Si  la Providencia me destinara la misma calamidad, ¡quiera Él concederme tanta paciencia para sobrellevarla! Me parece, señor, que no hay nada más mortificante en las grandes desgracias físicas que verse obligado a hacer que todos los que nos rodean las compartan. Uno puede ocultar los males del alma, pero los que afectan al cuerpo y destruyen nuestras capacidades no pueden ser encubiertos. Mi padre me permite ahora leerle y que escriba por él; me demuestra, también, más confianza de la que había tenido antes, lo cual es un gran consuelo.

(…) Su última carta fue un apoyo y un sostén para mí, alimento para medio año. Ahora necesito otra y usted me la dará; no porque me deba amistad -no me puede tener mucha-, sino porque usted tiene un alma compasiva y no condenaría a nadie a un sufrimiento prolongado para liberarse de unos pocos momentos incómodos. Prohibirme que le escriba, negarse a responderme, sería arrancarme de mí mi única alegría en la tierra, privarme de mi último privilegio -un privilegio al que nunca consentiré en renunciar voluntariamente-. Créame, maestro, escribiéndome hace una buena acción. En tanto que creo que usted está complacido conmigo, en tanto que tengo esperanzas de recibir noticias suyas, puedo descansar y no sentirme muy desdichada. Pero cuando un silencio prolongado y tenebroso parece amenazarme con el alejamiento de mi maestro, cuando día tras día espero una carta, y cuando día tras día solo llega la desilusión para sumirme en una tristeza abrumadora, y la dulce alegría de ver su escritura y leer su consejo huye de mí como una visión vana, entonces me reclama la fiebre, pierdo el apetito y el sueño y languidezco.

Volveré a escribirle el próximo mayo: sería mejor esperar un año, pero es imposible: demasiado tiempo.

(…) Me gustaría poder escribirle cartas más alegres, porque cuando releo esta la encuentro triste de alguna manera -pero, perdóneme, mi querido maestro-; no se irrite por mi tristeza…

(…) Adiós, mi querido Maestro, que Dios le proteja con sumo cuidado y le corone con bendiciones especiales.

George Sand a Gryzmala

(sobre Chopin)

12 de mayo de 1847

Hace siete años (es decir, desde 1840 en Nohant) que vivo como una virgen con él y con los demás, sin esfuerzo ni sacrificio; hasta tal punto estaba harta de pasiones y desilusionada. (…) Ya sé que muchos me acusan; unos de haberle agotado por la violencia de mis sentidos, los otros de haberle desesperado con mis negativas. Tú conoces la verdad del asunto. Él se quejaba de que yo le mataba con mi frialdad mientras que yo tenía la seguridad de matarle si me portaba de otra manera.

Emily Dickinson a “el maestro”

Verano de 1861

Maestro:

Si usted viera cómo una bala alcanza a un pájaro, y él dijera que no está herido, puede que llorase ante su amabilidad, pero con toda seguridad dudaría de su palabra. Una gota más de la cuchillada que ensucia el pecho de vuestra Margarita… Dios me creó, Maestro. No fui yo misma. Yo no sé cómo ocurrió. Él construyó el corazón en mí. Golpe a golpe, creció más que yo y, como una pequeña madre con un hijo mayor, me cansé de cargar con él. Me enteré de que existía algo llamado “Redención”, algo que hacía descansar a hombres y mujeres. Se acordará que le pregunté por ella: usted me ha dado algo distinto. Olvidé la Redención… (No se lo dije durante mucho tiempo, pero usted me había cambiado) y estaba cansada… Me siento más vieja -esta noche, Maestro- pero el amor es el mismo, y también lo son la luna y la media luna. Si la voluntad del Señor hubiera sido que respirase donde usted respiraba y encontrase el lugar -por mí misma- en plena noche; si nunca puedo olvidar que no estoy con usted ni que la tristeza y el fracaso están más cerca que yo; si deseo con una fuerza que no puedo reprimir que mío sea el lugar de la reina, el amor del Plantagenet es mi única disculpa…

(…) Digamos que esperaré por usted.

Digamos que no necesito ir con ningún extraño al, para mí, país desconocido. He esperado mucho tiempo, Maestro, pero puedo esperar todavía más, esperar hasta que mi pelo color de avellana esté moteado y usted utilice bastón, entonces podré mirar mi reloj y, si el Día está en el lejano ocaso, podemos tentar a la suerte en el Cielo.

¿Qué haría conmigo si vengo “de blanco”? ¿Tiene usted la fuerza para darle vida?

Quiero verle más, Maestro, que todo lo que anhelo en este mundo, y el deseo, ligeramente alterado, será el único en los cielos.

¿Puede venir a Nueva Inglaterra este verano? ¿Vendría a Aamherst? ¿Le gustaría venir, Maestro?

¿Podría perjudicarnos, aunque los dos seamos temerosos de Dios? ¿Le desilusionaría la Margarita? No, no lo haría, Maestro. Sería consuelo eterno; solo el mirar su rostro mientras usted mira el mío, entonces podría jugar en los bosques, hasta el anochecer, hasta cuando usted me lleve donde el sol que se pone no pueda hallarnos, y la verdad venga, hasta que la ciudad esté llena. (¿Me dirá que si lo hará?)

No pensaba decirlo, usted no vino a mí “de blanco”, ni me dijo nunca por qué…

No soy una Rosa, aunque me sentí florecer,

No soy Pájaro, aunque crucé el Éter.

Otro día repasaré algunas de las escritas por varones. Hoy era el turno para ellas.