Ramón Trecet, especial comentarista de los partidos NBA de cuando era crío, contó una vez cómo Chris Mullin se convirtió en alcohólico. Él era un chico de Nueva York que nunca había vivido de modo estable lejos de la gran manzana. Su traslado a Oakland, tras ser elegido por los Golden State Warriors, fue traumático. Solo, sin amigos, ni mayor soporte que el teléfono, comenzó a beber cervezas porque al llegar a casa, según sus palabras, la nevera siempre estaba cerca

Dijo que nunca bebería alcohol y acabó en rehabilitación. El mundo del cine y la literatura está lleno de personajes que se desdijeron al cabo de un tiempo. Éstos son algunos de ellos…

“Espero no acabar como uno de esos tipos que ruedan una película al año” – Woody Allen (recogido en el libro biográfico escrito por Graham McCann). Desde hace tiempo filma una película por año.

“Como comprenderá, el Cervantes es un premio suficientemente cubierto de mierda como para que me preocupe por él” – Camilo José Cela (diversas -muchas- fuentes). Al cabo de unos años recogió el premio entusiasmado.

“Me casaré solo una vez. No puedo equivocarme, voy a envejecer junto a esa mujer” – Brad Pitt (recogido en El País de la Tentaciones). Se casó y se divorció de Jennifer Aniston. Ahora convive con Anjelina Jolie.

“Los Oscar son obscenos, sucios y no mejores que una bella disputa. Le pido a Dios que no gane nunca un Oscar. Me deprimiría enormemente si lo ganara” – Dustin Hoffman. (frase recogida en el libro Todos los Oscar). Lo ganó (por “Rainman”) y fue a recogerlo encantado. De hecho, su discurso es recordado por lo baboso de su contenido.

“Jamás rodaré una película repleta de efectos especiales” – Mickey Rourke. (entrevista publicada en la revista Fotogramas en 1986). Terminó siendo uno de los protagonistas de “Sin City” dirigida por Robert Rodríguez, película en la que todo es virtual.

Y sin pertenecer al submundo del showbiz…

“La tercera temporada (de “Perdidos”) cumple con el requisito de toda etapa de transición” – Myself. (tontería escrita hace un par de semanas). Después de ver los penúltimos capítulos emitidos hoy, no he dicho nada.

Barry N. Malzberg abría así un cuento breve titulado “Götterdämmerung”

“Se trata, esencialmente, de la necesidad de preservar un cierto sentido de lo mágico, lo misterioso. Lo explícito es un enemigo de la razón, no su aliado.”

Por regla general, las frases lapidarias suelen hacerme dudar del que las pronuncia, pero ésta me arrebató por completo. Lo explícito siempre es enemigo de la razón, cosa que confirmó hace algunas semanas el escritor Montero Glez.

En una tertulia literaria, Montero Glez afirmó que todo polvo viene precedido por docenas de pajas. Y tiene razón, así lo debió pensar la poetisa y compañera de charla que afirmó vigorosamente con la cabeza la aseveración de Glez. Después siguió hablando de por qué fracasó el magnicidio del rey Alfonso XIII a manos de un anarquista llamado Mateo Morral: según él, porque el anarquista tenía miedo, por esa razón arrojó la bomba en lugar de adosarse junto a ella tras carromato que transportaba al recién casado monarca. Lleva tres años preparando un libro sobre el tema, habla con conocimiento de causa. La poetisa convencida le dijo entonces: “Un hombre como tú, tres años alejado de las calles. Sin frecuentar bares, ni prostitutas”… A lo que un asombrado Glez respondío: “Pero si estoy casado” El hecho de que la mayor parte del negocio del lupanar esté compuesto por tipos casados de entre cuarenta y sesenta años (Glez pasa de los cuarenta aunque no los aparente) seguro que no influyó en su respuesta. Que el señor moderador (Sánchez Dragó y su ego al lado) se lo estuviera pasando teta con todo aquello, tampoco.

Lo explicito no debería funcionar pero funciona. Hace unas semanas, mientras veía la relegada “Me llamo Ed” en la Sexta, cubrieron una de sus interminables pausas publicitarias con un comercial dedicado a… Jes-Extender. Vean y no se pierdan lo que dice la rubia del coche en el segundo veinte del vídeo…

Por supuesto, el tipo gordo con pinta de camionero que dice estar ahora bien armado, es un actor pagado para la ocasión. El tierno abuelete y su madura amante también lo son. Incluso la rubia del coche que parece babear al pronunciar la frase: yo no sé los demás qué dirán, pero a mí me gustan grandes, es una actriz sin suerte que se acoge a lo que le sale (y hablo de trabajo). Pero, joder, podrían haber sido más sutiles, y no me refiero a abejitas polinizando las flores.

