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Ya que cito a “Mumford” como icono, bueno será recordar aquella maravilla. 

Lo he dicho en multitud de ocasiones: “Mumford” fue la mejor película de 1999 y nadie se enteró. Es, de hecho, una de las grandes películas de la década camuflada en su fachada sencilla y de cortas ambiciones.

Llevaba Larry Kasdan casi diez años de tragos amargos (“Wyatt Earp” dolió mucho y “French Kiss” sólo fue reverenciada por unos pocos) cuando decidió escribir la historia de un impostor que en busca de una segunda oportunidad se hace pasar por psicólogo en una pequeña localidad estadounidense. Su generosidad, caracter positivo y facilidad para escuchar problemas ajenos, le convertirán en el terapeuta favorito del pueblo en cuestión de pocos meses. Entre sus pacientes se encuentra Henry, farmacéutico de mediana edad víctima de una insatisfacción perenne. Althea, madura esposa de un gilipollas y rico broker local que la trata como a una posesión más. Nessa, polvo fácil de instituto incapaz de controlar su vena autodestructiva. Skip, joven muchimillonario aquejado de soledad crónica que contactará con Mumford porque: “necesito un amigo”. Y Sofie, hija de un tendero recien divorciada, aquejada de una fatiga crónica que le impide siquiera salir de casa. Será a ella a quien dedique la mayor parte de su tiempo. Será ella de quien se enamore (aunque sea ella quién manifieste primero los síntomas de tan pavoroso mal), y de quien tratará de alejarse para evitarle el sufrimiento y la decepción de su impostura. A todos escuchará Mumford para que sean finalmente ellos mismos quienes resuelvan sus problemas.

Kasdan estructuró su película a modo de fábula, como las comedias clásicas que él devoró vorazmente durante su adolescencia. Situó las bases, no escatimó en gestos nítidos sin renunciar a la sutileza y dejó fluir el tiempo sobre las palabras que formaban aquel prodigioso guión. Enfrascado en su homenaje a los clásicos, ni siquiera renunció a las moralejas caprianas (era difícil resistirse, ciertamente) bajo la batuta de un ritmo hawksiano aderezado por cínicas virutas del más puro Sturges. Y sí, el resultado fue la mejor película de 1999, y al parecer, nadie se enteró.

Odio esa estúpida manía de estiquetarlo todo. Despuntan tres directores alemanes y hala, ya está: el cine de los chicos. Absurda fórmula con la que se pretendió englobar estilos tan distintos como los de Herzog, Wenders y Schlondorff.

Los ejemplos son muchos: el free cinema de los airados jóvenes ingleses, la escuela de Barcelona, el movimiento dogma y así hasta llegar al más desgastado de todos ellos: la nouvelle vague.

Y como movimiento se pretendió clasificar el cine salido de la factoria britanica Ealing. Estudio que en su tiempo de gloria se anotó una docena de obras maestras tan diferentes entre sí como la idealista “Pasaporte para Pimlico” de Henry Cornelius, la cínica “El Quinteto de la muerte” de Alexander MacKendrick o la irónicamente descreída (y mi favorita) “Ocho Sentencias de Muerte” de Robert Hammer. Tal fue el influjo que ejerció el “estilo Ealing” sobre el resto de las productoras britanicas que películas como “El niño y el Unicornio”, bellísima fábula dirigida por Carol Reed, se confunde habitualmente como producto Ealing.

De hecho, tal influencia alcanza nuestros días. Aunque ello suceda a miles de kilómetros de las islas que vieron nacer al mítico estudio hoy desaparecido.

Porque fue Australia en lugar en el que se trató de reanimar un estilo muerto con “Spotswood”, película dirigida por Mark Joffe que narra la historia de un despiadado consejero económico contratado para tratar de reflotar una fábrica de zapatos poblada por peculiares personajes.

Usando la manida fórmula del forastero empático utilizada en innumerables ocasiones (“Brigadoon”, “Calabuig”, “Doc Hollywood”, “Cars”) su principal referente es “Local Hero”, inolvidable comedia dirigida por el escocés Bill Forsyth a la que une algo más que su línea argumental. Echen un vistazo al cartel promocional de ambas películas…

Cambiemos a Burt Lancaster por una morenaza en minifalda y ale… película nueva. De veras que jamás entenderé el proceso mental de distribuidores y publicistas.

En fin… En realidad sólo quería subrayar dos escenas de esta estimable comedia australiana. Dos momentos en los que Joffe debió ser poseido por alguna musa que le marcó el camino correcto a seguir.