Tal vez el producto requiera de lo explicito para venderse. Tal vez Barry N. Malzberg veía la televisión cuando se le ocurrió la frase mágica. Seguro que fue después de escuchar desconcertantes frases como: ¿ellas se operan los labios y el pecho, por qué tú no?

Lo guardo todo, gran error que últimamente intento subsanar. De poco me sirve, pues una vez limpio el mismo espacio aparece al día siguiente completamente lleno de nuevo. Creo que cambiar las cosas de sitio no va a ser la solución.

Hoy, mientras trataba de poner orden en un armario indomable, me he encontrado con esta joyita…

Nada menos que “El libro del mormón”, algo así como la biblia pero con más cachondeo.

Durante mi infancia me libré de los testigos de Jehová gracias a que tenía un amiguete del colegio cuyos padres profesaban esa ¿fe?. Lo cierto es que cuando llegaban a mi puerta se la saltaban como si estuviera marcada. Agradecido le estaré siempre, ahora que es él quien va de puerta en puerta. Pues bien, un día los testigos pasaron el testigo (nunca mejor dicho) a los mormones. No consiguieron nada con mis hermanas, ni conmigo… pero engancharon a mi hermano mayor. No es que mi hermano se interesara por la religión mormona (menos ahora, que sabe que se quedan con el 10% de tu sueldo), de hecho nunca se interesó (como el resto de mi familia) por religión alguna. La cuestión es que, al igual que a mí, le cuesta decir la palabra no.

Se escondía, pero le encontraban, eran unos tipos listos. El día de la tercera cita, se presentaron tres tipos altos como pinos dispuestos a convertir a mi hermano y se encontraron con mis hermanas mayores, tan descreídas ellas, que les pusieron en fuga gracias a las mil preguntas sin sentido que se inventaron. Fue divertido ver sus caras ante preguntas como: si su religión nace en el siglo XIX ¿por qué las tablas de la ley están recogidas en escritura jeroglífica? Pregunta idiota que merecía una respuesta idiota que no llegó. Antes de irse y no volver, dejaron su libro (anotado, por cierto) y éste fue a parar a la basura. Yo lo rescaté y me reí de lo lindo gracias al ángel Moroni y compañía. De veras que los libros “sagrados” son de lo más divertido.

Hoy encontré el dichoso libro envuelto entre otro de templarios de Walter Scott y “El corazón y otros frutos amargos” de Ignacio Aldecoa. Al menos ha tenido una buena compañía todo este tiempo.

La escena más celebrada de “Desayuno con Diamantes” es aquella en la que Holly desayuna bollitos daneses frente al escaparate de Tiffany’s. Verla caminar cansinamente por las solitarias avenidas de Nueva York sigue siendo fascinante, lo será siempre. Lo que pocos saben es que aquella bolsa de bollos estuvo a punto de ser reemplazada por un helado. La Hepburn odiaba los bollitos daneses e insistió en la posibilidad fría. Edwards se negó en rotundo.

El parecido de la película con la novela de Truman Capote es mera coincidencia. Él imaginó a una mujer curvilínea que sobrevive aceptando “regalos” de acompañantes ocasionales. Paul es gay, ella bisexual. Hay muchas más diferencias, entre ellas que Capote escribió el personaje pensando en Marilyn Monroe. Sin embargo, cuando la Paramount se hizo con los derechos de la novela tenía en mente que Holly Golighly sólo podía ser Audrey Hepburn. Ella rechazó el papel en repetidas ocasiones. Ni siquiera se mostró interesada cuando John Frankenheimer (el director original) fue sustituido por Blake Edwards. Sólo cuando éste le preguntó cuál era su visión del personaje aceptó, a regañadientes, interpretarlo.

La primera escena muestra un taxi llegado a edificio donde vive Holly. Ella trata de deshacerse de un pelmazo que reclama los derechos que le otorgan los 50 dólares invertidos en una “visita al tocador”. Paul baja del taxi. La puerta de vehículo está abollada. Edwards insistió en que fuese así. Sutilmente estaba dibujando a un personaje en ruinas.

La Hepburn dijo haberse inspirado en Kay Kendall para componer el papel de Holly. Si se observan detalladamente sus mohines y gestos será fácil darse cuenta de que así fue. Dijo que era la persona más libre que conocía: “Kay poseía esa locura que hiciera lo que hiciera, resultaba imposible enfadarse con ella”.

Holly es caprichosa. Se sirve leche en copas de cocktail y no tiene escrúpulos en denunciar a sus amigos durante la enloquecida fiesta celebrada en su casa. Es en dicha fiesta cuando Edwards explota su lado más conocido. La naturalidad con que sucede todo está milimetrada. Nada es casual, aunque lo parezca.

Cuando Paul y Holly hacen el amor por primera vez es la única ocasión en la que él se despeina. Le vemos bajo la lluvia, está impecable. Incluso en la cama, tras una noche “de trabajo” con su benefactora, aparece perfectamente peinado. Edwards insinúa una noche de amor entre los dos protagonistas y lo escenifica con cabellos disparados en todas direcciones.

George Axelrod, el guionista, tranquilizó a la actriz. La profesión de su personaje sería tratada con delicadeza. Y así fue, en ningún momento entendemos que Holly sea una fulana. Su carácter despreocupado y su obsesión por no querer a nadie, le otorgan un aura de ser especial, lo que supuso un problema para la introvertida Audrey. El carácter de Holly era completamente opuesto al suyo, se cansó de repetir.
El tercer momento “oculto” sucede durante en encuentro entre Paul y Doc. El segundo lleva consigo una caja de chuches. Paul extrae de ella un anillo de latón que ofrece al marido de Holly. El anillo será fundamental en el desarrollo y culminación de la historia.

Edwards pidió a Henry Mancini que escribiera un tema inspirándose en Audrey. Así nació “Moon River”, la canción cuyo eco resuena durante todo el metraje. Se han hecho mil versiones del tema, la han cantado los más reputados interpretes de cada época, pero la versión favorita de Mancini sigue siendo la que canta Audrey Hepburn en la película. Ella insistió en interpretarla por sí misma. Para ello, memorizó los acordes de guitarra y los acompañó con su voz. El resultado fue mágico. Quizás sea la mejor escena de la película, aquella en la que Holly levanta la vista y ve a Paul a través de una escalera de incendios. Sonríe…

“Hola, ¿Qué haces?”

“Escribo”

“Bien…”

Edwards insistió en coordinar las fotografías oficiales de la película. La Hepburn no cedería en su decisión de ir vestida con el famoso traje diseñado por el modisto francés Hubert de Givenchy. Edwards estuvo de acuerdo al darse cuenta de que, por muy adusta que fuera la fotografía, la Hepburn siempre aparecía poseída por el encanto de Holly, sonriente y segura de sí misma. El “animal salvaje”, al que ella se refiere con frecuencia, aparece con otras vestimentas más prosaicas. Vistiendo un traje como ése no podían existir los días rojos.

A punto de terminar el rodaje, la Hepburn estaba exhausta: Holly la estaba devorando. Mel Ferrer, esposo de la actriz, lo atribuyó a que ésta acababa de ser madre poco antes de iniciarse el rodaje. Nunca imaginó que sus cambios de carácter estuvieran relacionados con el personaje.

Una de las últimas escenas trascurre en el apartamento de Holly. Ella, no sin problemas, ha encontrado a Paul, a quien no ve hace meses, ya que quiere despedirse de él. El apartamento está decorado con cabezas de animales y posters de Brasil. Al tiempo, escucha un disco en portugués para familiarizarse con su nuevo idioma. El indicativo de que está trenzando una nueva vida se aparece en la labor de Holly: está tejiendo.

Tras recibir el telegrama que le comunica la muerte de su hermano, Holly llora desconsolada y lo rompe todo. El director quería una imagen real del dolor. La escena, muy dolorosa, recuerda aquella de “Fanny y Alexander” en la que una mujer llora la muerte de su marido, observada por su hijo a través de la rendija de una puerta. La turbadora escena fue filmada por Edwards en rigurosa penumbra propiciada por el estallido de las lamparas. Paul comprende que será la última vez que verá a Holly al decirle al millonario brasileño antes de enfilar la puerta de salida…

“Usted tiene un rancho ¿no es así?”

“Sí”

“A ella le gustará”

Su reencuentro final es inesperado. Holly abandona al gato en un callejón y él corre tras el felino. Ya que no podrá tenerla a ella cuidará del gato sin nombre que una vez le perteneció. La lluvia se intensifica en los segundos de duda de Holly, justo antes de que decida ir tras ellos. El final feliz fue una imposición del estudio que desagrado a Capote. A Edwards le gustó, sin embargo. Transmitía esperanza en un mundo que comenzaba a perderla. De hecho, filmó tres planos diferentes, alejándose paulatinamente de los amantes, para mostrar lo solos que se encuentran en un mundo hostil. Todos caminan presurosos, todos llevan paraguas… menos ellos. No les importa empaparse, el tiempo se ha detenido. Hoy, veinte años después del día en que la vi por primera vez, sigue pausado. Hace dos décadas fue en un vídeo Beta y hoy en un DVD. Cambia el formato pero no cambia la historia.

El problema de rodar una novela basada en una vida real se encuentra cuando lo llevas a tu terreno olvidado que posee entidad propia. Error común en la obra como director de Sean Penn, para quien su mesianismo y convicciones políticas son más importantes que la historia que cuenta.

Prefiero olvidar la imagen de Penn a bordo de un bote (y frente a una cámara, por supuesto) durante las inundaciones de Nueva Orleans. No me importa que haya visitado Venezuela, Irán, Irak y cualquier país calificado Bush y sus compadres como eje del mal. Tampoco me importa el motivo que llevó a su esposa, Robin Wright, a solicitar el divorcio. La persona y el artista siguen caminos paralelos. Pero Penn parece no entender ese concepto.