La primera ocurre tras claudicar el dueño y los empleados de la fábrica ante las presiones de una multinacional interesada en hacerse con la empresa. Tras duras negociaciones, consiguen su objetivo: despedir a todo el mundo para trasladar la producción a algún país asiatico que les permita multiplicar sus beneficios.  

Finalizada la lucha, en plena vigilia, previa al acto final, el consejero (Anthony Hopkins) redescubre su perdida humanidad mientras observa el retrato de su esposa, a la que corre el riesgo de perder, víctima colateral de su cruel empleo. Al tiempo, asistimos a la última cena del apesadrumbrado propietario de la fábrica, incapaz de tomar bocado frente a la tranquila ignorancia de su esposa e hija. La escena se cierra con una visita de los trabajadores al domicilio de Hopkins para saldar deudas al estilo Spotswood.

Sobre la segunda escena, la final, los protagonistas de la cinta se enfrentan a su incierto futuro confirmando la propuesta de Truman Capote de encaramarse lo más alto posible para escapar de la mediocridad (“El Arpa de Hierba”). Mientras, Donovan trata de atrapar el viento en un lugar desde donde se pueden ver las brillantes luces de un lugar tan lejano que por fuerza debe ser mejor.

 

“Hay muy pocas cosas que una vez hayan cambiado vuelvan a cambiar. Un recuerdo disminuye con cada año que pasa. Vivo con el sonido de un arpa de voces dentro de mi cabeza que cuenta historias. Habla constantemente y su voz es la de Dolly… Es el arpa de hierba, y sé que cuando yo muera también contará mi historia”

La emoción se sugiere, no se muestra abiertamente, resultaría obsceno el hacerlo. Así lo entendió Capote y del mismo modo lo interpretó Charles Matthau, hijo de Walter, que en 1995 adaptó al cine la maravillosa novela de Truman Capote, “El arpa de hierba”.

Lo hizo sin alardes, pecando de un academicismo previsible que hizo que la película pasase prácticamente desapercibida en su día, pese a un puñado de buenas críticas que quizás llegaron demasiado tarde.

Era una película excelente cuando se estrenó y sigue siéndolo hoy día. El delicado trazo de Matthau se limitó a colorear un conjunto intencionadamente gris para indicar, sin forzar la narración en momento alguno, el camino de salida a seguir por todos aquellos que no desean que la mediocridad se instale en sus vidas permanentemente.

Y aunque no es fácil encontrar una árbol adecuadamente robusto en la gran ciudad, si lo encuentran, no lo duden, solo trepen…

Afortunadamente hay cura conocida para casos como el contado más abajo.

Resulta que en 1966 también se cerraban fábricas y se negociaban reconversiones. 

También había matones y tímidos tipos embobados, enamorados de tontas chicas bonitas dueñas de poderosas auras que impedían a los otros ver más allá.

Los piquetes también intimidaban, sólo que resolvian sus problemas con el mando de un scalextric en lugar de barras de hierro.

Y parece que al igual que hoy, algunos se subían en los tejados al atardecer para contemplar la línea del cielo al son de canciones que prometían un mundo nuevo que nunca llegó, ni llegará.

El espíritu de la Ealing vivirá por siempre, eso es seguro. Aunque haya que irse a Australia para encontrarlo.

Trabaja en unos grandes almacenes de saldos de un pueblucho perdido del medio oeste. Está a punto de cumplir los treinta sin que sus sueños hayan asomado aún, se limita a sobrevivir, y lo hace mientras soporta a un marido inutil que ni siquiera puede darle un hijo.

Justine quiere vivir porque sabe que no le queda mucho tiempo… Así que cuando un soñador crío llamado Holden aparece en su vida se entregará a él que no a sus sueños de una vida juntos lejos, tan lejos que ni los babosos amigos de su marido ni los padres de él puedan encontrarles.

Pero Holden no está bien. Su cabeza no está bien. Siente demasiado y lo único que Justine ha aprendido en todo este tiempo es que no se debe sentir demasiado, a riesgo de perder lo poco que tengas…

Aunque si juegas bien tus malas cartas es posible que en la derrota encuentres una pequeña victoria.

Dirige Miguel Arteta y se titula “The Good Girl”. Si tienen ocasión de ver tan desencantada cinta, no se la pierdan…

  

La pasaron el pasado Jueves por la 2. Sí esa cadena tan popular gracias a sus documentales (de bichos preferentemente no bipedos), trasnochados concursos culturales, series no lo suficientemente populares y pelis minoritarias.