“Hacía Rutas Salvajes” parte de la novela de John Krakauer en la que se narran los dos años en los que Chris McCandless (Emile Hirsch) trató de encontrarse a sí mismo a través de una serie de viajes realizados sin dinero en los bolsillos y sin destino marcado. Su peripecia acabará en Alaska, última frontera en la que supone hallará las respuestas que precisa. Por el camino (siempre el camino) conocerá a una serie de personajes que marcarán su carácter pero no variarán su objetivo. Entre ellos: un militar jubilado que regenta un pequeño negocio de cuero, un agricultor con problemas con la justicia y una de pareja de hippies que le darán cobijo durante su “huida”. Finalmente hallará las respuestas buscadas a cambio de elevado precio.

Pero Penn no comprende al personaje ni sus motivaciones en ningún momento sino que trata de asumirle a través de su propia visión. De tal modo que McCandless termina por hacerse irritante, deseando el espectador tener un rifle a mano la enésima vez que el director abusa del traveling y de los planos aéreos mientras Chris eleva sus brazos para simbolizar su libertad plena como si de un anuncio de perfume se tratase. Es difícil obviar las absurdas miraditas a la cámara, los diálogos pretenciosos, la técnica de rodaje setentera y lo agotador de su metraje. Penn entiende al personaje a su manera y así lo hace llegar al espectador. Ni a nuestros ojos termina siendo el tipo especial que se presiente era, ni llegamos a comprender los motivos por los que odia a sus padres más allá de un inútil plano de disputa familiar. Tampoco comprenderemos las razones que le impulsan a realizar tan temerario viaje, y lo peor es que a Penn parece darle igual. El director parece contento con demostrar su ingenio en momentos puntuales, amparado siempre (oh, curiosa paradoja) por la infografía.

Durante casi dos horas y media interminables, Sean Penn trata de reflejar su visión del mundo y de esa América interior de la que nunca tenemos noticia. Bajo su prisma todo el mundo es bueno y cualquier problema tiene solución. Aparece el perogrullo y las sentencias sin filo, todo el mundo es bueno para él. La sociedad tiene problemas pero no el individuo, sentencia roussoniana que no por gastada encontrará peor asiento que el que ahora se le brinda. Allá por dónde se mueva, nunca le faltará un plato de comida a nuestro protagonista, la gente será cortés, incluso paseará por barrios peligrosos sintiéndose más integrado que el los barrios altos. Por contra, McCandlees asume las normas: si un policía le da una paliza y le reprende por ir de polizón en un vagón de tren, no volverá a montar en tren. Si una adolescente deseosa de experimentar el amor se le entrega literalmente, él considerará que a los dieciséis años de ella es demasiado pronto para que el sexo se implante en su vida. Prometo que hubo ocasiones en las que en las que recordé a Stewie Griffin en Woodstock gritándole a la multitud: “¡Seguid las normas!”.

Docenas de secuencias a cámara lenta más tarde, un par de planos más del protagonista elevando sus brazos a la inmensidad y algunos ridículos momentos bifucardos en pantalla, la cinta de Penn llega a su fin. Lo esteticista, lo gratuito, se impone. Pero ése final llega precedido por unos diez minutos modélicos en los que el poder del material supera las pretensiones del director. Sólo por esos diez minutos, por un contenido William Hurt (que da lecciones al resto del elenco) y algunos momentos narrados Jena Malone (su hermana), que consiguen transmitir parte de la angustia vivida en el entorno familiar, merecería la pena ver la película. Si además lees a Thoreau y a Tolstoi y tienes menos de veinte años, seguro que este juguete roto te gustará. Los idealistas son bienvenidos, si además están preparados para asentir a todo lo que vean, mucho mejor.

” Es una perfecta familia americana: padre, madre, hijo e hija. La madre le comenta a su marido la conveniencia de pasar más tiempo con los niños, como recomiendan los panfletos de una campaña estatal. Acto seguido, vemos al padre acostado con la hija y a la madre con el hijo… El padre exclama: ‘Es cierto… Es genial pasar más tiempo con tus hijos’ “

Fragmento de un cómic de Robert Crumb.

La pasada semana, mientras intentaba poner orden entre las miles de cintas de vídeo que se amontonan en el trastero, me topé con la palabra “Crumb” escrita con tinta azul en la etiqueta de una vieja cinta Kodak… Hacía diez años que no la veía. Y sinceramente, habría preferido no volver a hacerlo.

Es terrible….. es terrible ver a Charles, hermano de Robert, confesando a la cámara la puta vida que tuvo que vivir. Es terrible escuchar la atronadora voz de la madre (a la que nunca vemos, pero que siempre está) preguntando cuándo se van a largar los jodidos periodistas, dónde ha metido las llaves o qué le apetece para cenar. Es el retrato de dos perdedores. Uno que aprovechó de su talento y de la coyuntura de los tiempos para escapar de su destino. El otro, un hombre de cuarenta años, completamente alienado e incapaz de salir de su casa.