Pues allí estaba yo, agotado después de una tarde de tumbing en un parque cercano a mi casa, eligiendo entre:

a.- Primera: Un tipo de sexualidad dudosa (moño incluido) cantando por soleares a la par que provocando vergüenza ajena.
 

b.- Telemadrid: La habitual tertulia política en donde todos están de acuerdo en que no están de acuerdo.
 

c.- Antena 3: Kiefer Sutherland y su cara de besugo persiguiendo al terrorista de turno en ese bodrio llamado “24”.

d.- Tele Five: Corrillo de cretinos gritando en grupo, tres jamonas bailando sin motivo al tiempo y mientras, Boris enseñando el culo al fondo.

…con este panorama ya estaba preparando el DVD cuando me topé con esta pequeña joya titulada “La chica del café”.

Y gracias a aquella acertada decisión pude saber que…

Rejkiavic, reunión del G8… Un gris funcionario entrado en años conoce casualmente a una joven en un café. Entre ellos nacerá una relación basada en el vacío que ambos sienten. Una relación de gran intensidad pero sin tocamientos (sexo no por favor, somos britanicos), aunque hacia el final haya un achuchón mas cercano al sexo por caridad que a la pasión.

No llegaremos a saber más de ella. No podremos traspasar la infinita tristeza que le acompaña salvo en pequeños detalles que insinúan la perdida de un hijo.

Y además, pude presenciar memorables diálogos como estos…

Durante los preparativos para una cena de gala, la chica intenta en vano embutirse en un ajustado vestido de noche sin conseguirlo mientras jura que solo hace unos meses “Me estaba bien” a lo que el veterano diplomático contesta con delicadeza, “Lo que no sabes es que está demostrado que en Islandia las cremalleras se dilatan” respondiendo ella con sutil emoción “Ya sé 4 cosas de Islandia; Que Bjork es de aquí, que Spassky jugó aquí contra Fisher, que las cremalleras se dilatan y que aquí se puede llegar a sentir un sentimiento parecido al amor”….

Alex Lunes, 11 Julio 2005 01:43 

 

Gil: ¿Y cómo entraremos dentro del manicomio?

Jack: Saltando la valla

Gil: ¿Pero cómo lo haremos sin que nos vean?

Jack: Eso déjamelo a mí. Tú salta la valla.

Gil comienza a trepar deteniendose en la parte más alta…

Jack (gritando): Un paciente intenta escapar!!!. Un paciente intenta escapar!!!

Varios enfermeros detienen a Gil introduciendole dentro del sanatorio con el resto de pacientes. Poco rato después, cuando Gil a conseguido lo que buscaba, se reencuentra con Jack a través de la valla…

Gil: ¿Y ahora, cómo salgo?

Jack: No te preocupes, salta la valla

De nuevo, Gil se enfrenta a la valla… volviendo a ser sorprendido por los gritos de Jack al encaramarse en la parte alta…

Jack: Un hombre intenta entrar!!! Un hombre intenta entrar!!!

  

Gena Davis y Jeff Goldblum se casaron durante el rodaje. Ed Begley Jr. fue el padrino. Éste recuerda la boda como la más disparatada a la que ha asistido… a tono con la película, créanme.

  

Y es que en “Transilvania 6-5000” encontrarán, (aparte de evidente cachondeo acerca de la famosa canción de Glenn Miller) hombres lobo de equívoca sexualidad, jorobados de manual, vampiresas demasiado sensuales para ser no-muertas, castillos transilvanos que no dan mucho miedo, la verdad y dementes doctores que ante la imposibilidad de crear nuevos monstruos de Frankenstein, al menos son suficientemente hábiles para hacer cosas como esta…

 

No, no se asusten. A Charlie nunca le dio por vestirse de corto y marcarse unas sevillanas. No va por ahí…

Resulta que hay escritores con suerte en las adaptaciones cinematográficas de su obra… y ninguno de ellos se llama Charles Bukowski. Porque de su extensa obra, apenas se han filmado una veintena de películas. Y tan sólo una merece llevar su nombre en los créditos.

El último intento, “Factotum”, no es que haga aguas por todas partes, es que un torpedo debió inutilizar el barco antes de zarpar. Una simple sucesión de poses y frases huecas que nada dicen, que a nadie importan.  