El recuerdo de los abusos sufridos en el colegio son comentados por los dos hermanos juntos. “Eras un chico guapo” dice Robert… “En una ocasión una chica se interesó por ti. Llegasteis a salir” (Robert) “Al final me dejó tirado en la tercera cita. Decía que era raro” (Charles).

Vemos a Robert en su gris vida cotidiana. Vive en un piso pequeño. Desayuna junto a su esposa e hija, bromea con la pequeña (ahora convertida en brillante dibujante de estilo similar al de su padre) y ríe por todo, esa risa floja más propia de el débil mental que del genio del cómic que es. Una vida tan gris como cualquier otra es un paraíso inalcanzable para su hermano mayor.

Y el relato continua… Se repasa la carrera de Crumb. Su obsesión por el sexo. Por distorsionar la realidad de modo grotesco, para hacer aflorar la verdad de las cosas. Sus amigos hablan de él. Su primera novia. Su editor… Mientras, en breves flashes, Charles prosigue hundiéndose palabra a palabra. Su boca desdentada despide el documental con la mirada vacía del que nada tiene y a nada aspira.

FUNDIDO EN NEGRO

“A la memoria de CHARLES CRUMB, fallecido a los pocos días de terminado el rodaje. Causa su muerte: Suicidio”

No quiero pensar en lo mucho que influyó la filmación del documental en su decisión. En lo que tuvo que doler recordar todo aquello. Tiré la cinta. Mi hermano la encontró en el montón de las destinadas al cubo de la basura. Quiso quedársela y se la regalé. No quiero volver a pasar un día entero deshecho como la primera y única vez que la vi.

Posteado originalmente en enero de 2006.

El pasado jueves, sobre las siete de la mañana, el cielo estaba encapotado por aquí. Ya por la noche, pasadas la nueve, había sido cubierto por una luna grande y tintada de un color amarillento. La vi desde un lugar elevado, era digna de contemplar emergiendo entre todas aquellas nubes reunidas en torno a ella. Lástima no haber tenido una cámara a mano…

La luna ejerce una notable fascinación sobre el hombre y el cine no escapa de su influjo. Los primeros en hacerle referencia fueron los hermanos Méliès. No serían los últimos…

Hay miles de películas que tratan sobre ella, desde “La Luna” de Bertolucci hasta “The Rising of the Moon”, lunática versión de una canción tradicional irlandesa cortesía del maestro Ford. Hay incluso un director de cine catalán apellidado Luna. Él (quién si no) fue quien dirigiría “La Teta y la Luna”.

Éstas fueron las cinco primeras películas dirigidas por lunáticos que me vinieron a la mente aquella noche al llegar a casa. Están recogidas en el mismo orden con que fueron apuntadas en la primera libreta que encontré, la que luce el logo del Museo del Prado en un costado.

Adiós a la Inocencia (Racing with the Moon)…

La segunda película de Richard Benjamin como director mejoró a la primera (“Mi año favorito”) haciendo creer a todos que un nuevo maestro asoma las patitas. “Esta Casa es una Ruina”, remake de “Los Blanding ya tienen casa”, fue un divertido canto del cisne para un director que parecía llamado a realizar grandes cosas. Lunático sin duda. Si hay dudas, no se pierdan su papel en “Amor al Primer Mordisco”.

La historia de amor condenada al fracaso entre un chico sin blanca pero con orgullo y una chica rica, está muy vista. He ahí su mérito. Benjamin impregnó la cinta de una melancolía insoportable que seguirá funcionando dentro de mil años. Un primerizo Nicholas Cage, un enérgico Sean Penn y una dulce Elizabeth McGovern protagonizan el portentoso guión que escribió Steve Kloves en estado de gracia.

Un Verano en Louisiana (The Man in the Moon)

Solo un lunático podría atreverse a dirigir “Matar a un Ruiseñor” y crear un clásico de camino. El tiempo de Robert Mulligan parecía acabado cuando dirigió “The Man in the Moon”. Por entonces todo el mundo conocía su película de referencia, incluso “Verano del 42” y poco más de su obra. Pero él fue quien dirigió (en condiciones precarias) “Up the Down Staircase”, con seguridad la mejor película sobre la enseñanza desde la versión dirigida por Sam Wood de “Adiós Mr. Chips”.

Dos hermanas compiten por el amor del chico nuevo llegado al pueblo. Ocurre en Louisana y en verano (bien el que le colocó el título en castellano), con una charca en la que iniciarse al sexo y noches interminables de confidencias y bailes. La mayor obtendrá la atención del chico nuevo, la pequeña su insuficiente cariño. La tragedia acercará a las hermanas de nuevo. El corazón se recompone mil veces a lo largo de una vida hasta que no hay forma de rearmarlo. Ésta será la primera vez ésto que ocurra en la vida de ambas, seguro que no la última.