Del resto la más conocida es “Barfly”, rodada con triste apatía por un tipo de prestigio, Barbet Schroeder, quien tuvo a sus ordenes a un atinado reparto que no pudo evitar el sopapo final.

Como les decía, sólo una de sus adaptaciones le merece en sus créditos (en realidad parece que son dos, se cuentan maravillas de “The Killers”, mediometraje rodado para la televisión, que no he visto), y esa película es… belga.

Belga y hablada en flamenco… “Crazy Love” cuenta la historia de tres noches puntuales en la vida de Harry Voss. Dirigida por Dominique Deruddere, adaptó un cuento del escritor con la intención de rodar un corto que a la postre terminó siendo la única película basada en alguno de sus escritos que entusiasmo al viejo alcohólico. Hasta el punto de que éste permitió al director belga tomarse todo tipo de licencias ala hora de adaptar su historia…

Y esta es la historia de Harry Voss…

Harry cree en hadas y principes. Le han enseñado que los sueños pueden convertirse en realidad si realmente lo deseas de un modo honesto. Y él lo hace… Aún tiene doce años, pero desea amar con toda su alma. Quiere dejar de besar la muñeca que le robó a su vecina para hacerlo con esa chica de su clase que no cesa de mirarle…

Harry aún no está preparado para salir ahí fuera, pero él no lo sabe. Intenta olvidar la noche en la que vio a su padre moviendose frenéticamente sobre su madre al tiempo que gemía como si su cabeza fuese a explotar. Más difícil le resulta el olvidar las enseñanzas de un amigo pajillero que le descubrirá todo un nuevo universo… el mundo de Onán.

Cinco años más tarde, Harry no cree en nada. El acné que le acompleja y que revienta su cara provoca que tenga que asistir al baile de fin de curso con la cabeza vendada como un mutilado de guerra. Y las chicas se burlarán de él, le rechazarán, le ignorarán… todas menos una, la más guapa de todas ellas.

Probablemente llevada por la piedad, ella bailará con Harry, incluso puede que hubiese estado dispuesta a llegar más lejos, si no se hubiese emborrachado, si no hubiese perdido la consciencia… Situación que Harry aprovechó para perder la poca inocencia que le restaba.

Con 33 años encima, Harry pasa sus días bebiendo vino camuflado en bolsas de papel. Vive envuelto en plásticos y cartones. De algún modo perdió todas sus posesiones materiales al tiempo que las espirituales. Un giñapo al que nadie quiso jamás. Un borracho sin más objetivo que alargar su agonía un día más. Es un perdedor y a nadie le importa.

Por eso ha decidido suicidarse esa misma noche. Pero antes de morir podrá al fin conocer lo que le a sido negado toda su vida.

Lástima que aquella preciosa chica muerta de la morgue que tuvo en sus brazos en su última noche, tan bonita, apenas una adolescente… Nunca llegase a saber que ella fue la única chica, la única persona, que no le rechazó.

  

Cuando conduce, Ruby se inclina ligeramente sobre el volante.

Cuando habla, modula con suavidad su voz levemente ronca.

Cuando se acuesta con quien no debe, se gira sobre si misma.

Cuando recibe desánimo, se consuela posando la palma de su mano en el oceáno.

Cuando busca un paraíso, encuentra playas de Florida más grises que azules.

 

… que de una novelita burguesa surge una peliculita tan burguesa y anodina como cabría esperar.Ocurre también que se convierte en un pequeño clásico de la escena britanica por alguna razón que probablemente nadie sepa explicar.

Incluso podría ocurrir que ustedes vean la versión cinematográfica un día de esos en los que la tristeza dulce, esa que creemos controlar, nos hace pensar en esos momentos buenos y malos que pasaron y que los que están por llegar… Y como resultado de semejante conjunción cósmica… acaben disfrutando de su visionado.

Es más, es posible que se ilusionen incluso con la historia de las tres hastiadas mujeres que deciden viajar juntas a la Toscana de principios del siglo XX por diferentes razones pero con un mismo objetivo, reencontrar esa chispa perdida que le de sentido a todo esto.

Y su aventura no será fácil, no crean. Ya desde su llegada todo será decepcionante para ellas…

Sin embargo, no subestimen el poder hipnotico de la primavera Toscana y su efecto revitalizante. Disfrutenla sin prejuicios, como un entremés, y probablemente les produzca el mismo efecto que obró en mí. 

Eso sí, les advierto que dirige Mike Newell. Avisados están…