La voz de la Luna (La voce della luna)

Fellini estaba acabado, que no cansado, cuando afrontó el que sería su último proyecto: “La voz de la luna”. El gusto del público había cambiado y él no había dado cuenta. Las nuevas tecnologías le sobrepasaban. Era ya un anciano de casi setenta años cuando comenzó a dirigir la película. Por ello representó un último acto en el que dos lunáticos fuesen los protagonistas. Quería reflejar el mundo tal y cómo él lo veía, a través de los ojos del que nada entiende y para el que todo tiene sentido. El rey de los lunáticos muriría tres años después. Aullando a la luna, seguro.

Ivo Salvini (magnifico Benigni, y no es broma) acaba de salir de un hospital psiquiátrico sin estar curado aunque es inofensivo. El prefecto Gonnella (Paolo Villaggio), por su parte, es un funcionario que ha perdido la cabeza y piensa que todo cuanto le rodea es falso. Tras un largo camino por separado hacia ninguna parte, se encontrarán en un extraño pueblo.

La película es muy deficiente, la crítica la destrozó. De hecho, Fellini pierde los papeles con frecuencia (inolvidable la escena en la que el prefecto sube a una cabina de disc-jockey para acusar a los jóvenes que bailan de asesinar la música). Aún así guarda algunos de los momentos más sugerentes de su larga filmografía. Entre ellos, el diálogo de Ivo con la secuestrada luna a la que él confunde con su amada Aldina.

Lunas de Hiel (Bitter Moon)

Polanski, que llevaba mucho tiempo perdido cuando rodó “Lunas de Hiel”, quería adaptar la difícil novela Pascal Bruckner. Consideraba que sería el vehículo ideal para explotar la sensualidad de su joven esposa Emmanuelle Seigner, lo que no esperaba era con filmar su mejor película en décadas. La descripción de la fina línea que separa el amor del odio y la dependencia que ambos ejercen sobre el individuo, fue narrada en primera persona por el director de origen polaco. Esta vez no ocurrió como en “Piratas” o “Frenético”, esta vez Polanski conocía el tema a fondo. El brillante resultado final demuestra su fuerte implicación con la cinta. Eso sí, los premios gordos tardarían en llegar, y sería la académica “El Pianista” la que los recibiría. Las películas filmadas con el bajo vientre nunca reciben premios.

No fue casualidad que el matrimonio formado por Nigel y Fiona celebrara su séptimo aniversario (the seven year itch) cuando conocieron Oscar y Mimi. Nigel sufre una fuerte atracción hacia Mimi que le resulta difícil ocultar. Oscar no tardará en animarle para que haga realidad su fantasía, siempre que escuche antes la historia de pasión que le dejó postrado en una silla de ruedas. El resto, mejor verlo…
Luna de Papel (Paper Moon)

No es fácil de explicar el efecto Bogdanovich. “Luna de papel” es una comedia pero no lo es. Las situaciones son jocosas, pero el marco no. La lánguida fotografía y el polvoriento pueblo texano en el que un estafador de poca monta pretende colocar sus biblias a viudas, provocan una tristeza similar a la lograda en “The Last Picture Show”. El Bogdanovich cinéfilo emerge, hay mucho Chaplin en las andanzas del buscavidas Ryan O’Neil y la niña que se le adosa (su hija Tatum). Y es que el perdedor está predestinado, haga lo que haga, a seguir un camino repleto de socavones.

En plena depresión, Moses, timador de baja estofa, se hace cargo de una avispada huérfana que pretende visitar a una tía. Tras descubrir que ha sido engañado por ésta, la convertirá en improvisada socia de sus fechorías. Sobrevivir es un reto siempre difícil de lograr y no hay tregua para el que carece de red en su camino por el alambre.

… después, ya en la medianoche, la luna estaba en todo lo alto y era blanca… y el hechizo se esfumó. Luego leí que los americanos pretenden regresar a la luna sobre el 2020; que los chinos y los rusos quieren hacerlo en 2025; que los japoneses lo están pensando seriamente y ya se han marcado una fecha, sobre el 2030 y que los europeos pretenden hacerlo cinco años más tarde. Con lo tranquila que estaba ella sin tanto pretendiente. Será cosa de la conjunción astral.

El azar… Raymond Carver escribió aquello de que un día te toca la lotería y tu primo muere al caerle una teja en la cabeza. El azar es caprichoso y suele errar sus disparos. Como ocurrió en lo que sigue…

Fernándo Trueba tiene la buena costumbre de decir lo que piensa, al menos acerca de su profesión: el cine. En una ocasión vapuleó a uno de esos clásicos intocables que todos alaban públicamente pero nadie ve en la privacidad: “El Acorazado Potemkin”. “¿Si puedo ver una película de Lubistch o de Wilder porqué voy a ver la película de Eisestein?”, más o menos es lo que vino a decir. Más o menos es lo que piensa todo el mundo, pero pocos se atreven a clamar en voz alta.

Otra de las frases de Trueba que conservo en la memoria fue la que sigue:

“Nunca rodaré una película con psicópata asesino en serie como protagonista por la sencilla razón de que no quiero que una de mis películas sirva de excusa a cualquier loco con tendencias homicidas”

Él cae bien. Sus películas no tanto. La mayoría, especialmente cuando se puso trascendental, aburren. Caso de “Belle Époque”, un tostón digno del Oscar que le dieron. Pero su mayor aportación a la industria puede que haya sido el de repescar a Santiago Segura durante el rodaje de “Two Much”. Las cosas no iban bien en Florida. El ánimo del equipo (menos el de Antonio what do you say Banderas, que estaba por todo lo alto) estaba por los suelos. Entonces Fernándo tuvo una idea: le dijo a su hermano, David (tela éste también), que escribiera un pequeño papel para Segura. Pensaron que él proporcionaría el buen rollo que la cinta necesitaba. No sé si se equivocaron, lo seguro es que la película es vomitiva.

Sin embargo, la inspiración de Santi Segura es otra, nada de Truebas. Aparte del porno, de las pelis de Tony Leblanc, el gore y el humor grueso, resulta que Santi admira a Luis García Berlanga. Y la maquinara del azar se pone en marcha de nuevo.

Hay muchos tabúes es este país. Uno de los más sólidos es la División Azul, aquel esperpento militar conque Franco trató de pagar favores a los nazis. Para la mayoría la División Azul estuvo compuesta por fanáticos reaccionarios deseosos de acabar con la Unión Soviética. Falso. Hubo falangistas, muchos, pero no fueron pocos los republicanos que se alistaron para evitar la cárcel. Hubo también desheredados que pretendían ayudar a sus familias o dejar de ser una carga para ellas (caso del actor Luis Ciges) y hubo quien se alistó para sacar de la cárcel a parientes de pasado republicano, caso de Luis García Berlanga.

Contaba Luis Ciges, en un documental, que una muchacha rusa, de apenas quince o dieciséis años, trató de pagarle los víveres que llevó a su familia en carne. Ciges, siempre honesto, dijo que hacía demasiado frío para pensar en el sexo. Berlanga, por su parte, recordó a un compañero de guardia. Una noche, justo en el momento del cambio de turno, bajó de su puesto para que lo ocupase su compañero. Un minuto después, su relevo estaba muerto. Un francotirador ruso le abatió. Y a veces pienso en qué habría ocurrido si el relevo hubiese llegado un minuto más tarde. No habría habido “Una Pareja Feliz”, ni “Bienvenido Mister Marshall”, ni su equipo habría pasado un día en una comisaría francesa por promocionar la película con billetes evidentemente falsos, ni habríamos disfrutado de “El Verdugo”, posiblemente la mejor película española de siempre, ni habría nacido Carlos Berlanga, entonces no habría existido Dinarama, ni los Pegamoides y Alaska se habría visto obligada a cantar en la BBC (bodas, bautizos y comuniones) y “Todos a la cárcel” no se habría rodado y entonces el efecto Segura se habría limitado a la televisión y nos habríamos ahorrado Torrentes y las jodidas camisetas de promoción a todas horas y en cualquier lugar. Y a lo mejor, el padre de Laura Palmer no se vería obligado a trabajar con el tipo gordo (innecesario contrapunto cómico que suele introducir ese tío enrollado y de talento discutible llamado Kevin Smith) de “Reaper” que recuerda a Santi Segura y la serie no me parecería una mierda para adolescentes emitida en prime time porque La Sexta necesita un “C.S.I”, otro “Anatomía de Grey” o su propio “House” (por citar series no españolas, las locales no merecen ser calificadas como series) que le dé la audiencia que ahora no le proporciona “Prison Break”. Puede…

Ya lo sugiere Paul Auster cada vez que coge una pluma: el azar es caprichoso.

Hace poco murió Brad Renfro (se veía venir) y ahora le ha tocado el turno a Heath Ledger. Se ha quitado de en medio al parecer. Nada que objetar. Nunca reparé en su rostro rocoso hasta que interpretó a Ennis del Mar en “Brokeback Mountain”. Aquel día le conocí pese a llevar diez años viéndole en pantallas color plata. Me da igual que no hubiera superado su ruptura con Michelle Williams, que fuese extremadamente sensible o que las pastillas para dormir que ingirió fuesen veinte en lugar de dos. Eso queda para los carroñeros que no le conocían pero ahora harán de su vida un circo. Me quedo con la frase que le dedicó Magareth Pomerantz, una de las últimas personas que consiguió entrevistarle:

“Era tan difícil lograr que levantara la mirada”

Nunca le habría conocido, pero me habría gustado que se quedara por aquí algún tiempo más.

Forrest Gump… Pocas cosas conectan al inocente protagonista de la película dirigida por Robert Zemeckis con el que inventó Winston Groom en su divertida novela, salvo su tendencia a que le ocurrieran cosas. Pero ambos compartían su afición por correr. Como yo. Me encanta correr. Lo hago desde que llegué a Cucumberland cuando era un crío. Llegué incluso a participar en equipos y competiciones oficiales, pero mi tendencia a joderme el ligamento del tobillo me dejó fuera de órbita. La última vez que me lo rompí, un médico mastuerzo me dijo que la próxima vez me quedaría cojo. Así lo dijo, con sutileza. Fue hace dos años. Al cabo de mes y medio volví al mismo lugar en el que ocurrió para dar aquella curva correctamente. El tobillo siguió doliendo un mes más.

Nunca he estado demasiado tiempo sin correr. No podría estarlo. Por eso, ahora que he estado obligado a estar algo más de un mes parado, lo hice cuatro veces engañando a todo mi entorno, amiguetes del alma incluidos. Les dije que veía bien, que no habría ningún problema si iba más allá de las nueve de la noche, mi hora habitual, porque de noche veía mejor. Pero los hubo: me salí del camino muchas veces a pesar de voltear la cabeza hacía la derecha. Así ocurrió en las cuatro ocasiones. Afortunadamente no había demasiada gente a la que atropellar.

Hace dos semanas volví a retomar el asunto, de un modo continuado esta vez. Visión correcta y cuatro kilómetros para tomar contacto. Hoy he subido a cinco. Parece que todo va bien. Malas noticias para el médico sádico.

Por supuesto, me encanta el atletismo. El malditismo atrae poderosamente, aunque después todos prefieran estar con los ganadores. Tal vez por ello, cuando era un crío, me sentía más cerca de Steve Ovett que de Sebastian Coe. El segundo es Sir, miembro de la FIFA y del Comité Olímpico Británico. Viste trajes caros, peinados de 500 euros y gasta actitud de ganador. Ovett está completamente calvo y parece mi abuelo. Su pose queda lejos de la del díscolo que parecía estar en guerra con el mundo. Hoy es un hombre de mediana edad cargado de arrugas y con la frente demasiado despejada. Su aspecto es el opuesto al de Coe. De hecho, parecían un padre y un hijo el día de su reencuentro. Quién diría que ellos fueron los reyes del mediofondo en los 80.

En la Olimpiada de Moscú, Ovett ganó a Coe en su prueba, los 800 metros lisos. Corrió para ponerse a punto y terminó ganando. Coe se tomó la revancha unos días después al ganar en la prueba de Ovett, los 1.500 metros lisos. Ovett sólo pudo ser tercero. Veinte días más tarde, en Coblenza, Ovett batía el record del mundo de los 1.500. La misma situación ocurriría de nuevo en los mundiales de Helsinki, en 1983. No consiguió pasar del cuarto puesto en la final. Nueva decepción compensada el mes siguiente, cuando volvió a batir el record mundial de la prueba en Rieti, sin nada en juego. Él era así, odiaba la competencia pero amaba la competición. Una paradoja para adornar una vida contradictoria como la suya.

Una vez, sus paisanos le prepararon un homenaje para agasajar al héroe. No asistió después de garantizar que estaría allí. En otra ocasión, retó a la federación de su país vistiendo una camiseta de la Unión Soviética durante un tiempo. Verle batir marcas con una hoz y un martillo en el pecho era demasiado para la mayoría. Traidor fue la palabra más suave que escuchó.

Eric Lidell, mítico atleta cuya vida inspiró la película “Carros de Fuego”, decía que corría para honrar a Dios. Era un pastor protestante al fin y al cabo. Harold Abrahams, su rival, lo hacía por odio hacia los que le insultaban por ser judío. Ovett no lo hacía por ninguna de esas razones. Él corría por una mujer. A poco de acabar los 800 metros en Moscú, la sudada camiseta se le transparentó. Se pudo ver entonces el nombre con el que se refería a su novia Rachel en la intimidad. Aquella involuntaria revelación le alejó de sus padres (por entonces, vívía con ellos) al ser considerado por éstos como un desprecio. Poco más tarde se casaría con Rachel. Ella era su bálsamo.

Se le definió como un tipo difícil y lo era. Las relaciones sociales no se crearon para él. Su leyenda se escribió en las pistas de tartán, lo demás nunca le importó demasiado.

Y mi retorno continua. Ayer corrí la milla en menos de nueve minutos. Es un buen comienzo. Le recordé al llegar a casa, antes de ducharme. ¿Dónde estará Ovett?… Google me dio la respuesta: perdido en Australia.